La caída del kirchnerismo norteamericano

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Nota extraída de Clarín por Alejandro Borensztein

Trump agrietó a su país, intentó colonizar la justicia y odia a los medios de comunicación. ¿Te suena?

Donald Trump se niega a reconocer los resultados de las elecciones en Estados Unidos. Foto: AP

Como todo el mundo sabe, la falsa emoción del gobierno argentino por el triunfo de Joe Biden es un acting que hacen en la Rosada para ver si los yanquis nos tiran una anchoa.

Simulan que prefieren a Biden pero todos sabemos que Donald Trump ha sido, es y será siempre el gran líder del kirchnerismo norteamericano.

Cristina fue muy clarita cuando el 10 de noviembre de 2016, hablando en la Universidad Jauretche de Florencio Varela y en relación al triunfo de Trump sobre Hillary, declaró textualmente: “En los EE.UU. ganó alguien que hace del proteccionismo, sus trabajadores y la defensa del mercado interno, su bandera. Lo que el pueblo de los EE.UU. está buscando es alguien que rompa con el establishment económico”. Posta, no le cambié ni una coma al contundente speech de nuestra reina madre hotelera.

Guillermo Moreno fue mucho más directo y simple cuando el 20 de enero de 2017 expresó: “Trump es peronista, está prometiendo hacer lo que hicimos nosotros”.

Así fue como el kirchnerismo, hace cuatro años, le dió la bienvenida a Donald Trump. Si ahora disimulan silbando bajito y mirando para otro lado es simplemente porque en el Banco Central hay un vacío imposible de llenar. Mucho eco en esa bóveda.

Desde aquel 2016 hasta ahora, en EE.UU. no hemos visto otra cosa más que el habitual desarrollo del proyecto nacional y popular estadounidense. Un poco más payasesco que el nuestro (no mucho más) pero a los efectos económicos y políticos, bastante más eficiente que los kirchneristas originales del Cono Sur.

No hace falta recordar que Trump, como todo líder kirchnerista que se precie de tal, es millonario, inversor inmobiliario, dueño de hoteles, ve a un enemigo en cada adversario, es muy del Rolex de oro, agrietó a su país, sólo habla y piensa en si mismo, intentó colonizar la justicia, está denunciado en mil causas semiprobadas, se lleva bien con todo tipo de dictadores como el coreano Kim Jong-un o Putin, destrata a los líderes democráticos como Trudeau, Merkel o Macron, define a los medios como la personificación del demonio mismo (para Trump, el New York Times y la CNN vienen a ser los Leuco de Norteamérica) y es una persona muy educada pero demasiado ocupada como para demostrarlo.

Como si todo esto fuera poco, suele respetar la Constitución siempre y cuando no le complique sus planes personales. De hecho, antes de presentarse a estas elecciones para un segundo mandato ya había avisado que seguramente se presentaría para un tercer mandato pese a que está expresamente prohibido por la Constitución de EEUU. Obviamente, esto significa que Trump pensaba reformarla o hacer una enmienda para lograr la reelección indefinida, tal como hizo el padre fundador del kirchnerismo primitivo con la Constitución Provincial de Santa Cruz en 1998.

Tres cadenas de televisión cortaron el discurso de Donald Trump la noche de la elección cuando ya denunciaba fraude.

Tres cadenas de televisión cortaron el discurso de Donald Trump la noche de la elección cuando ya denunciaba fraude.

En síntesis, Donald Trump es un jefe kirchnerista casi perfecto. Decimos “casi” porque competir con el original siempre es difícil.

Por supuesto, tiene una locura propia. Si alguien pensaba que negarse a entregar los atributos del mando era lo más grotesco que podía hacer un populista medio berretungo en un país democrático, evidentemente se equivocó. Donald Trump ha desplegado un disparate mucho más audaz: se niega a reconocer una derrota electoral.

La máxima figura del kirchnerismo norteamericano ha superado esta semana todo lo conocido. El tipo pidió que detengan el conteo de votos, que no hace falta más, que para él ya está bien y que los votos que faltan no son válidos, básicamente porque son todos de Biden.

En todo caso, si todavía quedan algunos votos en las urnas o en el correo, se pueden guardar para otra elección.

Estos gobiernos populistas se caracterizan, entre otras cuestiones, porque involucran a toda la familia. Por ejemplo, en el gobierno kirchnerista de Juan Pérez participan todos los Pérez. Es más, generalmente el señor Pérez le suele traspasar el gobierno a la señora Pérez por un mandato y luego la señora Pérez se lo devuelve, como corresponde. Después, con el paso de los años, asume el pibe Pérez al que ya venían preparando de chiquito.

En el caso del kirchnerismo norteamericano, a falta de uno, Donald Trump tiene varios hijos que opinan en el manejo del gobierno y aportan su talento. Donald Jr. estudió economía en Filadelfia y Eric tiene cierta experiencia empresaria. Se ve que son buenos muchachos y le ponen garra, pero fuera del Salón Oval no les dan ni cinco de pelota.

Nada que ver con Máximo que debe haber estudiado de todo porque en el gobierno no dan un paso sin su autorización. El tipo está encima de cada medida. Una tranquilidad para todos.

De hecho, el 28 de septiembre pasado, el presidente Fernández calificó un discurso de Máximo como “formidable”, un adjetivo excepcional que suele utilizarse cuando se habla de las “formidables” exposiciones de Winston Churchill, Nelson Mandela, Martin Luther King y ahora también Máximo Kirchner. Lujos que nos damos los argentinos. Chupala Kovadloff.

También se utiliza el término “discurso formidable” cuando uno se quiere congraciar con la madre del disertante.

Una diferencia no menor con sus mentores patagónicos es que Trump no necesitó de un Lázaro Báez, de un Cristóbal López o de una estafa organizada con la obra pública. El tipo ya era rico desde los años 80.

Lo bueno para la Argentina sobre el caso norteamericano es que, al revés de lo que nos pasa con la pandemia, acá vamos adelantados. Allá recién van por la parte en la que el kircherismo pierde, se va del poder puteando, se niega a traspasar el mando al nuevo gobierno y a los cinco minutos empiezan a gritar “Biden basura vos sos la dictadura”.

Allá en Washington todavía no se avivaron, pero nosotros acá sabemos todo lo que se les viene. Para los que creen que Trump ya terminó, como creíamos nosotros cuando llegó Macri, es bueno que sepan que a esta serie de Netflix todavía le faltan capítulos que nosotros ya vimos.

Ahora todo está en manos de Joe Biden. Si esta semana vemos a Biden y a sus seguidores saltando al grito de “¡si se puede, si se puede!”, tirando globos, boludeando y alimentando la grieta, yo le diría a los americanos que no pierdan tiempo y vayan sacando el pasaporte uruguayo. Ya sabemos como sigue el cuento.

Seguramente, aparecerán muchos republicanos diciendo que Trump ya fue y que hay que renovar el partido. Dentro de un año se van a avivar que no es tan fácil sacarse de encima a un tipo que obtuvo 70 millones de votos y puede ganarle una interna a cualquiera de ellos.

Ahí va a aparecer Uncle Albert, un vivillo que vende Cadillacs usados en New Jersey y va a acuñar la frase clave del futuro norteamericano: “Con Trump sólo no alcanza y sin Trump no se puede”. Y al toque van a fundar el Everybody´s Party.

En realidad, nada de esto va a ocurrir si Biden logra estar a la altura de Obama, sacar al país de su grieta y desactivar el conflicto. Acá se ve que no pudieron. O no quisieron. O no hubo Obama. Vaya uno a saber.

Pronto nos daremos cuenta si el kirchnerismo norteamericano revive y finalmente vuelven mejores.

Por suerte acá se nos dió y vamos a seguir disfrutando del espectáculo kirchnerista por muchos años más. Si Dios quiere. Y por supuesto, en Dios creemos. O sea: in God we trust.

Y a 160 mangos ni te cuento. Ya parece barato. Dame esos verdes y llevate todos los pesos.