martes, abril 16

Restauran con comunidades locales de Salta el esplendor incaico del Qhapaq Ñan

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Trabajos de restauración en el sitio arqueológico de Tastil.  

Un patrimonio mundial que tiene en los Valles Calchaquíes, la Quebrada del Toro y la Puna invaluables tesoros ancestrales.

En los últimos cinco años, con intervenciones interdisciplinarias y una activa participación de comunidades locales, se restauraron en la Quebrada del Toro y los Valles Calchaquíes tramos de caminos incaicos e infraestructuras edilicias asociadas al Qhapaq Ñan, sistema vial que en la América precolombina llegó a integrar a una diversidad excepcional de paisajes y culturas con una magistral ingeniería que vinculó altas cumbres y vastos desiertos con áreas costeras, valles fértiles y bosques tropicales.

Parte de ese legado ancestral, que en 2014 la UNESCO declaró patrimonio mundial compartido por seis países sudamericanos, es Tastil, que era en tiempos prehispánicos un importante centro de intercambios del Collasuyu. Allí se reintegraron más de 70 estructuras pircadas, se rellenaron cárcavas que hacían peligrar la integridad de los antiguos muros y se logró realizar, por primera vez, un plano detallado del sitio arqueológico con el empleo de drones.

Por otra parte, se restauraron 25 kilómetros de caminos incaicos entre Tastil y Las Capillas, siendo también esta la primera intervención en su tipo en Argentina.

En los Valles Calchaquíes el mayor trabajo de restauración se realizó en el sitio Potrero de Payogasta. También se concretaron intervenciones de conservación en Los Graneros de La Poma y en el sitio Las Peras Sauzalito, donde hay diques prehispánicos, caminos incas y un complejo sistema de terrazas de cultivo y canales de riego.

Trabajos en el camino incaico que une Tastil y Las Capillas.

Intercambio de saberes

El antropólogo salteño Christian Vitry, doctor en arqueología que dirigió los trabajos junto a la peruana Amelia Pérez Trujillo, especialista en técnicas constructivas prehispánicas, remarcó que los trabajos de conservación y restauración ejecutados en diferentes sitios arqueológicos de la provincia son únicos en el país y en el resto de las naciones que comparten el Qhapaq Ñan, porque «fueron las propias comunidades, a través de unidades de gestión local, quienes eligieron a las personas que trabajarían y se capacitarían en técnicas constructivas prehispánicas. Nosotros consideramos a esta actividad un intercambio de saberes, ya que las personas de las comunidades saben pircar y hacer construcciones de barro y paja con técnicas ancestrales. Nosotros no, pero les aportamos el conocimiento arqueológico y patrimonial con el que las intervenciones se desarrollan bajo los cánones internacionales de la restauración», explicó.

Otra vista del camino incaico a Las Capillas. 

Vitry, quien centró su tesis doctoral en los ancestrales caminos incas, fue uno de los especialistas sudamericanos que empezaron a trabajar en 2001 en las bases de la postulación por la que el Qhapaq Ñan es desde junio de 2014, y por primera vez en la historia de la UNESCO, un bien compartido y administrado por seis países: Perú, Ecuador, Colombia, Bolivia, Chile y Argentina.

El sitio arqueológico Potrero de Payogasta. 

El docente e investigador de la UNSa, que hasta 2022 dirigió el Programa Qhapaq Ñan y se desempeña actualmente como director general de Preservación e Investigación en la Secretaría de Cultura de la Provincia, recalcó que Salta es, entre las siete provincias argentinas incluidas en la declaración de la UNESCO, la que más Unidades de Gestión Local (UGL) tiene. Son cuatro: la de la Tastil, la de La Poma-El Rodeo, la de Potrero de Payogasta y la de Tolar Grande. El resto de las jurisdicciones tiene solo una.

Esas UGL se articulan con la Unidad de Gestión Provincial (UGP) que está conformada con representantes de diferentes ministerios ante los cuales las comunidades locales plantean diversas problemáticas. Estas, aclaró, «no solamente se relacionan con el patrimonio, sino también con otras carencias históricas. No podemos hablar ni preservar el patrimonio cultural si no están resueltas cuestiones básicas, como el agua, la conectividad y las infraestructuras sanitarias», puntualizó Vitry.

Una vista de las intervenciones restaurativas en el sitio Potrero de Payogasta. 

En los ojos del mundo

«El sistema vial andino es la evidencia arqueológica más grande de América en cuanto a extensión, pues son miles de kilómetros de caminos que en definitiva son sitios arqueológicos alargados en un espacio con gran diversidad de pisos ecológicos», añadió, e hizo notar que los ojos del mundo están puestos en el Qhapaq Ñan, ya que en cierta forma se trata de un «experimento patrimonial» cuya gestión, sin precedentes, «se va construyendo cotidianamente con nuestra experiencia», afirmó.

En este punto, el arqueólogo salteño precisó que «Argentina es el único país que tiene un sistema participativo». De hecho, se creó una Mesa Indígena del Qhapaq Ñan, que en este momento está presidida por Claudia Herrera, de la comunidad huarpe del norte de Mendoza, y Manolo Copa, de la comunidad de La Quesera de Tastil.

Trabajos de reintegración de muros en Potrero de Payogasta.

Vitry aseguró que los trabajos de conservación y restauración concretados desde 2018 no habrían sido posibles sin el compromiso de un «gran equipo de profesionales, instituciones y políticos que supieron entender la importancia de este proyecto que, en términos generales, no suele ser comprendido por el grueso de la sociedad». Entre ellos mencionó al magíster Diego Sberna, exdirector del Museo Arqueológico de Cachi, quien asumió este año como nuevo director del Programa Qhapaq Ñan de Salta.

También resaltó que al frente de las capacitaciones brindadas a referentes de las comunidades estuvieron profesionales salteños como la antropóloga Claudia Subelza, el Ingeniero Hugo Orce, el geólogo Alfredo Donaire, su par Carlos Bustamante y el geomático Federico Viveros, además de él y Trujillo.

Señaló que fueron capacitadas 30 personas de la Quebrada del Toro y el Valle Calchaquí. Destacó, finalmente, que los principales gestores en el ámbito político fueron Diego Ashur Mas y Mario Lazarovich.

«La obra tecnológica más importante de tiempos prehispánicos»

El Camino del Inca ingresa a territorio argentino por la Puna jujeña

El sistema vial andino, con su colosal red de caminera, llegó a tener una longitud total de alrededor de 40.000 kilómetros en los actuales territorios de Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia, Chile y Argentina. En nuestro país, se registraron hasta el momento más de 500 kilómetros en Salta y otros 2.500 en las provincias de Jujuy, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan y Mendoza.

Christian Vitry resaltó que el Qhapaq Ñan («camino principal», en legua quechua) es «la obra tecnológica más importante de tiempos prehispánicos, no solo por la majestuosidad de la infraestructura que se desplegó en la extrema y accidentada geografía de la cordillera de los Andes, sino también por la funcionalidad con la que integró a poblados y grupos étnicos con distintos idiomas, costumbres y culturas en lo que los incas llamaron Tawantinsuyu». El arqueólogo salteño se refirió en esos términos al imperio que mayor extensión y diversidad cultural llegó a tener en la América precolombina en el siglo XV.

Vitry recordó que muchos de los tramos del Qhapaq Ñan existían desde épocas anteriores a las del apogeo del imperio de las cuatro regiones. «Eran los caminos de los diaguitas, chichas, atacamas, aimaras, de la nación colla. Los incas los consolidaron con modificaciones técnicas y los articularon en base a un nuevo esquema geopolítico y de logística estatal», subrayó.

Una sección del Camino del Inca en el corazón de los Valles Calchaquíes. 

Un imperio con cuatro regiones

La sede del poder político, social y económico del Tawantinsuyu era Cusco, ciudad del sureste peruano que cada año mueve unos 30 millones de viajes internos en ese país y es visitada por más de 2,5 millones de turistas de todo el mundo. Rendidos a los encantos de la Ciudad Imperial y de otra de las maravillas del mundo incaico, Machu Pichu, pocos advierten que desde la actual Plaza de Armas de Cusco, hace cinco siglos, las vías medulares del Qhapaq Ñan se desprendían hacia los confines de las cuatro regiones del Tawantinsuyu.

Al noroeste, Chinchaysuyu comprendía una buena parte del actual territorio de Perú, Ecuador y una porción de Colombia. Con valles abiertos, profundos cañones, mesetas elevadas, valles costeros y desiertos, era la principal región agrícola del imperio.

Al noreste, Antisuyu se extendía desde las altas nacientes del Amazonas hacia las profundidades de las yungas y la selva tropical. Con abundantes recursos naturales, proporcionaba hojas de coca, plantas medicinales, plumas de aves exóticas y oro.

Al oeste, Contisuyu, el más pequeño de los distritos, combinaba áreas costeras con un relieve de imponentes picos, volcanes y desfiladeros. Suministraba importantes recursos marinos.

Collasuyu, la región más austral y extensa del Tawantinsuyu, abarcaba el sur de Perú y parte de Bolivia, Chile y Argentina hasta Mendoza. Su vasta puna ofrecía condiciones ideales para la cría de llamas y alpacas. También era una fuerte proveedora de oro, plata, cobre, sal y papas.

Un sector de escalinatas del  Qhapaq Ñan.

Magníficas infraestructuras

A los caminos incas se los compara en tiempos actuales con las calzadas del Imperio Romano. «Son las grandes vialidades de la humanidad», resaltó Vitry. Con trazados lineales en llanuras y en zigzag en montañas, las vías del Qhapaq Ñan tenían anchos constantes, escalinatas, puentes, sistemas de desagüe, muros de contención y otras obras de arte.

La extensa red vial del Tawantinsuyu se consolidó con una singular infraestructura asociada que incluía mojones, apachetas, chasquiwasis, tampus (tambos), centros administrativos y puestos de observación, control y otra finalidades.

Las chasquiwasis (casas de los chasquis) eran edificaciones que cumplían una función estratégica en las comunicaciones del Imperio Incaico . Los corredores (chasquis) se movían a toda velocidad entre postas que estaban distanciadas cada tres a ocho kilómetros, inclusive, dependiendo de las pendientes y elevación de los terrenos que los mensajeros debían atravesar con intensos ritmos de marcha.

Había también una infraestructura edilicia relacionada con el tránsito de personas, el transporte de cargas y la distribución de tributos. En este caso la distancia que las llamas cargadas podían cubrir en una jornada era el parámetro para el emplazamiento de los tambos, recintos de almacenaje que se disponían cada 15 a 25 kilómetros, tanto en función de la topografía como de la disponibilidad de agua y pastaje.

Un imponente marco de la red vial incaica. 

Mojones y apachetas

En el Tawantinsuyu las tierras se amojonaban para marcar los límites y las responsabilidades de los distintos grupos que tributaban al Inca. «A veces suelen confundirse los mojones con las apachetas. Ambas se levantaban con piedras, pero los mojones eran construcciones fijas, mientras que las apachetas, de forma mucho más cónica, eran estructuras de culto que crecían en tamaño a medida en que los caminantes les colocaban piedras junto a diferentes ofrendas», explicó el antropólogo de la UNSa.

Las apachetas se erigían por lo general en las abras y pasos montañosos, donde los caminantes agradecían y pedían permiso a los apus (espíritus protectores). «La apacheta del Acay, con cerca de cinco metros de altura y alrededor de diez de diámetro, es una de las más grandes de todo el espacio andino», resaltó Vitry.

Centros administrativos

Los centros administrativos se ubicaban cada 100 a 150 kilómetros, distancias que demandaban entre cuatro a siete días de viaje en los trayectos más dificultosos. Estaban conformados con diferentes estructuras edilicias. Tenían kallancas (galpones con techos a dos aguas), ushnus (plataformas sobreelevadas), kanchas (habitaciones con patio y muro perimetral externo), collcas (silos o depósitos tanto circulares como cuadrangulares) y aucaypatas (plazas).

«El de Potrero de Payogasta es uno de los pocos centros administrativos incaicos que están en buen estado de conservación en el noroeste argentino», destacó Vitry, tras precisar que en el actual territorio de Salta, en el siglo XV, había dos capitales: Chicoana y QuireQuire (Tolombón).

Camino del Inca, un legado de identidad y pertenencia

El Camino del Inca zigzaguea hasta el santuario indígena más alto del mundo en la cumbre del Llullaillaco. 

El Qhapaq Ñan fue reconocido en junio de 2014 por la UNESCO como testimonio único y excepcional de la civilización inca, así como de la integración cultural en una amplia superficie de Sudamérica y del conjunto tecnológico que se utilizó para su construcción. Por este motivo fue inscripto en la lista de Patrimonio Mundial bajo la categoría de «bien transnacional seriado» y en calidad de Itinerario Cultural.

El Camino del Inca o Camino de los Antiguos, como también se lo suele llamar, es además un patrimonio vivo que refleja una cosmovisión única en el mundo, basada en los principios de reciprocidad, redistribución y dualidad, y que le sigue otorgando en estos días sentido de identidad y pertenencia a las comunidades locales.

Como patrimonio ancestral, la red muestra miles de años de evolución cultural y era un símbolo omnipresente del poder y de la extensión del Imperio Inca a lo largo de los Andes. Los caminos principales, que partían desde Cusco, estaban conectados con otras redes viales de menor jerarquía.

Hoy este itinerario cultural transnacional está integrado por 137 segmentos y 308 sitios arqueológicos asociados, entre los que el complejo ceremonial del volcán Llullaillaco, que se eleva hasta los 6.739 metros sobre el nivel del mar, es el de mayor altitud en todo el planeta.

En Argentina, el camino ingresa desde Bolivia por el pequeño poblado de Calahoyo (en la Puna) y a través de desiertos, valles y montañas une los territorios que hoy componen las provincias de Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan y Mendoza; todas trabajan en conjunto bajo la coordinación técnica federal del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (INAPL).

Miembros de una de las unidades de gestión local en el acceso al sitio Graneros de La Poma.

Tecnología incaica

La anexión al imperio Incaico se basó en la integración de los conocimientos ancestrales y las especificidades de comunidades y culturas andinas más antiguas, que pasaban a formar parte de su sistema de organización estatal.

Valiosos recursos y bienes eran intercambiados a lo largo de la red, como metales preciosos, mullu (conchas Spondylus), alimentos, provisiones militares, plumas, madera, coca y textiles que eran transportados de su área de recolección, producción o manufactura, a los diferentes centros incaicos y a la misma capital.

El Qhapaq Ñan es también un ejemplo excepcional de un conjunto tecnológico que, a pesar de las extremas dificultades de las condiciones geográficas, estableció un sistema de comunicación y de intercambio con el uso de habilidades arquitectónicas y de ingeniería novedosas en ámbitos rurales y remotos.

Por su gran escala y la calidad del camino, es un logro único de las capacidades de ingeniería que muestra un gran dominio de las tecnologías de construcción de caminos, puentes, escaleras, acequias y calzadas empedradas en el variado y complejo paisaje andino.

La plaza del antiguo centro administrativo de Potrero de Payogasta luego de su reconstrucción. 

La cosmovisión andina

El Qhapaq Ñan tiene influencia sobre las comunidades andinas hasta el día de hoy, particularmente en relación con la organización del tejido social y las filosofías culturales que dan significado a las relaciones entre las personas y la tierra.

Muchas comunidades siguen transitando estos caminos, siendo los principales custodios de los componentes de esta vasta red de comunicación ancestral, y siguen transmitiendo de generación en generación las prácticas y tradiciones culturales, incluso el idioma, que están a la base de la cosmovisión andina. La naturaleza o la Pachamama, la madre tierra, tienen un valor central en el modo andino de entender el mundo, que está reflejado en el concepto de «Suma amaña», el «buen vivir». Desde una concepción animista, esta mirada indígena del desarrollo se basa en una relación armónica y respetuosa del ser humano con naturaleza, en el respeto por la memoria colectiva contenida en la sabiduría de los adultos y el equilibrio entre el individuo y lo social.

Todos estos conceptos fueron rescatados de uno de los tantos trabajos publicados por Christian Vitry: «Los ancestrales caminos incas como patrimonio de la humanidad. El Proyecto Qhapaq Ñan, Sistema Vial Andino».

f: El Tribuno