jueves, septiembre 24

El riesgo de una generación «estatizada»

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Nota extraída de La Nación por Luciano Román

Tal vez haya que anotar en la lista de víctimas de la cuarentena el espíritu emprendedor de toda una generación. La vocación por el riesgo, por la aventura creativa y por la apuesta a la innovación quizá reciba, en medio de la pandemia y del «estatismo-virus», un duro golpe de nocaut.

Los últimos 50 años ya se habían empeñado, en la Argentina, en incubar el desaliento para las nuevas generaciones. Hiperinflación, manotazo de depósitos, devaluaciones bruscas, corralito, pesificaciones, cepos y voracidad impositiva. Todo eso ha conformado un sedimento de experiencia que conspira contra la cultura emprendedora y la iniciativa privada. La herencia de esos traumas pone a los más jóvenes a la defensiva. «El que no arriesga no gana» ha mutado en una presunción con fuerza de certeza: «El que arriesga inexorablemente pierde». Así, se ha empujado a las nuevas generaciones a una actitud temerosa, conservadora, aferrada a las pocas seguridades que pueda encontrar. El impacto de la eterna cuarentena, con su secuela de negocios asfixiados y moribundos, podría profundizar estos temores para consolidar un espíritu de supervivencia, más que una cultura del riesgo y la innovación.

¿Alguien se imagina, en el corto o mediano plazo, a muchos entusiastas dispuestos a asumir los avatares de algún proyecto productivo?

¿Alguien se imagina, en el corto o mediano plazo, a muchos entusiastas dispuestos a asumir los avatares de algún proyecto productivo? ¿Quién se animará a contratar empleados, a proponer sociedades, a expandirse? El que tenga un capital ¿se lanzará a invertirlo en una máquina o preferirá comprar dólares? ¿Se arriesgará a volar u optará por quedarse quieto? El lenguaje coloquial siempre encuentra alguna fórmula para sintetizar el espíritu de una época. Hay una frase que se escucha con frecuencia y que expresa, quizás, el talante de estos tiempos: «Es lo que hay.». Convertida en lugar común, refleja, hasta en su cadencia desganada, la resignación y el conformismo. «Hacer la plancha» se ha transformado en la estrategia de al menos dos generaciones.

Entre los más jóvenes, el espíritu combativo solo parece reservado a una suerte de activismo digital, a una militancia por las redes en favor de causas nobles de la corrección política. Pero a la hora de planificar su futuro, se les queman los papeles. No se imaginan como «constructores», sino como sobrevivientes. Según un acertado eslogan publicitario, son los «ahoristas». No solo han perdido una «r»; han perdido estímulos y motivaciones para proyectar a largo plazo. Viven un eterno presente. La cultura del ahorro ha quedado en el pasado. Se ha roto el modelo de los abuelos y bisabuelos inmigrantes que forjaron su propio destino. Los traumas de la Argentina contemporánea han desdibujado esa cultura, han arrebatado esa vocación por poner ladrillo sobre ladrillo. El peligro es que después de la pandemia un germen paralizante se apodere de la vida productiva, que un emprendedor sea visto como un kamikaze y que renunciemos, definitivamente, a ser un país de hacedores.

Entre los más jóvenes anida cierta ambigüedad, acaso una contradicción. Se declaran libres de hacer lo que quieren en algunos planos (sin atarse a mandatos sociales, a prejuicios, a estereotipos o moldes preestablecidos), pero en otros se conforman con «lo que hay», con aspiraciones módicas, desalentados para remontar grandes sueños. Muchos jóvenes de clase media imaginan que heredarán una casa antes de poder comprarla. Son una especie de «generación cangrejo», que se retrae y camina hacia atrás. Por supuesto, también influyen los rasgos de una globalización que ha endiosado la velocidad, lo efímero, lo superficial y provisorio. El cóctel de un mundo que ha extraviado sus certezas con un país que ha confirmado sus fracasos deriva en una generación desorientada y aturdida, forzada a una levedad que por momentos la deja sin proyecto.

No solo influyen los traumas económicos, como no solo influyen nuestras desventuras domésticas. Somos hijos, también, de un contexto cultural, de la atmósfera de frustraciones que envuelve a nuestro tiempo. Hubo generaciones contagiadas del optimismo, el entusiasmo y la excitación que despertaron, por ejemplo, la llegada del hombre a la Luna o la revolución tecnológica. La nuestra, en cambio, es una época en la que se ha perdido la capacidad de asombro y en la que asistimos con resignación a la impotencia de la ciencia para lidiar con los estragos de un virus.

De la mano de la pandemia, los jóvenes reciben todo el tiempo un mensaje que no es nuevo, pero aparece reforzado: «Dejá que el Estado te cuida, te asiste, se ocupa de vos». Lo escuchan en un país en el que vuelan «ideas locas», se intentan expropiaciones, se endurecen los cepos y se revolean adjetivos contra los empresarios. Como contracara, se apagan las voces que incitan a arriesgar, a crear, a animarse y a nadar -si se quiere- contra la corriente, a hacer las cosas por uno mismo y rebelarse contra el statu quo. Ni los padres nos animamos del todo a decírselo a nuestros hijos. Nos refugiamos en los temores derivados de un país imprevisible. Nos parece temerario incentivar a los más jóvenes a que se tiren a una pileta que sospechamos (o sabemos) que puede estar vacía.

Desde la escuela también se impone la tutela. Se ejerce una educación casi asistencialista. Son muy pocos los que reivindican el derecho de los chicos a ser exigidos y se cultiva un paternalismo escolar que nivela hacia abajo. Fulminada la meritocracia, se extingue el estímulo para arriesgar, innovar y crecer. No debe ser casual que ni siquiera en el arte y la cultura hayan aparecido grandes novedades en los últimos veinte años. ¿Quiénes son los sucesores de los tiempos de oro del rock nacional? ¿Quiénes son los Soda Stereo de esta época? ¿Quién ocupa el lugar del Instituto Di Tella?

Si hubo una generación que soñaba con «mi hijo el doctor», hoy hay otra que se queda más tranquila si su hijo consigue estabilidad en el empleo público y se acomoda bajo el ala de la relación de dependencia. Se busca una seguridad, aunque sea ficticia, ante la angustia que provoca esa sensación de inexorable fracaso que ha alimentado la Argentina.

La mentalidad estatista parece arraigarse con mayor fuerza aun en medio de la pandemia. Y tal vez acentúe un rasgo de las últimas décadas: la ambición parece haber germinado con más fuerza en la política que en el sector privado. En el debate público, son más potentes las voces de los políticos que las de los empresarios, los profesores o los artistas. Las energías más impetuosas parecen asociadas a concepciones de apropiación (no de creación) y de hegemonía (no de diversidad). Es una patología que también resume bien una frase de estos tiempos: «Vamos por todo». Dicho de otro modo: la iniciativa late con más fuerza en torno del poder y del Estado que del lado de la innovación y del riesgo de la actividad privada. Para muchos la política ha dejado de ser una pasión para convertirse en un medio de vida, en una agencia de colocaciones.

Esa presencia aplastante del Estado también provoca cierta inmovilidad. Emprendedores y profesionales no encuentran estímulo para arriesgarse en el interior del país, porque muchas provincias son feudos infectados de «tutelaje estatal», corroídos por una corrupción cultural y por economías deprimidas. Muchos -ya sabemos- imaginan una salida fuera del país. Un diagnóstico descarnado no implica una renuncia al optimismo. Hablar con nuestros hijos de la herencia cultural de sus abuelos tal vez ayude a reconstruir aquel espíritu creador, ambicioso y arriesgado. Esa debería ser la epopeya de los más jóvenes: rebelarse contra la desesperanza; resistirse a ser la generación «estatizada». Ojalá no les cortemos las alas.