Alberto Fernández, líder exitoso o héroe trágico

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Anàlisis Nota extraìda de La Naciòn por Carlos Pgni. 21 de mayo de 2020  

Es muy improbable que un año atrás, cuando lo postuló como candidato a presidente, Cristina Kirchner haya previsto que hoy Alberto Fernández rondaría niveles de aprobación del 80%. Esta popularidad sorprende más por una impresionante anomalía: gran parte de la opinión pública observa a Fernández como quien observa, allá en las alturas, al equilibrista del circo, con la respiración contenida por la posibilidad de que el más mínimo percance lo arroje hacia el abismo.

El Presidente es el protagonista de un contraste. Un presente brillante que podría albergar en sus entrañas un futuro tenebroso. Los mismos que, en las encuestas, confiesan apreciarlo, temen por su propio porvenir económico. Aun cuando más del 50% confía en que el panorama general mejorará en el mediano plazo. Cualquiera de las dos caras de Fernández, la del líder exitoso o la del héroe trágico que camina hacia un nuevo 2001, podría estar inspirando el movimiento que se registra dentro del oficialismo en las últimas semanas. Un avance de los sectores más vinculados a la vicepresidenta, tanto en el terreno político como en el económico, destinado a condicionar el albedrío de Fernández. ¿Pretenden auxiliarlo ante la proximidad de una tormenta? ¿O quieren acotar su crecimiento, como quien poda a un bonsái? A los efectos prácticos, da lo mismo.

Gracias a un estudio de Federico Aurelio se sabe que el mediodía que hoy disfruta el Presidente tiene pocos antecedentes. Alfonsín, en octubre de 1984, llegó a 81% de aprobación popular; Menem, en septiembre de 1989, a 85%; Kirchner tuvo una performance inédita: en febrero de 2004 tocó el 92%; en marzo de 2005, el 88%; en febrero de 2006, 87%, y en enero de 2007, 86%. La señora de Kirchner nunca alcanzó una popularidad del 80%. Por eso, al contemplar a Fernández, es posible que experimente la alegría de la maestra que se ve superada por el discípulo.

La buena imagen de Fernández se debe a su conducta ante la pandemia. Una corriente general premia a los que están al frente de gobiernos en medio del trance sanitario. En los próximos días, podría agregarse otro factor. Todo indica que el Presidente podrá anunciar un acuerdo en la reestructuración de la deuda. Una novedad, ayer, aproximó ese objetivo: el fondo BlackRock, que es un gran tenedor de títulos argentinos, dejó trascender que flexibilizaría sus pretensiones. BlackRock esperaba cambiar sus bonos por otros que valieran, según el tipo de papel, 58, 62 y 68 centavos. La versión de ayer, surgida de las propias oficinas de BlackRock, es que aceptaría títulos por un valor que iría entre 50 y 55 centavos. Fernández y Martín Guzmán podrán decir que doblegaron al más duro.

El truco de cualquier narrativa es la tasa de descuento a la que se valúan los papeles. Esa variable está ligada a la perspectiva que ofrezca la economía del país. Los nuevos precios de la contraoferta de Blackrock suponen que esa tasa es del 10%. Con el mismo criterio, la oferta del Gobierno estaría en 40 centavos. Sería razonable pensar que la negociación se cierre en un valor cercano a, promedio, 48 centavos. Todavía hay que despejar varias incógnitas. Entre ellas, si el período de gracia eximirá a Fernández de realizar pago alguno; si los intereses que no se paguen van a capitalizarse; si habrá una quita sobre el capital, etc.

El cambio de BlackRock esconde una dimensión política. Cristina Kirchner se involucró en persona para terminar con ese litigio. Su vecino, Miguel Galuccio, se comunicó con Larry Fink, el presidente del fondo, para destrabar la negociación. Es difícil saber cuánto influyen estas gestiones en un hombre de Wall Street. Sea como fuere, Galuccio tiene derecho a anotarse una semana de éxito: empezó con el barril criollo y terminó con un paso que aleja a la Argentina del default. Ambas novedades son indispensables para Vista, su empresa petrolera, que tiene el año próximo vencimientos por 280 millones de dólares.

No es el único empresario hiperactivo a favor de un entendimiento. David Martínez está moviendo sus infinitos contactos en Nueva York en el mismo sentido. Titular de Fintech, es uno de los grandes accionistas de Telecom/Cablevisión/Fibertel, junto con el Grupo Clarín. Su oferta, alineada con la de Hans Humes, de Greylock, siempre fue más amigable que la de BlackRock. En el mercado financiero atribuían a Martínez haber organizado anteayer una teleconferencia de inversores con Alberto Fernández y Máximo Kirchner.

El interés de la vicepresidenta en el arreglo no debe llamar la atención. En alguna medida, ella designó a Fernández con este objetivo. Hay que releer lo que dijo hace un año, cuando lo lanzó a través de Twitter: «Más que ganar una elección necesitamos de hombres y mujeres que puedan gobernar la Argentina (…). Que tengan la suficiente amplitud de ideas y de sectores políticos…». Traducido: Fernández estaría en condiciones de hacer cosas que ella no quiere o no puede hacer. Entre ellas, celebrar un acuerdo razonable para la deuda y mantener a la Argentina dentro de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

Hay, sin embargo, una razón más estructural del madrinazgo de Cristina Kirchner sobre la reestructuración de Guzmán. Lo explica con bastante gracia uno de los financistas que más han tratado a ella y a su esposo: «La gran ventaja de tener bonos argentinos es que los Kirchner siempre pagan. Y, como se comportan como si no fueran a pagar, el rendimiento de esos papeles es infinito. Con ellos hay que tener bonos. Jamás acciones, porque destrozan a las empresas».

Existe otro motor que lleva hacia un acuerdo con los acreedores. Es la brecha cambiaria. En la Casa Rosada creen que la disparada del dólar blue y del contado con liquidación se debe a la incertidumbre por la reestructuración. Es posible que exista algún túnel entre ambos fenómenos. Pero el vector que más agiganta la brecha cambiaria es otro, más obvio: el deterioro del peso. No existe incentivo alguno a atesorar moneda nacional. Quienes lo hacen es porque están obligados por el Estado. Por ejemplo, en la reciente creación del «barril criollo» de 45 dólares se establece que las petroleras, además de congelar su planta de personal y mantener sus inversiones, no pueden operar en el mercado del contado con liquidación.

Si se comprende que la destrucción del peso genera tensiones cambiarias, se advertirá que existe un nexo, más o menos inmediato, entre esa depreciación y la emisión monetaria, que hoy ronda los 300.000 millones de pesos mensuales. De nuevo: 300.000 millones de pesos mensuales. Ese ritmo de emisión obedece a la necesidad del Tesoro de contar con recursos. Esa necesidad se agudiza con la caída de la recaudación, derivada de la bajísima actividad económica, provocada a su vez por la cuarentena. Quiere decir que existe una relación causal mediata entre cuarentena y brecha cambiaria. No está claro que Alberto Fernández la perciba.

Cualquiera sea la respuesta a ese interrogante, el Presidente comenzó la remanida ronda de consultas con los atemorizados Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof, que lo conducirá a alargar la cuarentena. Quien elige del consejero elige el consejo. La excusa para esa decisión es el aumento del número de casos de coronavirus detectados. El fenómeno es cierto. Pero hay que advertir que se están haciendo chequeos en lugares que, como algunos barrios populares, son focos de la enfermedad. Sería incorrecto universalizar los resultados de esos chequeos.

Los números generales de la epidemia son menos alarmantes. Los fallecidos diarios de los últimos 10 días, promedio, son 9,3. En los 10 días previos fueron 8,6, y en los 10 días anteriores, 7,5. Para poner estos números en perspectiva: en 2018, según las estadísticas oficiales, fallecieron 32.000 personas de neumonía y gripe. Si se divide esa cifra por 150 días de invierno, serían 200 fallecidos diarios. Las camas de terapia intensiva ocupadas por pacientes con coronavirus son 161 sobre un total de 4700. El desborde del sistema sanitario que se quiere evitar está muy lejos. La cuarentena produce un doble efecto: mantiene todavía elevadas las cifras de aceptación de Fernández y, al mismo tiempo, profundiza la pavorosa recesión. La caída de la actividad económica fue en marzo de 9,8%. Es difícil, si no imposible, encontrar algún otro país que esté sufriendo ese derrumbe.

En este contexto, el kirchnerismo más ortodoxo aumenta su gravitación en la gestión. Además de las regulaciones que se mencionaron en el mercado petrolero, se pretendió una intervención en el de telecomunicaciones. A último momento, un congelamiento de precios evitó que se impulsara una iniciativa de la diputada Fernanda Vallejos para convertir ese servicio en servicio público. Vallejos pertenece a La Cámpora, la que también aspira a incrementar la presión impositiva, bloquear desde la Anses cualquier reforma previsional y, en un horizonte utópico, gobernar el Banco Central a través de Juan Ignacio Forlón.

El plan de viviendas elaborado por María Eugenia Bielsa quedó en manos de agrupaciones clientelares ligadas a Emilio Pérsico y las cooperativas de su Movimiento Evita, mientras infinidad de empresas constructoras están al borde de la quiebra. La misma diputada Vallejos pretende que se realice una estatización parcial de las compañías asistidas por el fisco en una proporción equivalente a esa asistencia. El ministro de Trabajo, Claudio Moroni, dijo que considerará ese proyecto. Es curioso que a nadie del gabinete se le ocurra poner en práctica esa idea en un caso en el que sería bastante razonable: OCA, un correo privado que parece de Hugo Moyano y al que el sector público está financiando desde hace años por la vía de no cobrarle los impuestos.

No importa si es porque el bonsái se expande demasiado o porque hay que auxiliarlo ante una crisis con grandísimo riesgo electoral. Lo indiscutible es que, en el contexto de la pandemia, el sector del oficialismo más ligado a la familia Kirchner ajusta el cerco alrededor de Fernández. Él lo acepta, tal vez por convicción, tal vez porque carece de un instrumento político para resistirse. Se acaba de notar en la política porteña. Los fallecimientos por coronavirus en la villa 31 dinamitaron la tregua con Horacio Rodríguez Larreta. No cabe dudar de la genuina indignación de quienes se lanzaron sobre la yugular del alcalde por la muerte de Ramona Medina. Aun cuando no estén despejadas las responsabilidades de AySA por la falta de agua en ese barrio. Pero ese estupor no oculta que el ultrakirchnerismo porteño quiere impedir que el idilio de Fernández con Larreta trascienda la pandemia.

Si el Presidente carece de un fuerza propia para un despliegue territorial en su propio distrito, esa indigencia en el conurbano es mucho más notoria. La mera insinuación de establecer una base para Fernández es aplastada de inmediato. Puede atestiguarlo Juan Zabaleta, el intendente de Hurlingham. Es cierto que él también se la buscó. En una conversación con colegas anticipó que comenzaría a buscar aliados para un esquema de poder no camporista. «Consultá con Máximo», le advirtieron. «A Máximo lo barro. Le pego un tiro», contestó el albertista Juanchi. Martín Insaurralde habría sido el responsable de que el joven Kirchner se enterara del malhadado comentario. A Máximo le salió el Néstor que lleva adentro. Llamó a Zabaleta y lo rigoreó: «¿Así que me vas a pegar un tiro? Te aviso que vas a perder Hurlingham». Zavaleta quedó anonadado. Solo le queda una esperanza: que, en nombre del Néstor que anida dentro de Máximo, alguien lo rescate, invitándolo a una pacífica subordinación. Así está muriendo el albertismo. Antes de nacer.