Inflación: mientrasMassa trata de frenar,Fernández pisa el acelerador

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El presidente dijo que quiere que los salarios le ganen a los aumentos de precios. Con sus declaraciones, lo que hizo, en realidad, fue generar falsas expectativas, como cuando prometió hace medio año “declararle la guerra a la inflación”.

Nota extraída de TN por Diego Dillenberger

“Lo importante es que los salarios le ganen a la inflación”, dijo Alberto Fernández en un acto de entrega de viviendas en Chaco. Faltaban apenas minutos para que se conociera el índice de precios al consumidor de julio: 7,4 por ciento. Ese doble récord mensual para el continente americano y para la propia Argentina en los últimos 20 años equivale a toda la “alta” inflación anual que están sufriendo la mayoría de los países en un año entero. Por primera vez en décadas, la Argentina superaba a Venezuela en inflación.

Lo preocupante del curioso concepto del Presidente sobre la inflación es que no es la primera vez que dice que la inflación no importa, mientras los salarios les ganen a los precios. Parece que ningún colaborador le explicó al mandatario que eso no pasó nunca, ni pasará jamás en ninguna parte: la inflación siempre a la larga les termina ganando a los ingresos. Es lo que explica que la Argentina sea un país cada vez más pobre.

Inflación: mientras Sergio Massa trata de frenar, Alberto Fernández pisa el acelerador

Si los salarios pudieran ganarle a la inflación, el mundo viviría con inflación y los humanos habríamos descubierto la cuadratura del círculo y seríamos todos felices. Los políticos se pelearían ofreciéndoles a los votantes conseguir más inflación.

Aunque, a rigor de verdad, la Argentina vivió un prolongado período en el que los salarios sistemáticamente le “ganaban” a la inflación: fueron los ocho años de la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, entre 2007 y 2015.

Cualquier parecido con la situación actual, no es casualidad

En esos años, la intervención de Guillermo Moreno falsificaba los números oficiales del INDEC. Cuando las consultoras privadas estimaban un promedio anual de aumento de precios al consumidor bien por encima del 20 por ciento año a año, el instituto oficial de estadísticas decía que era 9 por ciento. Con paritarias que por aquellos años promediaban entre 15 y 20 por ciento anual, los asalariados argentinos debían “comprar” el relato de que se hacían todos los años muchísimo más ricos. Y, de hecho, las billeteras de los argentinos estaban cada vez más gorditas. Los billetes de 100 pesos -que por entonces eran los de denominación más alta- reventaban los bolsillos y el gobierno se negaba a imprimir papeles con más valor. Cualquier parecido con la situación actual, no es casualidad.

El truco funcionó bastante tiempo, pero en las elecciones de 2015 el peronismo perdió frente a la alianza Cambiemos liderada por Mauricio Macri y no fue solo por las denuncias de corrupción que pesaban sobre el kirchnerismo: los argentinos dejaron de creer en la “magia de la inflación” que les vendía el INDEC de Moreno porque descubrieron que sus billeteras, a la larga, nunca engordaban tanto como los precios, por más que las estadísticas oficiales dijeran que les iba mejor que nunca.

Hoy el INDEC liderado por Marco Lavagna recuperó la credibilidad perdida y se podría suponer que el Presidente no querrá repetir la historia bochornosa de la intervención de Moreno durante los primeros kirchnerismos.

De la “guerra a la inflación” al “salariazo” pasando por el fantasma del “Rodrigazo”

Por eso el Presidente no le hizo ningún favor al ministro de Economía, Sergio Massa, al asegurar que lo importante es que los salarios suban más que la inflación. Generó falsas expectativas, como cuando prometió hace medio año “declararle la guerra a la inflación”.

Queda claro que el Presidente capituló en esa guerra y ahora apuesta a lo que Carlos Menem alguna vez llamó “salariazo”.

Pero la triste realidad es que los salarios, a la larga, nunca le ganan a la inflación. Todos los intentos de “recuperar el poder adquisitivo” de los asalariados termina desbocando a la inflación y volviéndola incontrolable.

Inflación: mientras Sergio Massa trata de frenar, Alberto Fernández pisa el acelerador

El mejor ejemplo del que podría aprender el Presidente es el del tristemente célebre “Rodrigazo” de 1975, tras la muerte del presidente Juan Perón. Ese nombre se debe a que Celestino Rodrigo asumió la dura herencia de un congelamiento de precios falso de su antecesor, José Ber Gelbard: el ministro de Economía favorito de Cristina Fernández de Kirchner y de la exministra Silvina Batakis.

Gelbard fue un verdadero precursor de Guillermo Moreno: la inflación “oficial” daba 0 por ciento, pero solo se podían conseguir las cosas en el mercado negro. Era puro relato. Celestino Rodrigo no hizo más que blanquear esa situación, lo que disparó toda la inflación acumulada como un resorte. Tuvo la mala suerte de que su nombre quedó pegado a ese blanqueo de la realidad que generó millones de pobres de un día para el otro en las estadísticas. En realidad, los argentinos hacía rato que no accedían al azúcar, la yerba para el mate, la harina para el pan o las papas a los precios “oficiales”. No cualquiera podía pagar los precios del mercado negro.

Ante el salto inflacionario, los sindicalistas de aquel entonces, con el metalúrgico Lorenzo Miguel a la cabeza, dijeron: “hubo 90 por ciento de inflación, queremos aumento del 90 por ciento para recuperar el poder adquisitivo”. Abandonados a su suerte, los empresarios no tuvieron más remedio que ceder. El siguiente paso fue la primera hiperinflación de la Argentina.

Por eso, Alberto Fernández no le hace ningún favor a su ministro de Economía generando falsas expectativas sobre la inflación y los salarios.

En parte gracias a la prédica didáctica del economista libertario Javier Milei, hoy la opinión pública tiene en claro que el gasto público excesivo, el déficit, y la impresión de billetes para financiarlo termina generando inflación.

La mayor parte de la opinión pública está reclamando un ajuste de la política. Pero la oposición podría empezar a preparar a esa opinión pública tirándole un balde de agua fría y explicando que no hay forma de terminar con la inflación en poco tiempo si toda la sociedad no se ajusta. Si los sindicalistas aspiran siempre a recuperar el poder adquisitivo ficticio de la inflación, la historia de los 70 podría repetirse en cualquier momento, y los opositores de hoy podrían convertirse en los “Rodrigos” de mañana.

Lo mejor que podrían hacer los opositores es empezar a explicar ahora que la verdadera “guerra” contra la inflación se pierde, si no se la encara con un plan de estabilización, reformas estructurales profundas y acuerdos de precios y salarios sin demagogia, como ya lo comprobó el Presidente cuando se publicó el jueves el índice de julio de 7,4 por ciento.