lunes, junio 17

Una descripción feroz de la cultura de algunos pueblos

0
140

Nota extraída de The Post Arentina por Carlos Mira

La imagen cambia y da paso a las calles de Caracas en donde decenas de personas se pelean por juntar sobras de la basura

En el film aparece Nicolás Maduro, sentado a una mesa y dispuesto a compartir una comida con otros invitados.

Está vestido de riguroso traje negro, camisa blanca y corbata oscura. A su lado hay una mujer rubia.

En la cabecera de la mesa un cocinero experto termina de dar los últimos toques maestros a lo que parece ser un exquisito cordero asado.

Corta las costeletas a la perfección y se nota que su punto de cocción es exacto. El lugar aparece ambientado con una música tranquila y otros mozos están en la cercanía siempre atentos al momento de servir.

La imagen cambia y da paso a las calles de Caracas en donde decenas de personas se pelean por juntar sobras de la basura.

Todas están apenas vestidas con harapos y juntan también lo que pueden del piso.

La escena vuelve a la velada de Maduro y ahora el presidente de la República Bolivariana Socialista del Siglo XXI de Venezuela aparece en la misma mesa fumando un habano mientras muestra una remera que le acaban de regalar. El asador, mientras tanto, sigue dándole nuevos cortes al exquisito cordero.

El film ahora va a un hospital de Maracaibo en donde se ve a un niño en avanzado estado de desnutrición y a un médico que explica las carencias proteicas y de vitaminas que ha tenido el pequeño desde que nació.

Luego se ven tres envoltorios en donde yacen los restos de bebés que murieron de hambre.

Las imágenes vuelven a la bucólica velada del presidente. Maduro se ha puesto unos lentes para ver mejor el trabajo del asador que está abocado solo a servirlo.

Mientras, en las calles, un grupo de personas junta con los brazos lo que parecen ser sobras de comida en la culata de un camión. La escena vuelve una vez más con la imagen de niños muy cabezones y de cuerpos diminutos con las costillas marcadas como las que uno veía en los documentales de Biafra en los ‘80.

El vídeo termina con un niño más grande que, llorando, dice que allí no tienen nada, que no pueden conseguir comida y que ese mismo día había tenido que buscar sobras en un camión de basura, todo sucio.

Si alguien quisiera producir una imagen más chocante de la más repugnante desigualdad humana difícilmente pudiera entregar escenas más vomitivas que estas.

Por un lado, una elite pequeñísima, compuesta por unos jerarcas crueles e impiadosos que se han adueñado de todo y que viven en una opulencia obscena rodeados de lujos y placeres dignos de la decadencia del Imperio Romano.

Y por el otro, millones de infelices que apenas pueden comer sobras o directamente mierda, cuyos hijos mueren a los días de nacer o quedan para siempre condenados a la minusvalía del zombie.

Uno se pregunta si esas personas estarán finalmente contentas. Su envidiado vecino “Juan” que se había logrado diferenciar de ellos porque había tenido éxito en el barrio al lograr satisfacer con su trabajo una necesidad insatisfecha de la gente, ya no tiene su auto ni su linda casa con su frente arreglado.

Ahora estaba allí con ellos, revolviendo la basura y comiendo del piso. Hace rato ya que el gobierno le quitó todo, acusándolo de ser un burgués explotador.

Un imaginario curioso le pregunta entonces a esas personas que desesperadamente siguen peleando por los restos de unas sucias chauchas, por qué están dispuestos a tolerarle a Maduro aquellas extravagancias repugnantes que le refriegan en la cara su indignidad mientras que mostraban tanta envidia por Juan que, después de todo, había logrado mejorar su condición brindando un servicio.

Todos parecen agachar la cabeza enfrascados en la desesperación de no dejar de prestar atención a la basura de la que depende lo que van a comer hoy, pero un par, con la cara llena de vergüenza, levantan un poco la cabeza y sin mirar a los ojos del atrevido interlocutor, dicen al unísono: “Es que a Juan lo conocíamos, era nuestro vecino”.

Puede parecer exagerado pero en estas últimas bajezas escondidas en los pliegues más oscuros del ser humano se hallan los secretos insondables del “éxito” comunista en ciertos países que, vaya a saber uno desde cuando, arrastran una irrefrenable cultura del resentimiento.

De no ser por este costado vergonzoso de la naturaleza humana que, efectivamente, se ha hecho carne más en algunos lugares que en otros se basa la increíble realidad que uno ve hoy en países como Venezuela, Cuba, Nicaragua, Angola, Corea del Norte o cualquier otro de los páramos comunistas que algunos países tienen el infortunio de sufrir, aún en pleno siglo XXI.

El trabajo incansable de un conjunto de delincuentes (el comunismo no es, efectivamente, otra cosa que una careta ideológica para disimular con una pátina intelectual lo que no son otra cosa que delitos y delincuentes) que aspira a integrar una jerarquía que viva con los extravagantes placeres de Maduro, ha convencido a ciudadanos -a los que previamente empobrecieron y sumieron en la incultura por someterlos durante décadas a dosis homeopáticas de socialismo- de que el éxito del vecino (Juan, en nuestro ejemplo) no se debe a su trabajo, a su perspicacia, a su habilidad, a su estudio o a su inteligencia, sino a la explotación injusta del trabajo de otros. “¡Qué va a ser inteligente si vivía a la vuelta de casa”!, parecen decir al mismo tiempo que denuestan sus méritos.

Es conocida una frase atribuida al dictador Nikita Khrushchev en la que éste advierte que la Unión Soviética alimentaría “pequeñas dosis de socialismo hasta que finalmente despierten y descubran que ya tienen el comunismo”.

La veracidad de la frase ha sido desmentida. Pero no así su verosimilitud.

En efecto, es posible que Khrushchev no haya sido tan tonto como para revelar públicamente la táctica que esperaban implementar. Pero lo que sí es un hecho es que eso es lo que el comunismo ha hecho. Es más, es posible que alguien suficientemente ingenioso haya creado el fake a partir de que era muy fácil creerlo, dado que eso es lo que efectivamente ocurrió en algunos países.

Una de las grandes jugadas del comunismo (a partir de que se lo creyó muerto de toda muerte a mediados de los ‘90 luego de la caída del Muro de Berlín, de la implosion de la URSS y de la aparición de la obra de Francis Fukuyama “The End of History and the Last Man”) fue hacer creer que efectivamente estaba terminado.

Desde ese lugar de “no-peligro” -porque como el comunismo había muerto lo que proponían los neocomunistas no era comunismo sino otra cosa- avanzó, tranquilo, sobre ciertas sociedades en las que había inclinaciones a la vez al resentimiento, a la ignorancia y a la imbecilidad.

Una vez que la bota comunista se apoya sobre la cabeza del imbécil a este no le queda otro futuro que no sea buscar algo de comer entre las sobras de la basura mientras el jerarca come cordero asado y fuma sus habanos al mismo tiempo que una corte de sirvientes lo atiende para que no le falte nada.

La ansiada “igualdad” finalmente se ha alcanzado: todos son miserables. Los “Juanes” de la vida al lado de sus viejos vecinos, todos comiendo mierda.

Al final de este camino es posible que alguno de los imbéciles advierta lo caro que le costó envidiar a Juan. Es más, es posible que intente escapar, aún arriesgando su vida para, finalmente, intentar hacer en otra tierra lo que Juan había hecho en la suya. Pero son una minoría.

La mayoría seguirá atrapada en la miseria de una agonía eterna hasta que todos mueran y sean reemplazados por otros zombies más zombies que ellos.