viernes, abril 19

El delgado hilo que une aLarroque conEsquilo, Cristina y la servidumbre voluntaria

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Nota extraída de TN por Vicente Palermo

OPINIÓN. Hace siglos que sabemos que el poder de los humanos sobre los humanos no descansa en la fuerza bruta, sino en el consentimiento, expreso o tácito, consciente o inconsciente. Pero no hay una sola clase de poder.

Leí no sin emocionarme las expresiones de Andrés Larroque (cuya responsabilidad formal parece ser que la comunidad bonaerense se desarrolle): sin Cristina no hay peronismo; sin peronismo no hay país. Lo que a esta altura parece banal y anecdótico, puede ser el disparador de una reflexión.

Después de todo, el Cuervo resulta ser lector de Esquilo, que hace más o menos 2500 años dijo prácticamente lo mismo, en las bocas del Coro de mujeres perseguidas interpelando al rey de Argos en su tragedia Las suplicantes: “Tú eres la ciudad, tú eres el pueblo. Tú eres un jefe inviolable. Gobiernas el altar –hogar de este país– con los únicos votos de tus gestos, y, sin más cetro que el tuyo, resuelves cualquier cosa necesaria”.

En ambas palabras, las del coro trágico y las del compañero Larroque, tiene lugar una encarnación (concedida o reconocida): el rey, la ciudad, el pueblo, son la misma cosa; Cristina Kirchner, el peronismo y el país son la misma cosa. Políticamente.

El secretario general de La Cámpora Andrés "Cuervo" Larroque respaldó a la vice Cristina Kirchner (Foto: captura Twitter @larroqueandres).
El secretario general de La Cámpora Andrés «Cuervo» Larroque respaldó a la vice Cristina Kirchner (Foto: captura Twitter @larroqueandres).

La constitución de un poder político alcanza a veces extremos aterradores

En la tragedia de Esquilo, no se nos escapa que las suplicantes procuraban ser protegidas del peligro inminente de una violación masiva. Ya el caso de Larroque es un poco más difícil de comprender.

Hace siglos que sabemos que el poder de los humanos sobre los humanos no descansa en la fuerza bruta, sino en el consentimiento, expreso o tácito, consciente o inconsciente. Pero no hay una sola clase de poder. Sabemos que los regímenes políticos, así como las organizaciones políticas, son diferentes. En algunos casos, un conjunto de instituciones organiza el consentimiento, lo torna estable, al tiempo que pone límites al alcance y al ejercicio del poder. En otros no. El consentimiento sigue siendo esencial, pero ha sido conferido a un poder personal que está por encima de todos.

El joven Étienne de la Boétie, en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria (1577), problematiza entre otras esta cuestión. Nos dice: “De lo que aquí se trata es de averiguar cómo tantos hombres, tantas ciudades y tantas naciones se sujetan a veces al yugo de un solo tirano, que no tiene más poder que el que le quieren dar; que sólo puede molestarles mientras quieran soportarlo… ¿Cómo ejerciera el despotismo sobre vosotros sino mediante vosotros? ¿Cómo se atrevería a perseguiros sino estuviera de acuerdo con vosotros?”

No interesa tanto, aquí, discutir las razones por las que para de la Boétie tiene lugar esta cesión voluntaria de poderes al déspota; en su ensayo, radica la cuestión en el número de “los que han nacido bajo el yugo y no saben de otra cosa”, sumados a “quienes consideran provechosa la tiranía”.

Es preferible, casi cinco siglos después, encontrar nuestras propias razones, no universales, sino, modestamente, locales. Y ocuparnos de un fenómeno: la persistencia del poder de Cristina Kirchner (independientemente de que sea o no vicepresidenta, esto no importa tanto). Y sobre todo, preguntarnos: ¿hasta dónde pueden arrastrarnos los poderes despóticos basados en la servidumbre voluntaria? ¿Tienen un límite?

Servidumbre voluntaria

Para comenzar, las causas de la servidumbre voluntaria se pueden identificar si se toma en cuenta la más rancia tradición peronista. Tradición que, por ejemplo, movió al personal político de mediados de los 70 a morir con las botas puestas manteniendo a Isabel Perón (y su entorno) en la Presidencia (siendo que era posible sustituirla por otro peronista de credenciales indiscutibles).

En esta fuerte predisposición, la ortodoxia peronista (en este punto de personalización el kirchnerismo nada tiene para envidiarle, ambos comparten la pasión de identificar el “todo” con el “uno”) fue asistida, tanto como ahora, por una cadena de complicidades. No estoy hablando necesariamente de la corrupción; hablo de complicidades políticas: son muchísimos quienes están en lugares institucionales y políticos expectables que temen sentir temblar el piso bajo sus pies si se produjera la “caída” de Cristina Kirchner.

Andrés Larroque con Cristina Kirchner (Foto: NA - Gaspar Galazzi - Gentileza Fotosur).
Andrés Larroque con Cristina Kirchner (Foto: NA – Gaspar Galazzi – Gentileza Fotosur).

Hay una conjunción poderosa de intereses y temores que interactúa así con la ideología, las creencias y las preferencias políticas intensas, auténticas directrices que no tienen casi nada de cálculo. Hay gente que ha “invertido” más de una década de sus jóvenes vidas en un desarrollo político profesional que teme ver destruido.

Así las cosas, se configura un grupo, un conjunto político de bloqueo, que no está en condiciones de efectuar ninguna evaluación de las consecuencias de la continuidad, y que, lejos de ponerle un límite, otorga a Cristina Kirchner el pleno control de las riendas políticas. Y se ata a la cola del caballo, hasta sus últimas consecuencias.

No se puede esperar mucho de ellos al inicio. Sin embargo, creo que las cosas han cambiado en los últimos tiempos porque, independientemente de lo que hayan hecho o dejado de hacer en el pasado, los que ponen en tela de juicio las acciones de Cristina Kirchner, ya han adquirido una gravitación potencial decisiva, aunque no se animen a ponerla en acto (básicamente, esto consistiría en dejar de hacerle caso).

Mi hipótesis es que los que sienten o presienten que Cristina Kirchner los está llevando a todos a una catástrofe (y no me refiero apenas a perder elecciones) ya son más, y pesan más, que aquellos dispuestos por convicción, temor o conveniencia, a amarrarse a la conducción cristinista.

No se atreven a decirlo, porque se produce un efecto de resonancia negativa bien conocido (nadie lo dice porque nadie lo dice, como en el cuento de Andersen) pero si se pusieran en acción tendrían más peso.

Volvemos por un instante a De la Boétie: por más que la libertad tenga muchos celosos partidarios, no resulta de ello ningún efecto por la imposibilidad de conocerse y comunicarse las ideas… sus pensamientos no pasan de ellos mismos. A fines del siglo XVI, esto tenía mucho más sentido que en nuestros días. Aunque debemos admitir que todavía sea un problema.

(*) Vicente Palermo es politólogo y ensayista argentino, fundador del Club Político Argentino y ganador del Premio Nacional de Cultura en 2012, en 2019 y del Premio Konex de Platino en 2016.