viernes, septiembre 30

Alberto Fernández pone a los mapuches de pie, y de rodillas a sus víctimas

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Nota extraída de Clarín por Miguel Wiñazki.

Alberto Fernández ha venido a poner a los pseudo mapuches de pie. Movilizó a su Estado Mayor para eso. Rafael Bielsa partió raudo a defender a Facundo Jones Huala; Anibal Fernández, otro gran cacique, contradice y frena el pedido de auxilio que desde el sur le formulan a gritos, y la abuela venerable de los mapuches, Estela de Carlotto ha ofrecido su ilimitada ayuda bajo el argumento de que ellos son “son perseguidos por la avaricia de quienes quieren robarles sus predios”.

Mapuches cuando tomaron campos en Vaca Muerta en septiembre pasado. Foto: Twitter

De pronto pareciera que el presidente de los pseudo mapuches se llamara Alberto Ángel Fernández.

Opera como el Lonko mayor y se negaba -defendiéndolos- a enviar fuerzas del Estado Argentino a detener una avanzada de violencia azuzada por pasividad desde la Casa Rosada.

Pero como todo delirante al fin trasladó un contingente de 190 gendarmes para frenar la disconformidad general.

No alcanzó.

Según los habitantes del lugar, las víctimas para el gobierno son los atacantes,y los reales victimarios son los agresores según la visión oficial. Así, la Patagonia se enciende en llamas que serán difíciles de conjurar.

Las autoridades provinciales y municipales del sur critican al huésped de Olivos y a los caciques que habitan el poder político “argentino”. Sólo confrontan contra oídos alevosamente sordos, que destaparon muy parcialmente con ese mínimo dispositivo de gendarmería decidido bajo presión cívica.

Apenas habían que Alberto respondiera con una de sus epístolas que ya quedarán para el archivo de las misivas incunables de lo incomprensible: “No es una función del gobierno…brindar mayor seguridad en la región”.

Anibal Fernández invocó a Santiago Maldonado para justificar su pasividad.

La leyenda continúa. La ficción se ahonda y la violencia se propaga.

La gerontocracia montonera coadyuva para agitar los fuegos como si el tiempo se hubiera detenido en sus petrificados cerebros ideologizados y también en sus nuevos reclutas que aterrorizan, según la definición de la gobernadora Arabella Carreras a diestra y siniestra.

Los mapuches reales y pacíficos son un pueblo de profundidades y cosmogonías muy vinculadas a la naturaleza. Se percibe en ellas la presencia del Pacífico habida cuenta de sus primigenias raíces:

Allá en el fondo del mar

en lo más profundo,

vivía una gran culebra que se llamaba Kai kai.

Las aguas obedecían a las órdenes de la culebra

y un día comenzaron a cubrir la tierra.

También, por supuesto, brota en la mitología originaria el culto de las montañas gigantes.

Había otra culebra tan poderosa como la anterior

que vivía en la cumbre de los cerros…

No se trata ni de despreciar a un pueblo, ni a su historia ni a sus mitos. Todo lo contrario.

Hay una bellísima y atávica astronomía mapuche. Hay constelaciones con forma de guanaco, y los nombres de los astros son como luces magnéticas para mirar esos cielos hipnóticos de la Patagonia.

Se trata de estudiar esos saberes, de integrarlos como un capital cultural, y no de romperlo todo por un interés político coyuntural, distorsionando valores esenciales.

La cuestión es evitar la violencia. Video: una familia fue atacada por mapuches en Neuquén

En Chile es un drama aún mayor, la población mapuche oscila el millón de personas y el gobierno ha decidido un Estado de Emergencia que divide profundamente a toda la sociedad trasandina.

La pregunta del lado argentino es ¿por qué el gobierno agita esos avances?

La respuesta hipotética causa estremecimientos e inquietudes: están fomentando un modelo de transformación a través de la violencia auspiciada.

Todo está en sintonía con la liberación de presos peligrosísimos en la pandemia y con las usurpaciones de tierras movilizadas por jerarcas y punteros con venia de los burócratas más empinados.

El drama de la falta de vivienda es real.

La solución es legal y dialógica.

Los reclamos genuinos de los mapuches reales y pacíficos deben ser oídos y su resolución negociada dentro de los marcos legales.

Pero el gobierno está optando por la anomia disfrazada de leguleyerías.

Según la visión religiosa mapuche ancestral, las aguas turbulentas tienden a subir a los cerros, y los cerros flotan, pero realizados los debidos sacrificios las culebras oceánicas se calman y las aguas descienden desde las montañas y la paz reina.

Los sacrificios son ahora los que exigen la ley y la negociación. Pero las culebras dominantes son más voraces que las ancestrales y quizás menos sabias, y en lugar de procurar la convivencia sin violencia buscan seguir enroscándose para propiciar el caos que no solamente brota en el sur.

Los mapuches veneran a los volcanes, pero no a éste volcán de lava desenterrada por los gerontes nostálgicos de las guerrillas que los manipulan, sino a los reales y gigantes que se yerguen aquí y allá en la Patagonia Austral a los dos lados de los Andes.

Alberto Fernández no cuenta en estos casos con la palabra de la gran Machi de todo este sismo: Cristina Fernández.

Hay comunidades mapuches en Santa Cruz también, pero no han fijado su vista en El Calafate, tomado por otros capitanejos que no son originarios pero que caciquean a fondo. Jefes de grandes fortunas, Lázaro Báez, entre ellos, aunque ahora no pueda gozar de sus extensiones.

Claro, hay nuevos colonizadores en la Patagonia rebelde.

La capital de las colonias está en El Calafate.

Y la Machi que lo tutela todo permanece en este caso, como en tantos otros, silente.

El Presidente habla por ella, y su ministro de seguridad también, y su embajador trasandino también.

Y la lava de los volcanes brota y quema en contra de todo el resto.