La marcha contra la Corte, el FMI y el triunfalismo vacío

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Nota extraída de Nexofin por Miguel Wiñazki

Como con la Pfizer demorada por disparates ideológicos dogmáticos, el principio de acuerdo con el FMI llegó tarde, pero llegó contra el anacronismo cristinista. 29 enero, 2022

No se trata de un abracadabra.

No es un arribo ipso facto a la Tierra Prometida.

No es una expulsión absoluta de todos los demonios.

La crisis argentina es tan honda y contradictoria que obliga a moderar todo triunfalismo.

No se trata de depositar con los ojos cerrados toda la esperanza en este principio de acuerdo con el FMI.

Por ejemplo: ¿Cómo conciliar la marcha programada para “echar” a la Corte Suprema de Justicia, con el principio de acuerdo con el FMI?

La irracionalidad propalada contra uno de los poderes del Estado choca con la racionalidad de la decisión de continuar dentro del mundo y no afuera del planeta atados a los movimientos centrífugos y rimbombantes del Instituto Patria y sus voceros.

¿Cómo articular un disparate anti institucional azuzado por el gobierno y por sus provocadores callejeros contra el Poder Judicial, con la credibilidad que requiere el cumplimiento del principio de entendimiento?

Como con la Pfizer demorada por disparates ideológicos dogmáticos, el principio de acuerdo con el FMI llegó tarde, pero llegó contra el anacronismo cristinista.

Pudieron haberse evitado mucho antes los sismos y cataclismos que arrasaron con toda serenidad económica.

Como con la vacuna cuando los trovadores militantes cantaban barbaridades, con la economía también hubo cañonazos retóricos pero no por retóricos menos dañinos en un marco de altísima inflación, pobreza apabullante y desinversiones sistémicas.

Podría interpretarse ahora que las fricciones entre Cristina Fernández y Alberto Fernández eran y son ficciones.

El presidente y la vicepresidente conformarían, según esta hipótesis, una suerte de asociación para disentir públicamente pero para coincidir -al menos en lo esencial- en privado.

Otra visión considera que la confrontación es real, y que ayer el albertismo ganó un round importante.

¿El principio de entendimiento con el Fondo es el comienzo de una escalada sin techo entre Alberto y Cristina?

Por el momento se vende un nuevo amanecer.

El triunfalismo comenzó con el discurso presidencial que ya auguraba horizontes luminosos y exorcizados todos los temores.

“¿La historia juzgará quien creó el problema y quien los resolvió?”, señaló el presidente, presentándose como quien los resolvió.

El principio de entendimiento sellado ayer requiere la suspensión de los subsidios a las tarifas.

Los voceros “victoriosos” del gobierno no mencionaron prima facie ese pequeño detalle.

En el arsenal lingüístico oficial no hay ajuste, ni tampoco responsabilidad en la crisis económica.

¿Está resuelto el problema de la deuda?

Ahora empezaremos a ver si el gobierno asume el compromiso con seriedad o si, como ha ocurrido tantas otras veces en la historia, lo que se anuncia no es lo que acontece luego a posteriori.

Hay otro interrogante aún más profundo. ¿Está resuelto el agudísimo problema de la inflación?

Hay un religión de Estado, un rito insoslayable en el método oficialista que consiste en encontrar primero a los culpables (ajenos siempre al gobierno) para ofrecer luego la solución salvadora desde la bonhomía auto eticista.

Son formas recurrentes del mesianismo y aquí se vislumbra una cuestión de fondo que va más allá de la economía, que sugiere cómo es el corazón de la gestión.

El oficialismo se auto propone como “el dominador mágico de la lluvia”. Se trata de una metáfora antropológica del eminente e histórico estudioso James Frazer.

En diversas sociedades arcaicas se consideraba que existían seres humanos que eran más que humanos, deidades con cuerpo humano que tenían el inusitado poder de detener la lluvia.

Era una gran ilusión. Cuando paraba de llover, esos farsantes lograban persuadir a la tribu de que las aguas se habían detenido debido a que ellos le habían ordenado a los cielos suspender la tormenta.

El torbellino degradante de nuestra vida, la inseguridad, el feudalismo interior y el sometimiento a déspotas interminables en el poder de las diversas provincias, continúa como lo hacen los temporales mitológicos como el de Cien años de soledad, cuando Macondo se encuentra estremecido por un aguacero que parece eterno.

“Su duración sobrepasa el tiempo del diluvio bíblico”, escribió García Marquez.

El temporal argentino también parece eterno.

Queda abierta cierta posibilidad de que cese un día la lluvia, que dejemos de incubar como siempre al diluvio que viene.