Era golfista de elite y abandonó su carrera por las adicciones: volvió a jugar y ahora ganó US$4 millones

Anthony Kim supo brillar en el circuito profesional hasta que un día desapareció sin dejar rastro. Las drogas lo llevaron a estar 16 años inactivo. Su inesperado regreso triunfal.

Una pequeña distancia para la humanidad, un abismo para Anthony Kim. El domingo pasado en Adelaida, la pelota quedó a pocos centímetros del último hoyo del recorrido. Un putt muy fácil para un jugador profesional de golf, un trámite. Kim venía de hacer una ronda extraordinaria que lo había puesto en los más alto del torneo; contaba con otra ventaja, aun si fallaba dos veces y recién embocaba el tercer tiro, se quedaba con el título. Pegó firme y la pelota ingresó en el hoyo.

Festejó con furia, como pegándole un puñetazo al pasado. Una nena entró corriendo a toda la velocidad al green, los que miraban por televisión creyeron que alguien había puesto la imagen en cámara rápida. Pero no. Era Bella, de cuatro años, que con pasos cortos y vivaces corrió para abrazarse con su papá.

Anthony Kim acaba de ganar el torneo, cuatro millones de dólares y, además, avanzar 644 lugares en el ranking. Pero eso no es lo importante para él. Lo importante es ese abrazo al que segundos después se suma su esposa. Lo importante es que derrotó a sus sombras, pudo reponerse y volver del infierno catorce años después.

Entre 2008 y 2010, Anthony Kim parecía una fuerza de la naturaleza.Eran muchos los que pensaban que sería uno de los monarcas del golf en los años siguientes, el mayor candidato norteamericano a suceder a Tiger Woods. A los 25 años ya había ganado tres torneos del PGA Tour, batido el récords de birdies (11) en una ronda del Masters de Augusta, peleaba varios Majors y se ubicaba en el puesto seis del ránking mundial.

De pronto su rendimiento empezó a decaer. No pasaba los cortes clasificatorios, el juego se volvió errático, también su conducta.En medio de sus recorridos iba al baño dos o tres veces y cada vez se alejaba más de la cima. Tuvo varias lesiones y operaciones. El hombro, la mano, la columna. La última fue una intervención en el talón de Aquiles que utilizó como excusa para alejarse del circuito definitivamente. El seguro le pagó 10 millones de dólares.

Después desapareció, se esfumó. No tuvo más contacto con el golf, nadie lo vio durante mucho tiempo.

Esos fueron sus años oscuros. De inactividad. De excesos, adicciones, pérdidas y soledad. También fueron los años en los que los pensamientos suicidas revoloteaban alrededor suyo, se negaban a abandonarlo. No encontraba la salida.

El regreso

Un año y medio atrás, Anthony Kim volvió a jugar. Recibió un llamado de Greg Norman, leyenda del golf y en ese momento CEO de LIV, la nueva y multimillonaria liga de golf sostenida por Arabia Saudita. Lo invitaba a regresar. La liga necesitaba jugadores de gran presente, ex números uno y ganadores de los Majors aún vigentes (así se llevó a Dustin Johnson, Sergio García, De Chambeau, John Rahm, Joaquín Niemann y muchos más) y también nombres que resonaran en el público para engrosar el elenco, sin importar cuál fuera su presente.

A los primeros les pagaba decenas y decenas de millones de dólares (cifras que ni siquiera estos millonarios habían soñado con ganar), a los segundos sólo les daba la posibilidad de volver a la acción, de ponerse de nuevo bajo los focos y un ambiente confortable y seguro.

Días atrás, Anthony Kim reacciona a su putt en el hoyo 18 de la ronda final del LIV Golf Adelaide en Grange Golf Club. (Foto: Charles Laberge/ AP)
Días atrás, Anthony Kim reacciona a su putt en el hoyo 18 de la ronda final del LIV Golf Adelaide en Grange Golf Club. (Foto: Charles Laberge/ AP)

Anthony Kim no tenía presente en el momento de su convocatoria. Era sólo pasado. Su vida había entrado en un agujero negro. A pedido de su esposa aceptó la invitación. Desde ese momento el matrimonio salió todos los días a practicar. Ella lo motivaba. Anthony descubrió con cierta sorpresa que todavía los golpes estaban allí, que no había perdido todo su talento golfístico y se animó a regresar.

Pero el comienzo fue malo. En los tres primeros torneos su mejor puesto fue el 50 entre 54 participantes. En los otros fue penúltimo. Todos se convencieron de que estaba acabado. Para jugar en esta temporada tuvo que jugar una reválida, que logró superar con dificultad.

¿Qué pasó en esos años de ausencia? Kim no lo precisó, dijo que conserva los detalles para cuando se estrene un documental sobre su vida que se está filmando (y que, suponemos, el domingo encontró su final ideal sin que sus realizadores lo imaginaran), no hay todavía anécdotas, explicaciones o demasiados detalles sórdidos.

Lo que se sabe con certeza es que su adicción al alcohol y a la cocaína lo dominó y lo hundió. Le sacó las ganas de vivir al punto de tener que convivir cotidianamente con pensamientos suicidas. Su adicción destrozó sus relaciones personales y su carrera como deportista de elite. Primero, lo que se deterioró fue su juego. Se alejó de los líderes porque su cabeza y su estado físico estaban en mal estado. Desapareció del circuito y aunque no hablaran con él o no tuvieran información oficial, la mayoría sabía la causa de su partida.

Hace poco dijo que durante esos 12 años de alejamiento es probable que haya pasado grandes momentos, pero no recuerda ninguno de ellos, es como si esos años se hubieran borrado para él, como si los hubiera atravesado dentro de una nube ominosa. “Lo peor es que me rodeé de mala gente, de artistas del engaño que vivieron aprovechándose de mí”, declaró Kim.Pero se apresuró a aclarar que su caída estrepitosa se debió a sus propios errores, a los de nadie más. “Aunque, por supuesto, tener mejor gente al lado hubiera ayudado”, dijo.

Cuando se operó del tendón de Aquiles y los doctores le dijeron que era muy difícil que volviera a jugar, estaba tan inmerso en su adicción que la novedad no lo afectó. Cobró la plata del seguro y se gastó buena parte en cocaína. En su mansión tenía tres habitaciones repletas de adminículos relacionados con el golf. Palos, pelotas, guantes, gorros, bolsas, zapatos. Le escribió a un centenar de conocidos y como si se tratara de una venta de garaje pero gratis, los invitó a que se llevasen lo que quisieran. La única condición era que no debían dejar nada en la casa.

En las redes se abre otro interrogante que todavía no encontró respuesta ¿Qué le pasó en la cara a Kim? Si uno compara una foto del golfista en su momento de apogeo con otra de este último tiempo percibirá a primera vista que las diferencias son notorias. El paso del tiempo y las facturas que se cobran las adicciones están en sus facciones apagadas, en la piel surcada por arrugas hondas. Pero principalmente en la asimetría. Un ojo muy diferente al otro, uno alargado respetando sus rasgos orientales, el otro tieso y redondo. La gran diferencia, de todos modos, es la nariz.Es como si la parte izquierda hubiera colapsado y se inclinara, a punto de derrumbarse, sobre la mejilla, como si su deporte hubiera sido otro, el boxeo profesional, y fuera un veterano de esos de las décadas del cuarenta y del cincuenta con más de 120 peleas encima. Tiene también cicatrices viejas en su cuello, nuca y brazos.

El golfista celebró su triunfo junto a su hija. (Foto: Brenton Edwards/ AFP)
El golfista celebró su triunfo junto a su hija. (Foto: Brenton Edwards/ AFP)

Muchos creen que lo de nariz se debe a que el tabique nasal quedó destrozado por su consumo; otros especulan con algún accidente, alguna pelea en algún club nocturno, algún choque con su auto, que terminó costando la armonía facial.

Se da la paradoja de que LIV, la liga ultramillonaria, la que gastó más de mil millones de dólares para instalar su producto, encontró su mejor historia, la que atravesó el mundo, en el jugador que menos le costó, en el más barato. Una historia perfecta de redención y caída que puso a todos a hablar de LIV como nunca antes desde su polémica creación. Se encontró siendo, de manera impensada, en la sede de uno de los grandes comebacks de la historia del deporte.

Cuando Kim se puso en manos de los doctores para que lo ayudaron a recuperarse, las noticias no fueron alentadoras. Le dijeron que su vida corría serio riesgo, que debía abandonar sus adicciones, que de otro modo no le quedaría demasiado tiempo. En uno de los chequeos le informaron que era poco probable que pudiera ser padre.

Esas alarmas funcionaron como un despertador para él que contó con el apoyo y el acompañamiento de su esposa. “Puedo bajar el par en todos los hoyos o tal vez puedo hacer quíntuple boogie u otros scores desastrosos. Pero ya aprendí que eso no es lo importante. Sin importar cómo me vaya en el campo de golf, mi hija va a comer su helado de frutillas y yo voy a estar al lado de ella riéndome. Esa es la parte más relevante del día”, declaró Anthony Kim unas semanas antes de su gran regreso mientras festejaba que cumplía tres años de absoluta sobriedad.

El golf se convirtió, al mismo tiempo, en algo importante y en algo totalmente accesorio para él. Superada la increíble e inefable oscuridad, trata de mantener la mente clara, enfocada, centrándose en su familia y su salud, sus nuevos propósitos en el mundo.

Anthony celebra junto a su mujer, Emily y su pequeña hija Isabella. (Foto: Brenton Edwards / AFP)
Anthony celebra junto a su mujer, Emily y su pequeña hija Isabella. (Foto: Brenton Edwards / AFP)

El domingo, tras ganar su primer torneo después de 16 años, dijo en la conferencia de prensa: “A pesar de la fama, del éxito o los millones que tengas, aún te podés sentir solo. Porque eso estaba dentro mío sin importar cuanta gente me alentaba o gritaba por mí en un campo de golf. Y eso me fue carcomiendo. No importa cuán malo es tu día, si te mantenés peleando, si seguís de pie, nunca perdés”.

F:TN

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