sábado, julio 20

Se abre la Caja de Pandora

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Nota extraída de Clarín por Eduardo Van deer Kooy

Con el dramático broche de violencia y muertes por la inseguridad, el Gobierno juega su supervivencia en las PASO. La oposición necesita recuperar confianza popular para regresar al poder.

Massa. En las PASO se desató una cruenta pelea entre dos bandos del oficialismo.

Massa. En las PASO se desató una cruenta pelea entre dos bandos del oficialismo. 12/08/2023 20:31

Resulta dramáticamente probable que después de las elecciones de este domingo el crimen brutal de la nena Morena Domínguez en Lanús, primer cordón del Conurbano, pase a integrar la incontable nómina de evocaciones por difuntos que tiene la sociedad argentina. También, junto al cirujano acribillado en Morón o al profesor en Guernica. Una manera legítima y entendible de procesar el dolor. Señal también, a lo mejor, del acostumbramiento o la resignación frente a la esterilidad para transformar ese y otros planos de la decadente realidad.

Aquel presagio, que ojalá nunca se cumpla, está apuntalado por la historia. Basta recordar un caso sucedido en abril. El asesinato del colectivero Daniel Barrientos que produjo una profunda conmoción. Con un paro general de transporte. También una brutal golpiza de militantes de la UTA contra Sergio Berni. Sobraron los dirigentes que proclamaron la necesidad de un “nunca más”. Los delitos violentos continúan a diario.

La ONG Defendamos Buenos Aires difundió un informe hace semanas en el cual consigna que en lo transcurrido del 2023 se produjeron en el Conurbano 1.800 entraderas en domicilios, con 28 víctimas fatales. Amén de 1.600 robos de chicos camino a la escuela. Como le sucedió fatalmente a Morena. Menciona además la proliferación de usurpaciones de casas, terrenos, galpones, departamentos y locales comerciales.

El asesinato de Barrientos, el colectivero, se produjo hace apenas cuatro meses. Parece arrumbado en un archivo. Ocurrió en La Matanza que, según datos de la Procuración bonaerense, a cargo de Julio Conte Grand, fue en 2022 el distrito con mayor cantidad de homicidios. Allí donde la batalla política-electoral constituye un enorme telón que pretende taparlo todo.

Se trata de un enclave crucial para el peronismo kirchnerista que ha tenido un solo signo político en el timón desde el regreso de la democracia en 1983. Para las PASO se desató una cruenta pelea entre dos bandos del oficialismo. Uno, representado por el intendente Fernando Espinoza, respaldado por Cristina Fernández. El otro, encabezado por la diputada provincial Patricia Cubría, que responde al Movimiento Evita, cuyo jefe es Emilio Pérsico, funcionario del Ministerio de Desarrollo Social. La fiereza impidió a Sergio Massa recorrer el distrito. Juan Grabois, el retador, pudo hacer una fugaz aparición.

El desenfreno tuvo otros registros. Las tesorerías de dos clubes de la jurisdicción fueron saqueadas en las últimas semanas. Ese dinero estaría siendo utilizado para la contratación de remises encargados de llevar este domingo a la gente a votar. Es la preocupación central de la dirigencia en el territorio donde se asesinan a más personas.

La disociación entre los problemas acuciantes y la dirigencia política parece moneda común. El único reflejo no radica en La Matanza. La decisión de cancelar las campañas, oficialistas y opositoras, después del crimen de Morena podría tener una doble interpretación. Un gesto de mínimo pudor ante el horror. La imposibilidad, por otra parte, de saber qué plantear, más allá de los recursos discursivos, para hacer frente al delito que crece, se multiplica en violencia y diversifica. Rosario suele estar en el eje del debate por la actividad descontrolada de los narcos. El delito, la droga y la muerte es una combinación que también castiga a Buenos Aires. La descripción puede ampliarse a muchas provincias del país.

Berni no parece un ministro de Seguridad eficiente. Aunque a veces es un descarnado relator. Muta de funcionario en periodista. Valió la pena escucharlo, a propósito del crimen de Morena, al pormenorizar las condiciones en que viven cientos de miles de personas en Buenos Aires. Sintetizó que las cámaras de vigilancia o los patrulleros muchas veces carecen de sentido preventivo porque los delincuentes actúan bajo los efectos de drogas desquiciantes. Matan para robar y ni piensan que pueden morir.

La anomalía emerge entonces en toda su dimensión. El responsable político de aquel drama desde hace muchos años en Buenos Aires y el país –fue también ministro de Cristina Fernández- habla casi con ajenidad. Como Aníbal Fernández, el ministro de Seguridad de la Nación, que se llamó a silencio “porque no se trata de un tema de mi jurisdicción”. El mismo que decidió no intervenir en los cortes de rutas en Jujuy. Que retaceó la ayuda que Rosario clamaba. O dejó entrever los incidentes con un muerto en el Obelisco.

En la ciudad de Roberto Fontanarrosa y Lionel Messi, entre un sinfín de celebridades, ocurrió hace semanas un episodio que la centralidad política nacional se devoró. Durante un homenaje al ex futbolista Maxi Rodríguez fue desplegada en una tribuna del estadio de Newell’s una bandera gigantesca de reivindicación de tres líderes de la banda narco Los Monos, que están presos y condenados.

La maniobra fue orquestada entre las cárceles de Ezeiza y Rawson. Sin obstáculos. La confección del trapo se realizó en un taller de Buenos Aires durante 12 días. Fue trasladada a Rosario en un camión. En la jornada del festejo estuvieron en el palco oficial el gobernador Omar Perotti y dos fiscales que suelen intervenir en causas de los narcos. La inteligencia previa no existió. Se adoptaron medidas de investigación tres días después de la fiesta. El único fallo, del camarista Javier Beltramone, estableció que el episodio no había constituido un acto de intimidación pública.

Esa realidad puede ser apenas una síntesis minúscula del grado de desarticulación política, institucional y social imperante en la Argentina. Existe otra evidencia que alucina. Ha ingresado en su último semestre un gobierno cuya descripción gruesa sería la siguiente: Alberto Fernández dejó de ser presidente hace rato. Por un golpe de palacio, según el giro de Grabois para aludir a la candidatura boicoteada de Eduardo De Pedro. Organiza ahora una excursión de despedida. La vicepresidenta, líder de la coalición, prefirió replegarse en la campaña para dedicarse sólo a sus temas judiciales por corrupción. Massa quedó como el centro de gravedad del poder. Es candidato y ministro de Economía. Con una inflación del 120%, una pobreza creciente y una asfixia financiera que lo indujo a mendigar fondos en Qatar para pagar vencimientos del Fondo Monetario Internacional (FMI), que recién promete hacer un desembolso luego de las PASO. Por menos que eso se derrumbó (o derrumbaron) a Fernando de la Rúa.

Con una crisis de semejante magnitud la dirigencia política se dio el lujo de consumir el año desplegando un obsceno calendario electoral. La primera elección ocurrió en febrero en La Pampa. La última podría ser el balotaje de noviembre. En el medio sucedieron votaciones todos los meses porque la mayoría de los gobernadores prefirió apartarse de la gestión nacional y del conflicto entre Alberto y Cristina. Los cordobeses, por ejemplo, pueden llegar a votar cinco veces si existe segunda vuelta presidencial. En Santa Cruz, en simultáneo con las PASO, será la elección a gobernador. Pero se dejó para el 22 de octubre el sufragio de intendentes y concejales. La dispersión fue tan grande que solo cuatro distritos votan simultáneamente en las fechas establecidas: Buenos Aires, Ciudad, Catamarca y Entre Ríos.

Ese laboratorio sucede en medio de un decaimiento del sistema político sostenido hasta ahora por dos grandes coaliciones. Habrá que observar hasta dónde se estira la novedad de Javier Milei. Unión por la Patria, el último engendro kirchnerista, está quebrado. Ni siquiera la posibilidad de una victoria podría regenerarlo. Juntos por el Cambio se ha conservado sólo por su necesidad de resistir. Pero las diferencias entre los dos grandes postulantes, Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich, han trepado tanto que siembran demasiadas dudas alrededor de su regreso al poder. Más importante que eso: a la capacidad de ensamble y gestión, cualquiera sea el que se imponga, para hacer frente a una crisis estructural y dramática.

Otros fantasmas tampoco pueden resultar soslayados. Se advierten en la región –la excepción sería Uruguay- señales de un deterioro veloz de la gobernabilidad. El caso de Ecuador estremece. Su presidente, Guillermo Lasso, debió anticipar las elecciones para la próxima semana bajo riesgo de un juicio político. El miércoles, en plena campaña, fue asesinado el candidato Fernando Villavicencio, opositor y denunciante de Rafael Correa. Resultó ejecutado por sicarios. En Colombia, Gustavo Petro cumplió su primer año envuelto por el escándalo de lavado de dinero de su hijo mayor, Nicolás. Se derrumba en popularidad. En Chile, Gabriel Boric perdió dos elecciones en un año y medio. Tampoco sale a flote. Perú es un país con una virtual acefalía de poder político después de la caída de Pedro Castillo y la entronización de su vice, Dina Boluarte.

Esas dificultades suelen tener los disparadores similares. La defección de los dirigentes y una insatisfacción popular que en esta época no acostumbra a conocer de paciencias. Por esa razón, los poderes se licúan con tanta velocidad. El diagnóstico también cuadraría en la Argentina. Los síntomas detectados aquí por las consultoras de opinión pública son el desánimo, la apatía, el desinterés. Un consultor brindó un detalle asombroso: sobre un puñado de diez consultados el último viernes, tres aún no conocían con precisión a los candidatos.

Sobre ese paisaje caen los interrogantes. ¿Permanecerá la alta abstención registrada hasta ahora en las elecciones realizadas? Si es así, ¿qué grado de representación real tendrán los triunfadores? ¿Habrá una orientación nítida hacia octubre? ¿O se conservarán los enigmas otros dos meses navegando la gran crisis?

Las respuestas alumbrarán, tal vez, cuando hoy se abra La Caja de Pandora.