Pese al discurso optimista del Gobierno, en el mercado hay preocupación por la suba del IPC, que podría agravarse a corto plazo. ¿Sobran o faltan pesos?
La publicación del IPC de 2,8% de diciembre reabrió todos los debates que parecían cerrados. ¿Llegó a su límite la capacidad del gobierno para controlar la inflación, y ahora entró en un franco proceso de suba de precios? ¿La «culpable» de la aceleración fue la compra de reservas, que obliga al Banco Central a inyectar pesos en la economía? ¿El cambio de bandas de flotación empeorará las cosas, al indexar al dólar con una inflación creciente?
Lo cierto es que, por detrás de las celebraciones oficiales por el31,5% anual -el dato más bajo desde 2017- resultó inocultable la preocupación generalizada por la tendencia que se viene constatando en el último semestre, en el que cada mes reflejó un agravamiento respecto del anterior.
Para peor, las perspectivas inmediatas no lucen positivas. Hay economistas que ya dan por descontado que en enero y febrero podría continuar la suba del IPC. Mencionan el impacto que tendrá la suba tarifaria de electricidad y gas, donde se suprimirán subsidios para usuarios de ingresos medios.
Ya eso alcanzaría, por sí solo, para garantizar un piso elevado del IPC de enero y febrero. Pero, además, hay que tener en cuenta un efecto estadístico: a partir de ahora, el Indec utilizará una nueva canasta, en la cual los servicios tienen una mayor ponderación que los bienes. Hablando en números, mientras el rubro «vivienda, electricidad, gas y otros» se calculaba como un 9,4% del presupuesto familiar, ahora pasará a tener una ponderación de 14,5%.
Esto implica una mala noticia para el Gobierno, que basó la caída inflacionaria del 2025 en el abaratamiento relativo de los bienes. Tras la apertura comercial, rubros que antes lideraban la inflación quedaron como los más estables. Los casos emblemáticos son la vestimenta y calzado, que apenas subieron un 15,3% en todo el año, y también los electrodomésticos y equipamiento del hogar, rubro en que los aumentos fueron del 19,3%.
En definitiva, aun si los aumentos de enero fueran idénticos a los de diciembre, ya solo por el cambio estadístico hay chances de una suba de algunas décimas en el IPC. Pero, además, se está en pleno reajuste tarifario, luego de la «tregua» pre electoral en las boletas de los servicios.
Mientras tanto, el BCRA continúa comprando dólares. Este lunes, sumó su undécima jornada consecutiva con saldo positivo: compró otros u$s21 millones y ya suma en total u$s708 millones en el primer mes del año
Se viene el golpe estadístico
Para que la inflación de 2026 termine en torno a 20%, como aspira el gobierno -ya nadie se acuerda del pronóstico de 10,1% que Toto Caputo estimó en el proyecto de ley de presupuesto-, se necesitaría que el IPC mensual promedio fuera de 1,6%. Es decir, menos de la mitad del registro actual.
Las consultoras menos optimistas están proyectando que el año tendrá una inflación en torno de 25%. Eso supone que el IPC promedio debe estar en 2% mensual. A esta altura, también esa marca luce lejana.
Si, en el peor de los escenarios, se mantuviera el nivel de diciembre pasado como la inflación promedio, el 2026 terminaría peor que el 2025, con una inflación acumulada de 39%.
Y es ahí donde se recalienta el debate. Muchos economistas recuerdan la analogía entre la inflación y el gordo que se pone a dieta: lo más fácil es bajar los primeros 10 kilos, pero luego se hace mucho más difícil recortar los pocos kilos por encima del peso objetivo. De la misma manera, el argumento es que es relativamente fácil pasar de una inflación de tres dígitos a una de dos, pero que la cosa se complica cuando se quiere que el IPC mensual baje de 2% a un número inferior a 1%.
Hay varias explicaciones para ello: los mecanismos indexatorios de la economía, la puja salarial que se traslada a precios, la inestabilidad de rubros como los combustibles. Y, por supuesto, el dólar, que en Argentina sigue siendo referente para buena parte de las empresas.
El lado B de la compra de reservas
La «culpa» del dólar contradice el mantra de Javier Milei, que históricamente ha sostenido que no existe el «efecto contagio» del tipo de cambio a los precios, sino que el dólar simplemente adelanta el efecto de un exceso monetario.
Por si quedaban dudas, el presidente retuiteó un antiguo post con el enunciado de que «la inflación es en todo lugar y momento un fenómeno monetario», y le agregó la frase «tan vigente como siempre».
El problema para Milei es que las medidas de Toto Caputo no parecen coincidir con esa tesis. Más bien al contrario, el ministro ha recurrido al «ancla cambiaria» -con la ayuda inestimable del US Treasury– y ha defendido explícitamente la inconveniencia de aplicar un sistema de libre flotación en Argentina. Su argumento es que, en un mercado de capitales de poca profundidad, basta con cualquier operación de tamaño mediano para disparar al dólar y tergiversar las expectativas del mercado.
Lo cierto es que, como señalaron muchos economistas el martes pasado, la aceleración de la inflación coincidió el camino ascendente del dólar -en su versión «contado con liqui»- a partir del segundo semestre, y que llegó a su pico en las semanas previas a la elección legislativa de octubre.
Y es aquí donde se llega al punto más caliente del debate: hay quienes creen que la nueva política del BCRA de comprar dólares -van u$s708 millones desde inicio de año- agrava tanto la inflación como la presión a un alza del dólar.
Ocurre que la contracara de compra de divisas es la inyección de pesos -más de $800.000 millones en dos semanas de enero-, lo cual contradice el enunciado que había hecho el propio Milei, quien había advertido que no compraría reservas mientras eso significara un riesgo de que los pesos no fueran aceptados por el público.
El Gobierno está aplicando una estrategia para que los pesos que emite el Central vuelvan por otras vías -por ejemplo, las ventas de bonos dólar linked a precios menores a los de mercado por parte del propio BCRA o la emisión de bonos del Tesoro con tasas altas.
La emisión de pesos no para
¿Saldrá bien el plan de acumular reservas y, en simultáneo, mantener contenido al dólar y además sacar pesos de circulación para que no haya inflación? Hay opiniones para todos los gustos, pero de momento predominan los escépticos.
Solamente mantienen el optimismo quienes creen que entre la soja, el auge petrolero en Vaca Muerta y los nuevos proyectos de inversión habrá una lluvia de dólares que atenúe las tensiones.
Así, Federico Domínguez, un economista cercano al gobierno, califica la política monetaria como «de sesgo contractivo» y contesta a los que se quejan de la baja liquidez: «¿Quieren pesos? Vendan dólares, que el BCRA o el Tesoro se los compra».
En la misma línea, Antonio Aracre -ahora asesor de Milei- plantea: «Hay que seguir absorbiendo el charco monetario; pero con un arrastre cada vez más marginal de tarifas y transportes, el segundo semestre pistonea para alcanzar el 1% mensual».
Pero no todos comparten la visión de que haya una contracción monetaria. Ese fue, de hecho, uno de los temas más polémicos del 2025, dado que hay muchas formas de medir la cantidad de dinero.
Por caso, el analista Ricardo Inti Alpert señala que la inflación del año coincidió casi exactamente con la expansión del M2 transaccional -incluye al dinero circulante, depósitos en cuenta corriente y cajas de ahorro-. Es decir, hay un cuestionamiento al argumento oficial de que se estaba aplicando un «ancla monetaria».
Entre los más críticos, como ya es habitual, figura Diego Giacomini, ex socio de Milei. El economista se jactó de haber pronosticado que la inflación tendría un gráfico «en forma de U». Es decir, cree que lo que vendrá será peor. Y argumenta que la compra de dólares por parte del BCRA implicará una expansión monetaria.
Caputo en un dilema incómodo
En todo caso, lo que muchos economistas están cuestionando es que haya un aumento en la demanda de pesos, algo que el gobierno había pronosticado que ocurriría tras las elecciones.
Según Andrés Neumeyer, profesor de economía de la Universidad Di Tella, el gobierno está ante un dilema de política monetaria: «¿Acumular reservas con un piso implícito al tipo de cambio nominal o apretar la política monetaria, comprando menos reservas y dejando apreciar más al peso?».
Esa disyuntiva enfrentó a quienes pedían acumular reservas, aun si eso suponía depreciar el peso, mientras en el bando contrario estaban quienes pensaban que en Argentina no se puede abandonar el ancla cambiaria.
«Sube el tipo de cambio y automáticamente suben los combustibles y hay que aumentar tarifas. La carne, que es un transable, también se ve afectada. No hay desinflación si el tipo de cambio es un barrilete», plantea uno de los analistas de mayor prédica en las redes sociales.
Hay otros en una postura intermedia, que no niegan el riesgo del «pass through» pero ven una menor volatilidad. Es el caso del consultor financiero Leonardo Chialva, que afirma: «El dólar sube casi 30% desde fin de mayo, versus inflación acumulada del 16% en el mismo período. ¡Nada mal!»
Mientras tanto, ¿qué opina el ministro Caputo? No habló mucho esta vez sobre el IPC, pero sus acciones fueron elocuentes:se encargó de no dejar pesos «sueltos» en el mercado en la última licitación de deuda -aun cuando eso supuso resignarse a pagar mayores tasas de interés- y, además, sigue avanzando con la apertura comercial para abaratar bienes de consumo, que harán de contrapeso al aumento en los servicios.
F:IProfesional





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