Por Dr .Facundo Sanz Berger

EL FIADO MODERNO
LA NUEVA ESTRATEGIA DOMESTICA DE SUPERVIVENCIA
Allá por los años 2000, en muchos barrios argentinos pasaba algo muy común. Cuando la plata no alcanzaba, el vecino iba al almacén o al kiosco de la vuelta y le decía al comerciante: “anotámelo en la libreta y te pago cuando cobre la semana que viene”. Era el famoso fiado del almacén: una forma sencilla y cotidiana de consumir hoy y pagar después, basada en la confianza del barrio y en la certeza de que el sueldo iba a llegar.
Esa práctica parecía haber quedado en el pasado. Sin embargo, la lógica no desapareció: simplemente cambió de formato.
Hoy, en lugar de la libreta del almacenero, muchas familias entran al supermercado o al mismo almacén de barrio —que la tecnología se encargó de equipar con posnet y pagos digitales— con lo que podría llamarse la “fiadora a 30 días”: la tarjeta de crédito.
Con ella compran carne, fideos, arroz, aceite, azúcar, yerba. Lo básico para alimentar a la familia. También pagan medicamentos en la farmacia. En otras palabras, las personas utilizan el crédito para poder cubrir gastos esenciales de la vida cotidiana.
En ese contexto, la tarjeta de crédito dejó de ser, para muchos, la herramienta asociada a los clásicos “gustitos” —un electrodoméstico, un viaje o una compra excepcional—. Hoy, en una gran cantidad de hogares argentinos, su función es mucho más simple y mucho más cruda: permitir llegar a fin de mes.
Los números reflejan con claridad esta realidad. Un informe del Banco Central de la República Argentina muestra que en 2025 uno de cada cuatro argentinos tuvo deuda con tarjeta de crédito, y que en la mayoría de los casos el atraso fue de alrededor de 30 días. Es decir, no se trata necesariamente de endeudamientos prolongados, sino de una dinámica repetida mes a mes: consumir hoy con la tarjeta para pagar cuando llegue el próximo ingreso.
Desde una mirada económica y social, este fenómeno revela algo más profundo que un simple cambio en los hábitos de pago. Cuando el crédito comienza a utilizarse para financiar alimentos o medicamentos, deja de funcionar como una herramienta de consumo y empieza a operar como un mecanismo de compensación frente a la pérdida de poder adquisitivo. En ese punto, la tarjeta ya no expresa expansión del consumo, sino una estrategia doméstica de supervivencia financiera.
FACUNDO SANZ BERGER





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