Las pestes que hicieron historia en la Argentina

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Nota extraída de la Nación por Luciana Sabina. 7 de marzo de 2020  

Mientras a nivel global y local se busca detener al coronavirus, una mirada a las epidemias que asolaron al país entre el siglo XIX y el XX

Durante centenares de años las enfermedades avanzaron por el mundo al compás del comercio, y llegaban a nuevos puertos junto a mercaderes y mercancías. Con la consolidación del turismo, este fenómeno se multiplicó y desafió a la humanidad de manera regular.

Desde principios de año, la epidemia de coronavirus Covid-19 se sumó a esta incómoda lista, situando a China, país donde se originó el brote, en el ojo de la tormenta. Como era de esperarse, muchas naciones tomaron medidas contra la expansión de una enfermedad que ya se registra en más de 40 países, con unas 95.000 personas infectadas y más de 3000 casos letales. Esta semana, la Argentina y Chile anunciaron sus primeros casos positivos de Covid-19; mientras tanto, en distintas universidades y laboratorios del mundo se trabaja en diversos proyectos de vacunas y antivirales. «Nunca hemos estado mejor preparados para combatir una epidemia», aseguró Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra, en un artículo de The Conversation difundido por la BBC.

Pero no siempre fue así. Las plagas constituyeron verdaderos factores de cambio que, a través de dolorosas enseñanzas, obligaron a la humanidad a repensar su entorno. Nuestro país no constituyó una excepción.

Desde Europa Occidental, el cólera llegó a Brasil en febrero de 1867. Se disputaba entonces la Guerra de la Triple Alianza y junto con las tropas cariocas el flagelo se propagó por la región. Buenos Aires registró aproximadamente 5000 casos, mucho para una población que rondaba las 180.000 almas. Una de las víctimas fatales fue el vicepresidente Marcos Paz, lo que generó pánico.

Por entonces las enormes deficiencias sanitarias del centro porteño constituían un ambiente propicio para la expansión de la enfermedad. En 1876, el médico e higienista Guillermo Rawson señaló: «Se cometió un grave error usando las basuras de la ciudad para nivelar y rellenar algunas calles, que fueron inmediatamente empedradas. La basura así empleada era una masa heterogénea, principalmente formada por los desechos de las casas, es decir con materias de animales y vegetales, unidas a polvos y otros elementos».

El médico, periodista y político Eduardo Wilde también hizo referencia a la situación: «Estos depósitos de inmundicias, estos verdaderos focos de infección, producían, especialmente en verano, un olor insoportable y atraían millares de moscas que invadían a todas horas las casas inmediatas».

Por otra parte, el agua provenía en buena medida del Riachuelo, que por entonces ya estaba contaminado. Se arrojaban allí desperdicios de toda clase, principalmente provenientes de los saladeros y graserías ubicados en la zona.

Ciudades insalubres

Luego de aquella primera embestida, la enfermedad castigó al país en otras oportunidades, siendo la epidemia de 1886 especialmente devastadora para el interior. En Mendoza, por ejemplo, llegaron a fallecer entre cincuenta y cien personas por día. La enorme cantidad de cadáveres obligó a habilitar fosas comunes en el cementerio principal, convertido a su vez en un enorme foco de infección del que se nutrían las acequias.

Dentro de este contexto de permanente reflote endémico, se establecieron protocolos interprovinciales, basados en vigilar a quienes provenían de las zonas afectadas o exigirles pasaportes sanitarios. No sirvió de nada. El cólera solo dejó de ser una amenaza a medida que las ciudades se convirtieron en espacios más salubres, haciendo especial hincapié en el acceso al agua potable.

Sala de enfermos con peste bubónica en un sanatorio de Rosario, en 1900
Sala de enfermos con peste bubónica en un sanatorio de Rosario, en 1900 Fuente: LA NACION

La fiebre amarilla constituyó otro enorme problema, con el agravante de que se desconocían sus causas. Hoy sabemos que el virus se transmite de persona a persona por la picadura de mosquitos infectados, pero en 1871 -año en que afectó fuertemente a Buenos Aires- le atribuían otro origen. El 27 de enero se produjo la primera muerte en la ciudad. Febrero se llevó consigo a 300 víctimas fatales, cifra que en marzo trepó a 5000. Se calcula que fallecieron cerca de 14.000 personas, triplicando en unos cuantos meses el promedio de mortalidad anual. Debido al desconocimiento sobre el verdadero origen de la enfermedad, se tomaron medidas a ciegas para combatirla. Primó el aislamiento completo de los enfermos y la destrucción de sus pertenencias. Se recomendó a la población beber infusiones de manzanilla y aceite de oliva, así como encender fogatas con aromas agradables. Este último consejo se debía a que muchos consideraban que la enfermedad tenía origen en el aire viciado. «La teoría de los miasmas -señala el historiador Diego Galeano- en la que se basaron las políticas de alejamiento de mataderos, cementerios, hospitales e industrias, perdió fuerza a partir de la generalización de los principios pasteurianos a fines del siglo XIX».

El sistema colapsó por completo. Durante casi medio año, el Congreso no sesionó y las escuelas permanecieron cerradas. El panorama era estremecedor. Los ataúdes se dejaban en la puerta de cada casa, llegando a apilarse uno sobre otro. «Fue necesario habilitar un enterratorio de emergencia en lo que fue el cementerio de la Chacarita, porque la Recoleta y el viejo cementerio del Sur no disponían de espacio para nuevas inhumaciones -señala el historiador León Rebollo Paz, nieto del general José María Paz-. Faltaban ataúdes, y escaseaba la mano de obra para construir otros en la medida exigida por la creciente demanda. Los coches fúnebres también escaseaban, siendo necesario recurrir a carros u otros vehículos de transporte para conducir los cuerpos de las víctimas. El Ferrocarril Oeste hizo tender apresuradamente un ramal de vía que conducía a la Chacarita, habilitándose vagones adecuados para el transporte de ataúdes». Todos los que pudieron abandonaron la ciudad para salvar sus vidas. Quienes no contaron con los recursos para hacerlo deambularon aterrados por las calles apestadas.

En cuarentena

Finalmente, el 21 de junio de 1871 se declaró oficialmente el fin de la epidemia. Pero no fue la última sorpresa aterradora para aquella generación. En septiembre de 1899, se detectó la peste bubónica en un país vecino. El día 22, La Nacion informó: «Ha causado general sorpresa entre los médicos y en el público la aparición de la peste bubónica en Paraguay, punto mediterráneo, sin contacto con la India, de donde es originaria [?] Una de las primeras medidas adoptadas por el departamento de higiene ha sido clausurar los puertos del Litoral a las procedencias del Paraguay, mientras se resuelve el tratamiento que deberá aplicarse». Pero la zona era difícil de vigilar, y en enero de 1900 la peste llegó a la Argentina. El primer caso se presentó en Formosa: una niña paraguaya presentaba los tumores característicos en cuello e ingle. El segundo foco apareció en Rosario y su primera víctima fue una mujer de mediana edad. El presidente Julio Argentino Roca decretó el aislamiento total de Rosario del resto del país.

A pesar de esas medidas, la peste llegó a Buenos Aires. Para evitar el contagio masivo se organizaron matanzas de ratas, dado que sus pulgas infectadas trasmiten la enfermedad. Algunas fueron envenenadas mientras que otras sucumbieron ante garrotazos o disparos. Esta pesada tarea quedó en manos de los barrenderos públicos. Llamativamente, o no tanto, algunas empresas aprovecharon la calamitosa situación para posicionar sus productos en el mercado. Así, en diversos diarios del país, se publicitaron «salchichas ratonicidas » supuestamente elaboradas por el gobierno alemán para acabar con los roedores. Se impusieron cuarentenas. El Ministerio de Guerra cedió los cuarteles de artillería que se estaban construyendo en Liniers y se estableció allí el lazareto para aislar a los enfermos. Pese al temor que generó la peste, y gracias a la existencia de sueros para combatirla, solo fallecieron cerca de cincuenta personas. Entre los médicos abocados a evitar la propagación de la enfermedad se hallaba el joven Luis Agote. Años más tarde, sus investigaciones en torno a la transfusión de sangre constituyeron un verdadero logro para la medicina a nivel mundial.

A más de cien años de estos sucesos, a la propagación global de la Covid-19 se suma la del miedo. «Por primera vez en la historia estamos viviendo una epidemia a tiempo real: todos los medios de comunicación, varias veces al día, en todo el planeta, hablan del coronavirus», describe López-Goñi, quien también aclara que la existencia de una epidemia «no es sinónimo de muerte». Así, los protocolos establecidos por la OMS y replicados por los ministerios de salud de cada país, junto con la búsqueda de una pronta vacuna y nuevos antivirales, procuran ser la respuesta del siglo XXI a un miedo de vieja data.