domingo, septiembre 25

Eliot Ness,Al Capone y la verdadera historia de“Los Intocables”

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Nota extraída de TN por Ricardo Canaletti

Un libro, un guionista extraordinario y un director de cine exitoso le dieron vida a un investigador que no protagonizó ninguna de las hazañas por las que pasó a la historia. Entonces, ¿quiénes fueron los hombres que mandaron a la cárcel a unos de los mafiosos más emblemáticos de todos los tiempos?

El argumento de la película es completamente falso. De principio a fin. Lo que se cuenta es un invento del guionista David Mamet, un novelista, ensayista, dramaturgo y hasta director de cine, aunque esta película no la dirigió él sino Brian De Palma. La película es “Los Intocables”, de 1987. Mamet y De Palma hicieron el trabajo que mejor saben hacer, entretener al público que consume cine y series. A veces es arte, el séptimo. Nunca es historia.

El personaje que inventó Mamet e interpreta Kevin Costner, llamado Eliot Ness, es el de un agente inocente, iluso, encargado de hacer cumplir la ley seca y, en consecuencia, perseguir a los contrabandistas de alcohol, que alcanza la cima de la sagacidad y atrapa el éxito al enviar a juicio y lograr la condena nada menos que de Al Capone. Este personaje y el verdadero Eliot Ness no tienen nada que ver, salvo en una cosa, ambos eran incorruptibles.

Kevin Costner, como Eliot Ness, detrás de Sean Connery, actor que ganó un Oscar por su papel en Los intocables (1987).
Kevin Costner, como Eliot Ness, detrás de Sean Connery, actor que ganó un Oscar por su papel en Los intocables (1987).

Mamet tiene imaginación

Inventó a un Frank Nitti alto, matón y tan provocador que termina con la paciencia del protagonista Ness/Costner, que lo mata tirándolo al vacío desde una terraza. El verdadero Frank Nitti reemplazó a Capone cuando este fue a la cárcel. Años después, borracho, se suicidó pegándose un tiro cerca de las vías del tren.

Eliot Ness no tuvo la culpa de que después de muerto lo convirtieran en el héroe que nunca fue y hasta que escondieran su vicio. En la película hay una pista. Al final, un periodista le pregunta a Ness/Costner qué haría cuando terminase la prohibición de beber alcohol y aquél le responde: “Tomarme un trago”. Pues el Ness de la vida real se tomó tantos tragos que se convirtió en alcohólico.

David Mamet, guionista de Los Intocables.
David Mamet, guionista de Los Intocables.

¡Pobre Ness! Nunca estuvo ni cerca de atrapar a Capone ni a nadie. Fue un hombre sin suerte, que rondaba grandes casos que jamás resolvía. Entonces, dejando de lado las fantasías de Mamet, ¿quién atrapó a Al Capone?

La Casa Blanca quería preso a Capone

Capone era un delincuente mentiroso y engrupido y terminó fastidiando a muchos políticos, especialmente a los de Washington. Que contrabandeara alcohol en la época de la prohibición, que mandara matar a sus competidores, que lo hiciera de una manera brutal, que coimeara políticos y policías de Chicago, que no tuviera nada a su nombre a pesar de que sus delitos le dieran una ganancia anual de 105 millones de dólares, todo esto no significaba gran cosa si no hubiera sido tan pero tan fanfarrón.

En la Casa Blanca no podían soportar que Capone se la diera de empresario benefactor y que saliera en los diarios (cosa que le encantaba) como un emprendedor que ayudaba a los más humildes. Capone fue el primer mafioso que en lugar de esconderse, salía a dar la cara, daba entrevistas y se dejaba fotografiar pues el personaje que vendía era el de un bienhechor, casi un filántropo.

La pobreza campaba en los Estados Unidos desde la estrepitosa caída de la bolsa de valores de Wall Street en Nueva York, en 1929. En Washington, no soportaban que un gángster de la peor calaña se promoviera como Papá Noel cuando era una sanguijuela en la peor debacle financiera del país. La Gran Depresión comenzó casi al mismo tiempo que la presidencia del republicano Herbert Hoover, que entre las urgencias de su gobierno se tomó el tiempo para instruir personalmente al secretario del Tesoro Andrew Mellon: “Quiero a ese tal Capone en la cárcel”. El secretario Mellon convocó a Elmer Irey, jefe de la Unidad Especial de Inteligencia del Tesoro, y le dijo que su oficina estaba encargada de poner a Capone tras las rejas.

Elmer Irey, el hombre que recibió el encargo del presidente Hoover de poner a Capone tras las rejas.
Elmer Irey, el hombre que recibió el encargo del presidente Hoover de poner a Capone tras las rejas.

Irey tenía muy fresco un fallo inédito de la Corte Suprema de dos años atrás relacionado con los impuestos de un contrabandista de licor llamado Manley Sullivan. Resulta que el máximo tribunal del país había condenado a Sullivan por no presentar declaración de impuestos que mostrara las ganancias de sus negocios ilegales. La defensa de Sullivan fue que nadie está obligado a declarar contra sí mismo (lo que sería decir que sus ganancias provenían del delito). Pero la Corte le respondió que ese privilegio no se aplicaba: es ganancia, aunque sea ilegal, entonces debe pagar los impuestos correspondientes. Pues por ahí iba a ir Irey contra Capone. Para el trabajo diario de reunir pruebas incriminatorias para el caso de evasión de impuestos, recurrió a Frank Wilson, un investigador agresivo e implacable.

Irey y Wilson sabían que el jefe de la mafia de Chicago nunca había presentado una declaración de impuestos a su nombre.

Los verdaderos “Intocables”

Frank Wilson formó un equipo de cinco agentes del Tesoro, los verdaderos Intocables. No la tenían fácil: Capone no tuvo nunca una cuenta bancaria y no firmaba cheques o recibos, pero gastaba fortunas. Es decir tenían que probar de dónde venían sus ganancias y dónde habían ido sus gastos. Empezaron por sus pagos y revisaron los registros de tiendas, joyerías, concesionarios de automóviles y hoteles. Descubrieron que había comprado muebles de alta gama, camisas hechas a medida, hebillas de cinturones con incrustaciones de diamantes, vajillas enchapadas en oro, que también pagó suites de hoteles y una limusina marca Lincoln. Rastrearon facturas telefónicas por un total de 39.000 dólares y evidencia de que pagó miles para organizar una fiesta lujosa el 22 de setiembre de 1927 a propósito de la segunda pelea por el título mundial de peso pesado entre los boxeadores Gene Tunney y Jack Dempsey, que se realizó en el Soldier Field de Chicago.

Frank-J-Wilson, agente fiscal que reunió las pruebas contra Capone y permitió su condena.
Frank-J-Wilson, agente fiscal que reunió las pruebas contra Capone y permitió su condena.

Algo habían avanzado pero era poco. Era impensable que alguien que hubiera hecho semejantes gastos no tuviera ni un dólar a su nombre. Eso era lo que les faltaba probar, que Capone tenía embolsos o ganancias, porque sobre una parte de esas ganancias debía pagar impuestos (ingresos imponibles) y este gángster nunca pagó nada.

Wilson recorrió calles de mala muerte de Cicero, un pueblo a casi once kilómetros de Chicago, que era un lugar completamente copado por Capone, y no encontró evidencia de que al menos un centavo fuese a parar a manos del mafioso. Recorrió casas de juego, burdeles, pistas de carrera de caballos y canódromos, fumaderos de opio y no encontró una sola pista. Los vecinos no colaboraban para nada, al contrario. Irey y Wilson, frente a este panorama, llegaron a la conclusión que las pruebas debían obtenerlas dentro de la organización de Capone, sea que alguno colaborara, sea que la infiltraran. Ocurrieron las dos cosas, hubo un colaborador, Eddie O`Hare, e infiltraron la banda.

Eddie O`Hare era un abogado inescrupuloso que había representado a Owen Smith, el creador del conejo mecánico al que siguen los galgos en la pista, el invento que revolucionó las carreras. Cuando Smith murió, O´Hare, con engaños, le compró la patente a la viuda por una miseria, pero debió escapar de Saint Louis, donde se encontraban, porque el hampa local quería la patente y su cabeza. Llegó a Chicago y estableció algunos galgódromos. Ganaba mucho dinero y antes que Capone concretara lo que los mafiosos de Saint Louis no pudieron, o sea matarlo y quedarse con el negocio, O`Hare le propuso asociarse.

Eddie O`Hare, socio y asesor de Capone que terminó delatándolo.
Eddie O`Hare, socio y asesor de Capone que terminó delatándolo.

Así lo hicieron y Eddie, además, se convirtió en su asesor financiero. Al parecer, la idea de deshacerse de O`Hare seguía rondando la cabeza de Capone. En 1930, el abogado, que no tenía un pelo de zonzo, decidió colaborar con el gobierno para obtener protección. Según Wilson, O`Hare se convirtió en el mejor espía que tuvieron dentro de la banda de Capone. Fue O´Hare el que le dijo a Wilson que en allanamientos anteriores a locales de juego que pertenecían a Capone, la Policía se había llevado libros con anotaciones en clave que demostraban las ganancias del capo.

Wilson ubicó esos libros, obtenidos en procedimientos de 1926. Es decir que la prueba que resultaría decisiva contra Capone la tenía la Policía desde hacía años. Wilson obtuvo el mérito de haber descifrado aquellas anotaciones en clave. El libro mayor estaba dividido en columnas con etiquetas como “Craps”, “21″ y “Roulette”. Cada pocas páginas se ingresaban los totales y luego se dividían en cantidades más pequeñas entre “Town”, “Ralph”, “Pete” y “A”. El libro de contabilidad también incluía algunas referencias a “Al”. Se trataba de los ingresos mensuales de una sala de juego que iban a Capone y a sus socios. O sea, no fue por el contrabando de alcohol, por los bares clandestinos, por la explotación de la prostitución, por las coimas, por los asesinatos que mandó ejecutar o ejecutó, no, Capone cayó por las ganancias del juego ilegal.

El “arrepentido” y el interrogatorio

Al comparar la escritura a mano en el libro mayor con la de los comprobantes de depósito de los bancos de la localidad de Cicero, Irey y Wilson identificaron al autor del libro de contabilidad. Se trataba del cajero de los salones de apuestas y juegos, Leslie Shumway. Los agentes rastrearon a Shumway hasta Florida. El trato con el cajero fue muy simple: Wilson le dijo que hablara en privado con ellos o lo mandarían detener en su trabajo a la vista de todos para que Capone se enterara. Shumway habló pero no en Florida. En secreto lo llevaron a California. En su declaración jurada, Shumway describió la naturaleza de los negocios de apuestas y afirmó: “…obedecí órdenes relacionadas con el negocio del señor Alphonse Capone”.

Al Capone y su abogado al salir de los tribunales de Chicago en 1931
Al Capone y su abogado al salir de los tribunales de Chicago en 1931

En abril de 1930, el abogado de Capone, Lawrence Mattingly, al tanto de la investigación sobre la desastrosa situación fiscal de su cliente, realizó contactos con el Tesoro adelantando la intención de liquidar la deuda. Mattingly y los agentes del gobierno Ralph Herrick y Frank Wilson se reunieron en el Edificio Federal de Chicago. La reunión fue áspera.

-Señor Capone… ¿qué registros tiene de sus ingresos? ¿Mantiene algún registro? ¿alguna cuenta corriente?-, preguntó Henrrick.

-No, nunca lo hice-, respondió el mafioso.

-¿Cuánto tiempo, Sr. Capone, ha disfrutado de un gran ingreso?

-Nunca tuve muchos ingresos-, replicó Capone.

Fue entonces cuando Mattingly dijo que antes de 1926 Capone fue empleado de John Torrio (el anterior jefe de la mafia de Chicago) y ganaba como un empleado cualquiera. No podría decir que tuviera ganancias. Entonces intervino Wilson.

-¿Alguna vez ha presentado declaraciones de impuestos sobre la renta?-, le preguntó el principal perseguidor de Capone.

-No.

-¿Durante esos años, estaba casado, tenía hijos?-, siguió Wilson

-Absolutamente-, respondió Capone, –Tengo un niño de doce años.

-¿En esos años compró o vendió bienes inmuebles?

No.

-¿Proporcionó dinero para comprar bienes raíces que se colocaron a nombre de otros?-, siguió Wilson, punzante.

-Prefiero dejar que mi abogado responda esa pregunta-, dijo Capone muy serio.

-El señor Capone compró una propiedad en Miami, Florida, a nombre de su esposa en el año 1928-, informó Mattingly. Wilson aprovechó para preguntar si fue Capone el que proporcionó el dinero para comprar esa propiedad. Capone respondió que sí y que el precio de inmueble fue de 10.000 dólares en efectivo y 30.000 de hipoteca. Wilson no iba a dejar pasar la oportunidad.

¿Cuál fue la fuente del dinero que usó para hacer su pago en efectivo?-, le preguntó mirándolo a los ojos, con los brazos sobre la mesa, las manos juntas y los dedos entrecruzados. Su actitud era desafiante.

Capone explotaba por dentro pero se contuvo, ni se movió, ni ensayó ningún gesto. Miró a Wilson y no respondió directamente; dejó que su abogado lo hiciera. Entonces Mattingly se opuso a la pregunta. De aquí en adelante el interrogatorio continuó con una permanente negativa de Capone a todas las preguntas de los agentes.

La tensión había cortado todos los puentes. Al final de la entrevista, Capone se puso irritable ya sin disimulo. Mientras se preparaba para salir, preguntó: “¿Cómo está tu esposa, Wilson?”. Si había dudas sobre si eso era una pregunta o una amenaza, la duda se resolvió cuando Capone agregó: “Asegúrate de cuidarte”. Wilson le respondió con un: “Lo haré!”. Ese round lo había ganado.

Un testimonio clave y la acusación

El 30 de septiembre, Mattingly se reunió con Wilson para hablar de la deuda de Capone, que luego de la anterior reunión ya había quedado establecida de 1924 en adelante. El abogado no se quitó el abrigo. De su bolsillo interior, sacó una carta y se la tiró casi en la cara al agente. Le dijo mientras el papel volaba hacia Wilson: “Esto es lo mejor que podemos hacer. El señor Capone está dispuesto a pagar el impuesto sobre estas cifras”.

En la carta, Capone admitía ingresos imponibles para los seis años en discusión de 26.000 dólares en 1924 hasta 100.000 dólares en 1928 y 1929. No se despidieron. Wilson guardó la carta y siguió buscando testigos contra Capone. Uno de los últimos y más importantes testigos fue Fred Reis, el beneficiario de numerosos cheques que el Tesoro creía que no iban para él sino para Capone. Reis decidió hablar después de haber pasado cuatro días en la cárcel. Admitió, primero a los agentes y luego en su testimonio ante un gran jurado de Chicago, que su jefe era Capone y que los cheques representaban las ganancias netas de Capone en su sala de juego de la localidad de Cicero. Después de haber certificado su testimonio, Reis fue enviado a “algún país de América del Sur hasta el juicio”.

El 13 de marzo, dos días antes de que se cumpliera el plazo de prescripción, el gran jurado acusó a Al Capone de evadir impuestos federales sobre la renta en 1924. Dos meses después, el gran jurado agregó cuentas para los años 1925 a 1929. Durante los tres meses siguientes los abogados de Capone se reunieron con el fiscal federal George Johnson para discutir un acuerdo. Johnson ya no quería saber nada más sobre testigos protegidos, amenazas a los agentes y cuestiones legales e impositivas muy difíciles. Estaba dispuesto a un arreglo.

El juez James Herbert Wilkerson.
El juez James Herbert Wilkerson.

La fiscalía comunicó a los hombres de Capone que estaba dispuesto a obtener una sentencia de dos años y medio. Acordaron. Entonces Capone se compareció el 18 de junio de 1931 ante el juez federal James Wilkerson y se declaró culpable. Wilkerson decidió un cuarto intermedio hasta el 30 de julio para considerar la declaración de culpabilidad. El juez sorprendió a todos. Capone estaba vestido con un traje verde arveja. Se puso de pie y escuchó al juez: “Las partes de un caso penal no pueden estipular la sentencia que se dictará”. ¡Qué acuerdo ni qué acuerdo! Lo que dijo Wilkerson es que habría un juicio y que el acuerdo, bueno, lo guardaran en el fondo del cajón. Y agregó: “Es hora de que alguien convenza al acusado de que es absolutamente imposible negociar con un tribunal federal”.

Quince días antes de que empezara el juicio, Eddie O’Hare le dijo a Wilson que Capone tenía una lista completa de posibles miembros del jurado y que estaba repartiendo 1000 dólares a cada uno prometiéndoles trabajos, regalando boletos para peleas de boxeo y, a los más remisos, pues aplicándoles “un poco de músculo”. O’Hare les dio los nombres y direcciones de diez miembros del jurado. De inmediato, Wilson y el fiscal Johnson se lo contaron al juez Wilkerson en su despacho y le dieron los nombres de los jurados coimeados. El juez no tenía la lista con los nombres pero apenas la tuvo vio que eran los mismos nombres que le habían dado Wilson y el fiscal. Wilkerson los llamó y les dijo: “Lleven su caso a la corte como estaba planeado, caballeros. Déjame el resto a mí”.

El juicio contra Al Capone

El juicio de Alphonse Capone comenzó la mañana del 5 de octubre. Capone estaba vestido con un traje color mostaza y les sonreía a los jurados a medida que iban pasando hacia su lugar. El juez Wilkerson llamó al alguacil. “El juez Edwards tiene otro juicio que comienza hoy. Vaya a su sala del tribunal y tráigame todo su panel de jurados; lleve todo mi panel al juez Edwards”.

Al Capone, en el juicio, con sus abogados Michael Ahern (izquierda) y Albert Fink (derecha).
Al Capone, en el juicio, con sus abogados Michael Ahern (izquierda) y Albert Fink (derecha).

Las acusaciones contra Capone eran 23. Charles Arndt, un recaudador de impuestos de los Estados Unidos, dijo al jurado que Al Capone no presentó ninguna declaración de impuestos durante los años 1924 a 1929. La acusación presentó evidencia de que Capone era dueño de salas de juego y obtenía ganancias sustanciales de esos negocios. Leslie Shumway, presentó la evidencia más condenatoria al describir los procedimientos contables utilizados en la sala de juegos y estimó que las ganancias de los dos años que trabajó allí superaron los 550.000 dólares.

El último testigo clave de la acusación fue Fred Reis, cajero de la casa de juego Cicero en 1927. Reis calculó que las ganancias de la sala ese año alcanzaron los 150.000 dólares”.

La defensa presentó su caso en un solo día. Los defensores presentaron a Capone como un adicto a las carreras de caballos que perdía siempre. La defensa describió la evidencia del gobierno contra su cliente como “basura” que “no prueba ingresos brutos”. Finalizaron su alegato diciendo: “Ustedes, caballeros, son la última barrera entre el acusado y la usurpación y perversión del gobierno y la ley en este caso”.

Del equipo de fiscales, Jacob Grossman afirmó en su resumen que Capone se describió a sí mismo como: “un jugador, un agente de bienes raíces, un limpiador y un prensador y dueño de una pista de carreras de perros”. Señaló que el acusado vivió “como un príncipe enjoyado” y “gastó miles de dólares sin pensarlo dos veces”. El fiscal Samuel Clawson afirmó que la carta del defensor Mattingly al agente Wilson donde buscaba un arreglo demostraba que Capone sabía que era culpable de evasión de impuestos. Finalmente, el fiscal general cerró el alegato: “Este es un caso que las generaciones futuras recordarán porque establecerá si un hombre puede conducir sus asuntos de tal manera que esté por encima del gobierno y por encima de la ley”.

A las 14:42 del 18 de octubre, el jurado salió de la sala del tribunal para comenzar sus deliberaciones. Regresó a la sala del tribunal ocho horas más tarde con un veredicto: “Culpable”. Seis días después, el juez Wilkerson impuso una pena de prisión de once años, la más larga jamás dictada por evasión de impuestos. Capone, mientras lo llevaban esposado a un ascensor de la sala del tribunal, gritó: “Todavía no he terminado de pelear”.

¿Y Eliot Ness?

No tuvo participación en los hechos que llevaron a la condena de Capone. Años después fue contratado en Cleveland como jefe de Policía para enfrentar el gansgterismo local y la corrupción de los agentes. Justo a su llegada, en 1935, aparecieron torsos en distintas partes de la ciudad. El asesino serial que seccionaba a sus víctimas aterrorizó Cleveland durante años. La actuación de Ness fue muy criticada y no pudo descubrir al “Asesino de los torsos”, cuyos crímenes aún siguen impunes.

Eliot Ness, en 1933.
Eliot Ness, en 1933.

Ness dejó su cargo en 1942, con su prestigio arruinado. Cayó en una grave depresión y se convirtió en alcohólico y hasta sufrió un accidente de tránsito por manejar ebrio. En 1944, ocupó el cargo de presidente de la Diebold Corporation, una empresa de sistemas de seguridad, en Ohio. Se postuló sin éxito para alcalde de Cleveland en 1947 y fue despedido de su trabajo en Diebold el mismo año.

Más tarde se trasladó a Coudersport, Pennsylvania. Escribió su vida y le puso de título “Los intocables”. Ness murió de un infarto en 1957, el mismo año en el cual su obra se convirtió en best seller. El no pudo disfrutar del éxito. El libro fue inspiración para exitosas adaptaciones televisivas y cinematográficas. La primera de ellas fue la serie de TV, estrenada en 1959, con el actor Robert Stack como Ness. Luego vendría David Mamet y su prodigiosa imaginación, capaz de convertir en héroe a un hombre que nunca estuvo.