Bronca y malnutrición por comer los alimentos de la canasta básica del Indec

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  • 2019-11-11 15:48:30

El experimento muestra los efectos de alimentarse con la principal herramienta con la que el Indec mide la pobreza en Argentina. Investigadores del proyecto Czekalinski se propusieron demostrar los efectos negativos de comer los alimentos que presenta la canasta básica del INDEC y, reemplazarla por las Guías Alimentarias para la Población Argentina. 

«Estoy cansada. El primer mes del proyecto fue movilizador, pero ahora ya estoy como enojada. Enojada todo el tiempo. Cansada de pensar, de medir, de planificar qué comer para que me alcance. Y ya odio el pan. El primer mes me servía para llenarme y lo incorporaba en todas las comidas. Pero este mes ya lo odio. Y ahora sí, a media mañana y a la tarde paso hambre. En esos tramos no te queda otra que comer pan, porque las galletas se te terminan rápido, o tenés que preparar tortas con la harina y no tengo tiempo. Me queda sólo pan y como ya lo odio, estoy enojada y con hambre». Así de fulminante es el balance que hace Claudia Albrecht del segundo mes que lleva comiendo solamente los productos de la canasta básica alimentaria (CBA) del Indec.

Claudia es nuticionista y voluntaria del proyecto Czekalinski, por el cual un grupo de voluntarios cordobeses pone el cuerpo para mostrar los efectos de alimentarse con la principal herramienta con la que el Indec mide la pobreza en Argentina. La CBA es en realidad un indicador, con cantidades determinadas de 58 productos –deben ser los más baratos del mercado– y su valor mensual es de unos 4.234 pesos. Se supone que hay más de 11 millones de personas que se alimentan de esta manera, y casi 4 millones de indigentes que ni siquiera llegan a eso.

Hasta ahora, nunca nadie había investigado qué pasaría si alguien comiera esa canasta. 

Martín Maldonado (Conicet-UNC) no sólo es coordinador del proyecto Czekalinski, sino también uno de los voluntarios. Su relato es contundente: «Bajé cinco kilos, me siento cansado todo el tiempo. Estoy harto, podrido, enojado y con hambre», resume. Y explica que «el primer mes fue de sorpresa y de mucha movilización por la repercusión de este estudio. A los 22 días de ese mes se me había terminado la comida, y tuvimos que agregar un extra, no llegué a fin de mes. Pero ahora, que me organicé un poco mejor, llegué a los 30 días pero pasando hambre. Me cansé de tener hambre. El hambre es una sensación constante. Es como un ardor leve con ubicación precisa, justo en la boca del estómago».

Como estrategia, Martín recurrió al pan, el producto más abundante de la canasta (7 kilos al mes). «Comencé a comer pan a toda hora, cuando tenía ganas, porque sí. Y el placer duró menos de una semana. Ya me siento peor que al principio». Y reflexiona: «En Argentina hay 15.908.712 personas que tienen esta relación cotidiana con el hambre. Y vos no lo sabías. Casi 16 millones de personas que te lo tratan de decir, pero vos no sabés escucharlos, perdiste la capacidad de escucharlos», interpela. 

Ese es, justamente, el objetivo del proyecto Czekalinski: visibilizar a los que nadie ve y proponer alternativas para que la pobreza se mida de manera multidimensional, y no puramente monetaria.

Florencia Demarchi es otra de las voluntarias de la investigación que ya bajó más de 4 kilos en dos meses, y hasta tuvo que dejar de hacer deportes, por miedo a su salud: «Este segundo mes fue más caótico, porque se acerca el de fin de año y tengo muchas actividades. Se me complejízó más la organización, pero así y todo lo superé. Ahora será un mes para replantearse cómo continuar, porque veo comprometido mi cuerpo. Quizás no sea 100% por la canasta básica, sino también por mis actividades. De todos modos, me doy cuenta más cada día de que la alimentación no es algo que se pueda descifrar tan fácil. Estoy fascinada con mi profesión (nutricionista) porque es un desafío más para entender la alimentación y lo compleja que es».

Martín Villagra, médico del equipo Czekalinski, explica: «La CBA implica reducción de porciones a lo indispensable, por lo que el organismo utiliza los primeros meses todas sus reservas energéticas, en personas normales sometidas al estudio, para seguir aportando la energía necesaria. No obstante, ocurre lo inevitable y se invierte la fórmula, provocando pérdida de peso por pérdida de reservas energéticas y falta de aporte nutricional adecuado. Se gasta igual o más energía, pero ingresa menos de lo necesario».

Alejandra Celi es directora de la Escuela de Nutrición y también voluntaria del proyecto dentro del grupo que come la canasta saludable. «Recordemos que la CBA no es una recomendación de consumo de alimentos ni de la cobertura de nutrientes. Está determinada por un factor económico. Las repecursiones más importantes tienen que ver con el limitado acceso a futas y verduras, a carnes y pescados, y a otros alimentos como queso y huevos. Y tiene mayor disponibilidad de alimentos más accesibles, como los feuclentos: papa, fideos y productos de panadería». 

Los voluntarios se realizaron en el Sanatorio Allende los primeros estudios para determinar su estado, su masa corporal, su masa ósea, etcétera. Lo harán también dentro de dos meses y al final del proyecto, para medir los resultados. Pero también hay entrevistas con nutricionistas, médicos comunitarios y especialistas.

Además de los seis voluntarios de la canasta básica, el proyecto incluye seis personas que comerán igual que siempre –es el denominado “grupo de control”– y otras seis que seguirán la Guía Alimentaria para la Población Argentina (Gapa), la recomendación oficial del Ministerio de Salud para una alimentación saludable. O sea, lo que en realidad debería comer la población, que cuesta al menos 50 por ciento más que la canasta básica.

El proyecto Czekalinski busca demostrar los efectos de comer una canasta que se adivina obsoleta, pero también proponer una medición multidimensional de la pobreza, tal como sucede en otros países.