LA VIRTUD DE LA ESPERANZA

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LA VIRTUD DE LA ESPERANZA

— La virtud del caminante. Su fundamento.

— Esperanza en medio de las contrariedades, de los obstáculos, del dolor…

— Actualizar con frecuencia la esperanza de ser santos.

I. La ascética cristiana considera la vida del hombre en la tierra como un camino que acaba en Dios. Todos somos un homo viator, un viajero que se dirige deprisa hacia su meta definitiva, Dios; por eso, todos «debemos hacer provisión de esperanza si queremos marchar con paso firme y seguro por el duro camino que nos espera»1. Si el viajero perdiera la esperanza de llegar a su destino detendría su marcha, pues lo que le mueve a continuar el camino es la confianza en poder alcanzar la meta. Nosotros queremos ir muy por derecho y deprisa a la santidad, a Dios.

En la vida humana, cuando uno se propone un objetivo, su esperanza de alcanzarlo se fundamenta en la resistencia física, en el entrenamiento, en la experiencia; en último término, en su firme voluntad, que puede sacar fuerzas, si fuera necesario, de su misma flaqueza. Para lograr el fin sobrenatural de nuestra existencia, no nos basamos en las propias fuerzas, sino en Dios, que es todopoderoso y amigo fiel que no falla; su bondad y misericordia no se parecen a las del hombre, que es frecuentemente como nube de la mañana y como rocío de la madrugada, que pasa2.

Mediante la esperanza sobrenatural, el cristiano confía alcanzar un objetivo definitivo que se encuentra incoado ya en esta vida desde el Bautismo y se logra para siempre en la otra. No es este objetivo una meta provisional, como en los viajes corrientes, punto de partida hacia otras metas. A través de esta virtud, esperamos y deseamos la vida eterna que Dios ha prometido a quienes le aman, y los medios necesarios para alcanzarla, apoyados en su auxilio omnipotente3.

El Señor nos promete su ayuda para combatir las tentaciones y desarrollar el germen de la vida divina en el alma. Cuanto mayores sean las dificultades y más grande la debilidad, más firme ha de ser la esperanza en el Señor, pues mayores serán sus ayudas, más clara se manifiesta su presencia cerca de nuestro vivir diario. En la Segunda lectura de la Misa4, nos recuerda San Pablo cómo Abrahán, apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchas naciones, según se le había prometido. Y comenta Juan Pablo II: «diréis todavía: “¿cómo puede suceder esto?”. Sucede porque se aferra a tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas. Y es Él, el Dios de las misericordias, quien enciende en mí la confianza; por lo cual yo no me siento ni solo, ni inútil, ni abandonado, sino implicado en un destino de salvación que desembocará un día en el Paraíso»5.

No vaciló Abrahán a pesar de ser ya anciano y estéril su mujer, sino que se afianzó firmemente en el poder y en la misericordia divinas al estar persuadido de que Dios es capaz de hacer lo que promete. Y nosotros, ¿no vamos a confiar en Jesucristo, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación? ¿Cómo nos va a dejar solos el Señor ante los obstáculos que encontremos para vivir según la llamada que de Él hemos recibido? Él nos da su mano de muchas maneras; de ordinario, en la oración diaria, en el cumplimiento fiel del plan de vida que nos hayamos propuesto, en los sacramentos y, de una manera particular, en los consejos recibidos en la dirección espiritual. Nunca nos dejará solos el Señor en nuestro caminar por este mundo, en el que con frecuencia experimentamos la flaqueza y la debilidad. La esperanza de ser santos, de cumplir fielmente lo que Dios espera de cada uno, depende de que aceptemos la mano que Él nos tiende a diario. No se fundamenta esta virtud en nuestro valer, en las condiciones personales o en la ausencia de dificultades, sino en el querer de Dios, en su voluntad de que alcancemos la meta; una voluntad acompañada siempre por las gracias y ayudas que sean precisas en cada circunstancia.

«“Nam, et si ambulavero in medio umbrae mortis, non timebo mala” —aunque anduviere en medio de las sombras de la muerte, no tendré temor alguno. Ni mis miserias, ni las tentaciones del enemigo han de preocuparme, “quoniam tu mecum es” —porque el Señor está conmigo»6.

II. El Evangelio de la Misa7 nos muestra, una vez más, cómo el Señor está más cerca de quien más lo necesita. Ha venido a curar, a perdonar, a salvar, y no solo a conservar a los que están sanos. Él es el Médico divino, el que cura ante todo las enfermedades del alma, y no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos, dice a quienes le critican que come con publicanos y pecadores. Cuando los asuntos del alma no marchan, cuando se ha perdido la salud –y nunca estamos del todo sanos–, Jesús está dispuesto a derrochar más cuidados, más ayudas. No se separa del enfermo, no se aleja de nosotros, no da a nadie por perdido, ni siquiera en un defecto, en algo que puede y debe ir mejor, pues Él nos llama a la santidad y tiene preparadas las gracias necesarias. Solo el enfermo puede hacer ineficaces, rechazándolas, las medicinas y la acción de este Médico que todo lo puede curar. La voluntad salvadora de Cristo para cada uno de sus discípulos, para nosotros, es la garantía de alcanzar lo que Él mismo nos pide.

La virtud de la esperanza nos descubre que las dificultades de esta vida tienen un sentido profundo, no ocurren por casualidad o por un destino ciego, sino porque Dios las quiere, o al menos las permite para sacar bienes mayores de esas situaciones: afianzar nuestra confianza en Él, crecer en el sentido de nuestra filiación divina, fomentar un mayor desprendimiento de la salud, de los bienes terrenos, purificar el corazón de intenciones quizá no del todo rectas, hacer penitencia por nuestros pecados y por los de todos los hombres…

El Señor nos dice a cada uno que prefiere la misericordia al sacrificio, y si en algún momento permite que nos lleguen el dolor y el sufrimiento, es que conviene, por una razón más alta que a veces no comprendemos, en beneficio de nosotros mismos, de la familia, de los amigos, de toda la Iglesia; quiere el Señor un bien superior, como la madre permite una operación dolorosa para que su hijo recupere plenamente la salud. Son momentos para creer con fe recia, para avivar la esperanza, pues solo esta virtud nos enseñará a ver como un tesoro lo que humanamente se presenta como un quebranto, quizá como una gran desgracia. Son momentos para acercarnos al Sagrario y decirle despacio al Señor que queremos todo lo que Él quiera. «Este es nuestro gran engaño –escribe Santa Teresa–, no dejarnos del todo a lo que el Señor hace, que sabe mejor lo que nos conviene»8. «Jesús, lo que tú “quieras”… yo lo amo»9. Lo que Tú permitas, yo, con tu ayuda, lo recibiré como un gran bien, sin poner límite ni condiciones. Por todo te daré siempre gracias, si estás junto a mí.

III. Todo es para bien10, diremos en la intimidad de nuestro corazón, aunque atravesemos un gran dolor físico o moral. Hay que superar la tentación del egoísmo, de la tristeza o de los objetivos mezquinos. Caminamos derechamente hacia el Cielo, y todo se convertirá en instrumento para estar más cerca y llegar antes. Todo, hasta las flaquezas.

Debemos especialmente ejercitarnos muchas veces en la esperanza ante la situación de la propia vida interior, sobre todo cuando parece que no se avanza, que los defectos tardan en desaparecer, que se repiten los mismos errores, de modo que la santidad se llega a ver muy lejana, casi una quimera. Hemos de tener muy presente entonces lo que enseña San Juan de la Cruz: que el alma en «esperanza de cielo tanto alcanza cuanto espera»11. Hay gentes que no alcanzan los bienes divinos justamente porque no esperan alcanzarlos, porque su horizonte es demasiado humano, mezquino, y no vislumbran la magnitud de la bondad de Dios, que nos ayuda aunque no lo merezcamos en absoluto. Y continúa este santo autor: «esperé solo este lance, y en esperar no fui falto, pues fui tan alto tan alto, que le di a la caza alcance»12. La esperanza debe estar solo en Dios, debe ser ancha, filial, a lo divino: si en ella no quedamos escasos, todo lo obtendremos de Él. Cuando la santidad –la meta de nuestra vida– parezca más distante, procuraremos no cejar en la lucha por acercarnos más al Señor, por esperar ardientemente, por sacar adelante nuestros deberes, llevando a la práctica con renovado esfuerzo los propósitos de nuestros exámenes de conciencia o del último retiro que hicimos, y los consejos de la dirección espiritual, luchando con firmeza contra el desaliento. En algún momento solo podremos ofrecer al Señor el dolor de nuestras derrotas –en frentes de mucha o de menos importancia– y el renovado deseo de volver a empezar. Será entonces una ofrenda humilde y muy grata al Señor.

La esperanza nos mueve a recomenzar con alegría, con paciencia, sin cansarnos, seguros de que, con la ayuda del Señor y de su Madre, Spes nostra, Esperanza nuestra, alcanzaremos la victoria, pues Él pone a nuestro alcance los medios para vencer.

1 Pablo VI, Discurso 9-XII-1975. — 2 Primera lectura, Os 6, 1-6. — 3 Cfr. Catecismo de San Pío X, n. 893. — 4 Rom 4, 18-25. — 5 Juan Pablo II, Alocución 20-IX-1978. — 6 San Josemaría Escrivá, Forja, n. 194. — 7 Mt 9, 9-13. — 8 Santa Teresa de Jesús, Vida, 6, 3. — 9 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 773. — 10 Rom 8, 28. — 11 San Juan de la Cruz, Poesías. — 12 Ibídem.