Las charlas Cristina -Axel y el alarmante pronóstico del economista deHoracio RodríguezLarreta

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De qué hablan la vicepresidenta y el gobernador en medio de la tensión tras las elecciones. Los enojos de Axel con La Cámpora. Y la encrucijada del alcalde porteño frente a un pool de economistas.

Axel Kicillof y Cristina viven momentos de tensión.

El jueves, poco antes del mediodía, Axel Kicillof estaba de muy buen humor y cebaba mates sentado en su escritorio de la Gobernación. Se había quitado el barbijo y lo había colgado en la tapa del termo. Dos invitados lo escuchaban disertar sobre las dificultades de la gestión en la pandemia y de las elecciones que vienen. Se acababa de ir Mario Oporto, el exministro de Educación, y en la sala contigua a su despacho lo esperaba Martín Insaurralde, el jefe de Gabinete que se ilusiona con ocupar ese sillón desde el que ahora Kicillof mira la figura de Juan Manuel de Rosas, un imponente cuadro con bordes dorados que está colgado muy cerca de unas réplicas de aviones de Aerolíneas Argentinas. Cuando se abría la puerta de la oficina llegaba olor a comida, como si alguien estuviera cocinando bifes a la plancha.

El gobernador lucía con ganas de hablar y monopolizaba la conversación. Es su estilo. Hasta que en un momento le vibró el celular y, al ver quién buscaba contactarlo, su semblante pareció alterarse. Era Cristina. El intercambio duró unos cuantos minutos. Cuando la conversación expiró, el gobernador se deshizo del teléfono y pidió a sus interlocutores pasar al living.

Se vienen tejiendo todo tipo de especulaciones sobre el vínculo del mandatario y la líder del espacio desde que ella intervino el gabinete bonaerense para desplazar a los hombres de confianza de Axel y colocar a funcionarios más afines a los intendentes del Conurbano, que reniegan del gobernador desde el mismo día de su asunción. Kicillof está dolido más por las formas que por el contenido de las decisiones. No cree haberse rebelado nunca contra los designios de Cristina y esperaba otro trato. Hay quienes dicen que se sintió humillado, una ofensa que él, acaso, solo creía reservada para Alberto Fernández.

Aquella movida de Cristina en el Sur, tras la derrota electoral, desató tempestades. Si el cristinismo apuntaba a una mayor apertura de su discípulo, que es el gran pedido de los alcaldes, quizá hayan provocado el efecto contrario. Una cosa es lo que asoma en la superficie, con un staff de ministros renovado, y otro la que ocurre en el día a día. Su grupo áulico se ataja y se recluye. Lamenta las filtraciones de su cumbre con Cristina. Los enemigos internos aprovecharon para actuar en su contra.

“Todos los días nos hacen una opereta distinta”, aseguran. Esos ataques llevan la impronta de La Cámpora. Lo quieren desgastar, según admiten en La Plata. Dos blancos camporistas, entre tantos otros, tienen cargos y apellidos: uno es el del ministro de Seguridad, Sergio Berni (esta semana hubo furia contra él porque lo acusaron de revelar detalles de su pelea a los gritos con Máximo Kirchner) y otro, que está por fuera del radar, el de Julio Alak, el ministro de Justicia y Derechos Humanos.

Un estado de paranoia permanente persigue a algunos de los amigos de Axel. Si antes iban a pocos asados políticos -porque les parece una pérdida de tiempo-, hoy van a menos. Confían en pocas personas y esa sensación se agudiza desde que Insaurralde tomó las riendas del Gabinete. El lomense no llegó hasta allí para pasar inadvertido. Los intendentes más consustanciados con él se entusiasman con un proyecto propio que se nutra de peronistas y relegue a camporistas y kicillofistas. Insaurralde juega fuerte. No por nada algunos de sus pares le dicen “El Chacal”.

“Son las reglas del juego, pero no las compartimos. Nosotros jamás operaríamos contra La Cámpora”, afirman en el entorno de Kicillof. Los embates de la agrupación suelen ser comparados con los que el economista recibía, apenas se arrimó al cristinismo, de parte de Julio De Vido y Guillermo Moreno. No es una comparación que pueda poner feliz a Máximo. De Vido y Moreno, en aquellos años, no soportaban el perfil del por entonces joven economista ni su línea directa con Cristina.

En la Gobernación separan el comportamiento del diputado del de su madre. Hay una grieta profunda ahí que se hace extensiva a Andrés Larroque, el ministro de Desarrollo de la Comunidad que es socio de Máximo. Quienes quieren poco a Kirchner afirman que tiene arranques de celos y que siempre busca marcarle la cancha porque, al menos hasta las primarias, era el elegido para disputar las presidenciales en 2023.

Pese a las dramáticas escenas del Sur y a que algo pareció quebrarse entre ellos, Cristina y Kicillof hablan todos los días. “A lo sumo día por medio”, indican en el Instituto Patria. De esas conversaciones alumbró la salida de Paula Español de la secretaría de Comercio o, si se prefiere ver como realmente fue, la llegada de Roberto Feletti. Español era, para ambos, demasiado blanda. Lo charlaron. Coincidían en que nada bueno podía salir de un diálogo amable con los empresarios alimenticios. Para ellos, los dueños de esas empresas son gente voraz y sin corazón que, además, pretende expulsarlos del poder.

La inflación pone los nervios de punta. Las críticas hacia Martín Guzmán arrecian. Los candidatos en la Provincia recogen cuestionamientos por las subas de los productos de primera necesidad en las zonas pobres del Conurbano. Por eso el congelamiento y la mano dura que promete con Feletti son apoyados sin condicionamientos por Cristina y Axel, aunque eso no ayude a revertir el resultado en las urnas. Los dos dan por perdidas las elecciones. Se conforman con que la oposición no estire la diferencia y con sumar dos senadores adicionales en la Provincia (una banca por la primera sección y otra por la séptima) para que haya un empate en el Senado y que Verónica Magario pueda desempatar.

Los pesares por la situación económica no se agotan en la inflación. El dólar blue cerró la semana a $ 195 y volvió a estirarse la brecha con el oficial, al 96 %. Guzmán y Miguel Angel Pesce, el titular del Banco Central, hablan por teléfono dos veces por día. Una antes de que arranquen los mercados y otra al finalizar. Es una rutina que en los últimos días se vio alterada por una llamada extra, en el medio de la jornada. Se han comprometido a que el dólar paralelo no llegue a la tapa de los diarios con un 2 adelante -aunque más no fuera por un efecto simbólico- antes de las elecciones. Restan tres semanas.

La inflación también eclipsa las conversaciones de la oposición. El economista Hernán Lacunza, el más consultado por Horacio Rodríguez Larreta y, en teoría, el hombre que podría encabezar el ministerio del área en una eventual presidencia del alcalde sostiene que la inflación de 2022 podría escalar al 70 %. Es una aproximación, no un número exacto al que quiera aferrarse. Le ha dicho a Larreta, a modo de resumen, que podría ser del 62, del 70 o del 74 %. Nunca mucho menor. Son cifras estremecedoras y representan el doble de las que proyecta Guzmán.

En sus intercambios con Larreta, a quien acompañó en su recorrido proselitista por Córdoba, Lacunza basa su proyección en la altísima emisión, en el congelamiento de tarifas y del dólar oficial y en el control de precios que impulsa Feletti. Agita, entre otros datos, el siguiente: en los primeros nueve meses de 2021, el agujero fiscal se cubrió en un 60 % con emisión y en un 40 % con deuda; en los tres meses que quedan, el Estado se financiará con 7% de deuda y 93 % de emisión.

Larreta tiene pronósticos similares de otros economistas a los que consulta. Entre ellos, a Carlos Melconian, Martín Lousteau, Luciano Laspina y Alfonso Prat Gay. También charla con profesionales que son críticos de Juntos por el Cambio. Sus nombres se mantienen en reserva. La mayoría sostiene que una inflación tan alta no permitiría pensar en un plan de gradualismo. Sobre lo que no tienen consenso es acerca de si el Gobierno persigue, de verdad, un acuerdo con el FMI.

Alberto Fernández dice que sí. Las últimas noticias que le trajo Guzmán, sin embargo, no fueron las más alentadoras. El acuerdo se demora y podría sufrir nuevas trabas. Hace apenas algunas semanas, el Presidente anunció que estaban “muy cerca” de cerrar trato.

Las negociaciones continúan, pero un sector del cristinismo se endurece y reclama que no haya acuerdo. Alberto suele considerar marginales a esos sectores. Es una lectura posible, solo que Máximo Kirchner coquetea con plegarse a esas voces.

En un video perfectamente editado y difundido en las últimas horas, al diputado se lo ve sonreír frente a la militancia camporista que baila y canta contra el Fondo. La cámara le hace un primer plano a Máximo cuando canta “con el hambre de la gente no se jode nunca más”. Ayer, en Lanús, giró y se jactó de los pagos que en tiempo y forma hicieron sus padres.

Esa ambigüedad para muchos es parte del folclore. Para otros resulta demasiado infantil y exasperante.