martes, septiembre 29

¿Quién mandó a matar a Fabián Gutiérrez?

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Nota extraída de Clarín por Héctor Gambini

Los investigadores buscan pistas sobre un autor intelectual del crimen de Fabián Gutiérrez, exsecretario de Cristina Kirchner.

A veces los crímenes son lo que parecen. A veces, no tanto. Cuarenta días después del asesinato de Fabián Gutiérrez -el ex secretario de Cristina Kirchner-, los investigadores siguen pistas de un cuarto asesino y de un posible autor intelectual.

Por el caso están detenidos y procesados tres jóvenes. El primero, Facundo Zaeta, es nieto de un escribano de Néstor y Cristina Kirchner y fue quien sedujo a Gutiérrez para el encuentro íntimo que en realidad fue una emboscada. El segundo es Pedro Monzón, un yudoca que llegó al lugar “invitado” por el tercer acusado, Facundo Gómez. Este es el personaje donde ahora confluyen diferentes pistas.

Gómez es nieto de un ex intendente de El Calafate, primo del intendente actual e hijo del dueño de una agencia de autos que, se sospecha, habría dado un salto de calidad con dinero en efectivo presuntamente “inyectado” por Fabián Gutiérrez. Él les había dicho a sus amigos más cercanos que actualmente se estaba dedicando a la compra y venta de autos.

Los investigadores buscan 11 camionetas RAM que habrían pasado por esa agencia en los últimos meses junto a una camioneta BMW X5 y un Mercedes Benz. La venta de esos vehículos equivale a 600.000 dólares cash que bien pudo haber sido el “tesoro” escondido que buscaban los asesinos.

Gómez tiene tres particularidades más: sus cómplices declararon que él “entró directamente a matar” a Gutiérrez; que fue quien, ya preso, le pasó papelitos a Monzón para intentar manipularlo acerca de lo que iban a declarar; y, lo último, un estudio de geolocalización de su celular que lo ubica fuera de El Calafate inmediatamente después del asesinato.

Según ese estudio -hecho en la oficina de Delitos Complejos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación- Gómez salió de El Calafate a la una de la madrugada, dobló hacia el norte en dirección a El Chaltén y se detuvo en un paraje desolado llamado Charles Fuhr, a 35 kilómetros de la ciudad. Un lugar donde sólo hay nieve y estepa patagónica, a excepción de una vieja hostería abandonada.

Estuvo allí alrededor de dos horas, recibió cuatro llamadas de Monzón (1.08, 1.10, 1.15 y 2.18), se comunicó con otros números aún no identificados y volvió a El Calafate.

Hay tres hipótesis para este extraño movimiento después de torturar y asesinar a Gutiérrez: que fue hasta allí para encontrarse con alguien, que lo hizo para esconder o buscar algo escondido, o ambas cosas.

La hipótesis de un simple asalto planeado por un chico al que luego se sumaron otros dos, en un hecho que terminó mal porque “se fue de las manos” parece enfriarse con el correr de los días.

Si Gutiérrez seguía con operaciones de lavado de dinero y si aún conservaba una gran cantidad de efectivo en negro -como sospecha la justicia federal, que ya le pidió informes al juez de El Calafate-, fuentes del caso creen que, más que ir a ver si había un botín, la operación asalto fue directamente para ver dónde lo escondía.

O quizá el botín ya estaba en manos del autor intelectual -que se quedó con la venta de las camionetas sin devolverle su parte a Gutiérrez- y todo fue una puesta en escena para simular que buscaban lo que ya tenían. Muerto Gutiérrez, ¿quién reclamaría esa plata negra? Mientras torturaban a la víctima, los tres jóvenes se comunicaban con el exterior. Dos de ellos, ese mismo día del ataque, recibieron llamadas de una misma persona, como si alguien los estuviera coordinando.

El juez les preguntó varias veces a los jóvenes detenidos por Marcelo, un hombre dedicado al negocio de los autos en Santa Cruz que usaba el mismo nombre de pila pero diferentes apellidos.

Es imposible considerar a Gutiérrez una víctima común porque no lo es. Y es insólito que haya quedado librado a su suerte tras declarar contra Cristina en la causa de los cuadernos de la corrupción, después de que se le computaran 36 propiedades, 35 autos y tres embarcaciones a su nombre.

Un detalle inquietante es que, tras el crimen, el iPhone de Gutiérrez llegó para ser analizado en las oficinas porteñas de Gendarmería en un sobre roto, según consigna el acta que hizo la propia fuerza. Los celulares de los imputados, en cambio, se recibieron con los protocolos de custodia adecuados.

¿Y el cuarto asesino? Pudo moverse en la escena del crimen detrás de los jóvenes detenidos. Al juez del caso aún le llama la atención que sólo dos de ellos pudieran manipular y enterrar un cuerpo de 90 kilos en un terreno duro y congelado sobre el que es casi imposible cavar a mano.

¿Por dónde más se movieron los sospechosos que falta identificar? Durante la reconstrucción del hecho, uno de los abogados vio que dentro de la casa de Gutiérrez había un cofre forrado en cuero de iguana que tres testigos dijeron haber visto antes arriba de la camioneta donde los asesinos llevaron el cadáver.

Es una caja grande, donde 600.000 dólares se podrían guardar perfectamente.