Los regalos navideños: algo más que paquetes alrededor del árbol

0
300

  • 2019-12-

Por Milagros Senders. Sentimientos encontrados; los buenos deseos y el compromiso envueltos con el mismo papel brillante.

Lic. en Comunicación Social. Periodista de InfoVeloz.

Como todos los años, está época está marcada por las decoraciones típicas, los encuentros de fin de año, los arreglos familiares del tipo “¿dónde la pasamos?”, “te toca la mesa dulce”, “¿quiénes vienen al final?”,  o “después de las doce paso” entre tantos otros. A estos temas se les suman: los regalos.

Los regalos son solamente un ítem de la ceremonia, que se puede ajustar o evitar en caso de no tener un significado mucho más profundo que el de alimentar el consumo compulsivo.   

En primer lugar, entendamos que “las fiestas” no son -o no deberían ser- de una única manera, si bien responden a una costumbre social ya establecida, cada familia tiene la posibilidad de  “acomodar” el ritual de acuerdo a sus gustos o necesidades.

Varios factores son los que intervienen a la hora de pensar y repensar los regalos; por un lado lo económico, por otro el tiempo; pero también se juegan las ganas, la creatividad y el significado. Si bien el dinero y la dedicación posible son muchas veces los motivos reales del problema, muchas otras también son las excusas perfectas.

Desglosemos los motivos y tratemos de oponerles soluciones.   

Lo económico

Las fiestas se pasan con la familia nuclear; pero a veces también con tíos, primos, familia política y amigos. Entonces, es complicado definir a quienes y qué regalar. “Somos muchos”, “está todo muy caro”, “no me alcanza”. Una posible solución es jugar al famoso “amigo invisible” entre los adultos, definiendo un mínimo y un máximo a invertir. De esta manera se hace un único presente si se trata de un grupo compuesto solo por adultos; o se suma solo uno o a los regalos de los niños. Nadie se queda sin regalo, y todos reciben algo de similar valor, mejor dicho, precio. También se puede optar por no regalarse entre adultos, y dejar a los niños como los únicos homenajeados. O bien, que cada adulto tenga asignado el regalo de un niño. Estas ideas responden a pensamientos tales como “prefiero comprar un regalo bueno que varias cositas”. Habría que definir “bueno”, y entender que no pasa por una inversión económica.

 El tiempo

Gente abarrotada en centros comerciales, negocios ofreciendo cuotas y descuentos, mayoristas y cadenas de jugueterías envolviendo paquetes en tiempo record, shoppings rozagantes de ventas, tarjetas de crédito explotadas, y entidades bancarias felices. La semana anterior a la Navidad, empieza el caos y se incrementa hasta el mismísimo 24 de diciembre. También lo trasciende, porque quedan los regalos pendientes de aquellos a quienes veremos en Año Nuevo. Todos conocemos la fecha desde que tenemos uso de razón, pero lo dejamos para último momento. Quizás no todos, pero sí una notable mayoría. Es verdad que diciembre llega con eventos y cansancio; los exámenes, las reuniones, las juntadas, las entregas, los cierres, balances y la planificación de las vacaciones. Es difícil. Quizás una posible solución sea organizarse unas semanas antes, armando una lista de personas con posibles regalos, dividiendo las compras en varios días según conveniencia y adelantándose en lo posible a la locura de los últimos días. Otra idea es “asociarse” con un familiar o amigo y dividirse la gestión de los regalos por estilo o por rubro.

 Las ganas

Las cosas como son: así como existen personas a las que les encanta regalar, otras detestan realizar la misma acción. Es probable que no lo declaren en público, o al menos no con estas palabras. Dirán “no entiendo para qué gastar tanto en regalos”, “tienen de todo, no sé qué regalarles”, “es difícil, nunca le pego”. Quizás la sinceridad no sería una buena opción, porque la sociedad no es tan amiga de escuchar estas verdades, y las fiestas no son el momento ideal para pretender iniciar un cambio. En este caso, delegar dicha acción, es un camino viable. Quien no se sintiera feliz o cómodo eligiendo los presentes, puede pedirle a alguien cercano que lo resuelva en su lugar. Y estaría bien que pudiera exponer su decisión frente al resto (exceptuando a los niños que creen en el señor de barba y trineo), sin sentirse cuestionado o juzgado.

Lo obvio, pero no tan evidente

Para todos estos motivos que empañan la noble (o así debería serlo) acción de regalar, de pensar un presente para alguien querido; existen dos soluciones “paraguas”: poner en marcha la creatividad y reflexionar sobre el significado. La creatividad es un aliado indispensable para hacer muchos regalos sin gastar una fortuna, ni estar días y días de local en local. ¿Quién dijo que hay que regalar cosas compradas de determinado precio? Siempre hay más alternativas;  quien compra presentes sencillos y útiles como alguna hebilla, lapicera o cucharita de madera (todavía la tengo y la uso a diario); o lo resuelve con sus propias manos: cocina algo rico, lo divide en porciones y lo entrega en paquetes simpáticos; pinta tarjetas personalizadas o macetas divinas; escribe cuentos, canciones o poesías; borda prendedores o hace pulseritas. El ingenio se agradece, lo artesanal se sabe único, sorprende y cumple sobremanera con el cometido.      

La creatividad surge cuando retomamos el verdadero significado del regalo, y sobre todo, del regalo navideño. Se trata de una reunión en la que se come (generalmente comidas de invierno cargadas de calorías y pensadas para el hemisferio norte), se comparten charlas, se repiten porciones, se discute, se ríe y/o se llora, quizás se baile o se cuenten las mismas anécdotas que el año anterior, o tal vez haya que apurarse porque se vienen las doce y “hay que poner los regalos sin que se den cuenta”, y con las copas llenas, se brinda, se abraza; y lenta o rápidamente (según la familia) se empiezan a repartir los regalos que yacen al pie del arbolito. Sacado de contexto, no tiene sentido. Lo que hace sentido es que todos los presentes creen en algo y comparten la acción. Recordemos que la Navidad como tal es una fiesta religiosa que refiere al nacimiento del Niño Jesús, y los obsequios forman parte de esta celebración. Es verdad que la costumbre de intercambiar regalos en esta fecha es más antigua todavía, ya que con el solsticio de invierno los paganos lo hacían como deseo de buen augurio para el comienzo de la nueva época de cosecha. Ambos orígenes hablan de lo colectivo, los buenos deseos y la alegría compartida.    

Correrse de las excusas es pensar en el otro, es salirse del “no sé qué regalarle” o enfrentarse con el propio egoísmo, que no pasa por la cantidad de billetes encima, sino por la capacidad de mirar al otro, dedicarle tiempo y disfrutar del agasajo.

No importa el precio del regalo, tampoco el tamaño del paquete; en el fondo lo sabemos: lo que se regala no está dentro de la caja ni de la bolsa, lo que se regala es el tiempo y la dedicación, y eso no tiene descuento ni cuotas sin interés, sino (así suene cursi) corazón. Que “noche de paz, noche de amor” no quede solamente en un slogan de letras rojas y verdes, seamos sensibles, coherentes y generosos.