viernes, marzo 1

Enredados en la dialéctica del piquete

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No va a cambiar el modo en que el peronismo ha decidido pararse frente a los candidatos de la oposición; los incidentes de Jujuy fueron al respecto un buen ensayo

Lejos de alterar el curso de la historia como tal vez se plantearon quienes los impulsaban, los disturbios de Jujuy provocaron el efecto opuesto: confirmaron la idea que cada fuerza política tiene sobre lo que viene. La campaña electoral empieza con una pintura perfecta de la Argentina, enredada en la dialéctica del piquete.

Para el kirchnerismo, por ejemplo, Jujuy fue la profecía cumplida antes de tiempo: si vuelve al poder, proyectan, Juntos por el Cambio lo hará con la premisa del ajuste, la represión y afán extractivo por el litio. Porque, tal como imaginaban, Gerardo Morales tampoco tuvo piedad esta vez: hizo la votación de la nueva Constitución justo horas antes de que empezara el Inti Raymi, la ceremonia con que el pueblo andino honra a Inti, el dios del sol, al que invoca en cada solsticio de invierno. Es el modo en que el gobernador seguirá seguramente negociando con esas 350 comunidades que, con diferente intensidad, se sienten dueñas de los yacimientos en los que hay múltiples interesados, desde YPF hasta los Bulgheroni, Paolo Rocca, YPF o José Luis Manzano.

Los equipos de Rodríguez Larreta lo ven, en cambio, desde otra óptica. Creen que Jujuy da motivos suficientes para pensar que si eso pasó después de una votación legislativa por unanimidad y con el peronismo de aliado, mejor ni pensar en que un nuevo gobierno avance o se imponga solo frente a los conflictos. El famoso 70% de consenso, tan objetado por Macri y Patricia Bullrich, que interpretan al respecto lo contrario: ¿qué sentido tiene intentar acordar con violentos que tarde o temprano buscarán echarlos en helicóptero?

Es una encrucijada que, razonable o no, ha marcado la política argentina desde el fin del gobierno de De la Rúa y de Kosteki y Santillán: quien reprime mal se va. ¿Conviene entonces tolerar, dejar crecer la protesta o, en cambio, exponerse a que fuerzas de seguridad inflexibles empeoren las cosas? Bullrich y Rodríguez Larreta ya lo discutieron en los años de Macri. Cada vez que escuchaban las quejas por los cortes de calles, el jefe de gobierno porteño argumentaba delante de su gabinete: los mismos porteños que reclaman por el derecho a circular libremente serán los primeros en horrorizarse –”almas sensibles”, diría Pichetto– ante la sangre derramada. “Hay que elegir entre lo malo, que es el inevitable desgaste por no reprimir, y lo muy malo, que es tener que abandonar el poder por una o más muertes”, definió ante la nacion un funcionario porteño. Del lado de Bullrich contestan que si no se resuelve este nudo, la Argentina será invivible.

Todos, incluido el kirchnerismo, saben perfectamente de qué se trata y a qué están expuestos. Por eso Morales contestó esta semana a las críticas de Cristina Kirchner con un video de ella misma quejándose del tema. Es de la Asamblea Legislativa de marzo de 2014, cuando, ante el aplauso de la oposición, la entonces presidenta propuso regular la protesta. Hay que entender el contexto de aquellas palabras: dos meses antes, en diciembre, los saqueos, los cortes de luz y un reclamo policial en Tucumán habían dejado 13 muertos. “Porque ¿qué pasa? –se explayó–. Luego se produce un disparo, un muerto y tenemos no ya 200 personas, sino 20.000 protestando porque mataron a un individuo, porque tal tiró un palo y nunca se sabe quién fue. Entonces, organicémonos como sociedad”.

La Argentina está peor que entonces y con menos paciencia social. El año pasado, según datos del Observatorio Social de la UCA, y por primera vez en la historia si se excluye 2020, año excepcional de la pandemia, más de la mitad de la población, exactamente el 51,7%, vive en un hogar que recibe algún tipo de asistencia estatal. La cifra sube a 58,7% en el conurbano bonaerense. Es un deterioro que los gobiernos han decidido combatir con más subsidios. Es decir, gasto público que se cubre con deuda, emisión monetaria o más impuestos, que terminan siempre en lo mismo: inflación, caída en los ingresos y empleo de peor calidad. Un círculo vicioso en el que coinciden incluso quienes divergen en cómo resolverlo. Y que llevó el martes a varios empresarios, mayoritariamente nucleados en IDEA y en la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), a firmar una solicitada pidiendo que se respete la Constitución.

¿Cómo salir de la encerrona? Rodríguez Larreta propone incluir en el programa a sectores que apoyen reformas tan necesarias como impopulares. Patricia Bullrich y Macri consideran que ese país corporativo es justamente el que las va a impedir. ¿Se puede pensar, por ejemplo, en una flexibilización laboral con Moyano? La semana pasada, ante una pregunta de la cúpula de la Asociación Empresaria Argentina, la candidata contestó que un país en condiciones normales podría resolverlo con un buen administrador, pero que en las actuales circunstancias se requería antes que nada convicción.

La aplicación de estos planes depende en gran medida del armado electoral que termina hoy. Habrá que ver, por ejemplo, qué lugares obtiene en las listas y cuál es el ánimo, posterior a su confección, del Movimiento Evita, la agrupación más numerosa y de mayor despliegue territorial. En el equipo de Rodríguez Larreta los suponen garantes de la gobernabilidad: intentarán sacarlos del rol de intermediarios, aunque no necesariamente del sistema. porque lo creen imposible. “Ellos son el sistema”, describen.

Tampoco el kirchnerismo tiene el tema resuelto. Aunque anoche se confirmó la postulación presidencial de Massa, candidato preferido del establishment, y en cuyo equipo nunca se llegaron a resignar a quedar definitivamente fuera de las elecciones. No había sido una buena semana en el Palacio de Hacienda. “¿Cómo es posible que Cristina no empodere al tipo que tiene que negociar con el Fondo?”, protestaban hasta ayer por la tarde en el Frente Renovador.

Es entendible que la jefa del espacio haya dudado, porque los resultados no acompañan. Sobra inflación y faltan dólares. Dicen que hasta el cónsul de China está molesto porque, pese al acuerdo para ampliar el swap, no logra convencer a Matías Tombolini de que autorice importaciones que favorezcan a empresas de su país. Quien más trabajó para evitar la candidatura de Scioli fue Raúl “Cabezón” Pérez. El embajador en Brasil había tenido un socio inesperado, Alberto Fernández, obsesionado con que hubiera primarias. El Presidente llegó a discutirlo varias veces con el ministro de Economía, que le reprochaba lo obvio: ¿por qué tanto esmero de quien no le debe precisamente la presidencia a una interna? Los amigos del jefe del Estado lo atribuían a una revancha personal. No solo contra ella, sino también contra Massa, por quien Alberto Fernández se siente traicionado: le molestó, por ejemplo, verlo pegado al Instituto Patria no bien asumió. Ha discutido el tema con sus colaboradores, y siempre creyó además que Scioli estaba en condiciones de ganarle a De Pedro. Hace tiempo que subestima a su ministro del Interior. Es recíproco.

Más allá de las modificaciones de las últimas horas, lo que no va a cambiar es el modo en que el peronismo ha decidido pararse frente a los candidatos de la oposición. Los incidentes de Jujuy fueron al respecto un buen ensayo. Antes de que se lo empezara a señalar como precandidato e incluso de difundir su spot de campaña, De Pedro ya había cuestionado a Morales. En realidad, la primera que lo hizo fue Cristina Kirchner hace un mes, en la Plaza de Mayo, cuando acusó al gobernador de estar favoreciendo la industria extractiva. “Qué vocación de colonia, hermano: no seamos Potosí, sino Malasia o Corea”, dijo, mientras la multitud coreaba: “Patria sí, colonia, no”. Pocos debates expresan tanto a la Argentina como el de la minería, tan propensa a la protesta mientras la riqueza aguarda, intacta, debajo de la tierra.