Pontífice, Prevost recorre las catorce estaciones del Vía Crucis en el
Coliseo llevando personalmente la Cruz, en un gesto de profunda fuerza
espiritual que evoca el sufrimiento del mundo contemporáneo y la
esperanza cristiana.
Con esta oración, que resume abandono,
confianza y esperanza, se cerró una de las imágenes más intensas de este
Viernes Santo, 3 de abril de 2026, en el Coliseo de Roma: el Pontífice
recorriendo, paso a paso, las catorce estaciones del Vía Crucis,
cargando personalmente la Cruz en el primer Vía Crucis de su
pontificado. Inspirado en la plegaria de San Francisco de Asís, el Papa
invitó a “vivir nuestra existencia como un camino de participación
progresiva en la relación de amor que une al Padre, al Hijo y al
Espíritu Santo”.
Le acompañaron el Maestro de las
Celebraciones Litúrgicas Pontificias, monseñor Diego Ravelli; el
cardenal vicario de la Diócesis de Roma, Baldo Reina; y los obispos
auxiliares de la diócesis.
La Hora de la Madre, el Sábado Santo
En el día más austero del año litúrgico, cuando Cristo yace en el sepulcro y la liturgia permanece en silencio, una tradición de origen bizantino encomienda a la Virgen María la custodia de la espera.

Maria Milvia Morciano – Ciudad del Vaticano
Al final de la Semana Santa, hay un día sin celebración. El Sábado Santo no tiene Eucaristía ni anticipa la Pascua: la liturgia se detiene en el sepulcro. Cristo está muerto, sepultado, encerrado en la tumba. Todo está en silencio, todo está quieto. No es una pausa simbólica. Es real. El tiempo queda suspendido, aún sin consumar.
Una tradición preservada
La liturgia de la «Hora de la Madre» se celebra en este espacio. Sus orígenes se encuentran en el contexto bizantino, donde el Sábado Santo ya se celebraba con su propia festividad: el Orthros del Gran Sábado, con sus enkómias —cantos fúnebres que enmarcan el epitafio de Cristo— en los que la voz de María aparece no como un comentario, sino como una presencia en medio del duelo. En los círculos latinos, esta tradición se ha adoptado en los últimos tiempos, sin llegar a ser universal, pero manteniendo un carácter preciso: no añade nada a la narración de la Pasión ni anticipa la Resurrección.
Su esencia es fundamental. No introduce ningún acontecimiento. Mantiene la mirada fija en María durante el tiempo en que su Hijo yace en el sepulcro. La tradición la reconoce aquí no como una figura a la que contemplar en el dolor, sino como una presencia que no se retira cuando todo signo se desvanece.
Fe en el tiempo suspendido
El Sábado Santo no ofrece apoyo. Nada sucede para guiar o confirmar. La fe permanece sin apoyo visible, expuesta. La «Hora de la Madre» también mantiene esta medida: el ritmo de los textos no llena el silencio, sino que lo preserva. No busca explicaciones ni construye consuelos. Mantiene abierto un tiempo que no se puede acortar. Es una de las formas más sobrias de tradición litúrgica: no interviene en el silencio, no lo doblega. Lo deja ser.
El silencio y el presente
Esto es quizás lo más difícil de aceptar hoy. Vivimos en un horizonte que tiende a llenar cada vacío, a traducirlo todo en palabras. El Sábado Santo introduce una medida diferente: no nos pide que comprendamos, sino que permanezcamos.
Desde esta perspectiva, el presente no necesita ser nombrado para entrar. Hay madres que conocen la pérdida y una espera sin respuesta, un tiempo que no se cierra, que no encuentra palabras. Su dolor no se da por sentado, no se expone. Permanece, como permanece María, en el mismo espacio donde la palabra se detiene y no basta. En este día, la Madre de Cristo representa a toda la Iglesia que se congrega a su alrededor, convirtiéndose en puente entre la muerte y la vida.
Detenerse
Por eso el Sábado Santo no requiere interpretación. Exige una presencia, aunque sea breve. En un mundo que no tolera el vacío, esta suspensión preservada por la liturgia restituye una posibilidad esencial: la de detenerse, sin anticipar el futuro. La de tener esperanza incluso cuando toda evidencia humana parece negarla.
El Anfiteatro Flavio se llenó de más de
30.000 fieles: padres con sus hijos, jóvenes y adolescentes, sacerdotes,
religiosos y religiosas, peregrinos de distintos lugares, todos
reunidos en los espacios delimitados y especialmente preparados.
Las antorchas, pequeñas luces que iluminaban la tenue oscuridad, se sostenían junto a los libritos con las meditaciones escritas por el padre Francesco Patton,
fraile menor y excustodio de Tierra Santa, quien en el camino de Jesús
hacia el Gólgota vislumbra los desafíos del mundo actual.
Prevost, acompañado por dos jóvenes
portadores de antorchas, sostuvo la cruz durante las catorce estaciones,
cinco dentro y nueve fuera de la antigua arena, iluminada por focos y
velas, convirtiéndose, de este modo, en el segundo Pontífice en portarla
(san Juan Pablo II la había llevado entre 1980 y 1994). Como declaró días antes al salir de Castel Gandolfo,
su gesto buscaba dar “una señal importante”: mostrar que Cristo aún
sufre y llevar los sufrimientos de la humanidad en sus oraciones, como
“líder espiritual hoy en el mundo”.
En un contexto marcado por guerras,
fracturas sociales y creciente incertidumbre, el Papa ofreció una
catequesis silenciosa: no se trató solo de representar la Pasión de
Cristo, sino de asumir, de manera tangible, el sufrimiento de tantas
personas. Estación tras estación, su gesto recogió el dolor disperso de
la humanidad y lo elevó al misterio de la redención.
Durante el recorrido, se proclamaron
pasajes del Evangelio acompañados por las meditaciones de Patton, que
invitaban a encarnar en la vida diaria las virtudes de la fe, la
esperanza y la caridad, incluso en un mundo lleno de ruido,
distracciones y, a veces, indiferencia. Las reflexiones también
ofrecieron una mirada lúcida sobre las dinámicas de poder y la
fragilidad humana, recordando que el camino de la Cruz revela tanto
nuestra debilidad como la fuerza transformadora del amor que se entrega.
“El Vía Crucis –escribió Patton– no es
el camino de quien vive en un mundo de devoción abstracta, sino el
ejercicio del que sabe que la fe, la esperanza y la caridad deben
encarnarse en la vida real, donde el creyente es continuamente desafiado
y constantemente debe hacer suyo el modo de proceder de Jesús».
«Haz que te sintamos cercano,
precisamente y sobre todo cuando caemos -fue una de las peticiones-, tan
cercano en modo tal que nos demos cuenta de que eres tú el que nos
levanta y nos vuelve a poner en el camino. Y haz que también nosotros
aprendamos a confiar en la tierra, como el grano de trigo, sabiendo que
la muerte, gracias a ti, es el seno de la vida eterna».
Al final de cada estación, los fieles rezaron el Padre Nuestro y entonaron estrofas del Stabat Mater, antiguo himno que contempla a la Virgen María de pie junto a la Cruz, unida al sufrimiento de su Hijo.







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