jueves, febrero 29

Lo que pasó en YPF explica por qué crece Milei y encima Kicillof nos toma el pelo

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Nota extraída de Clarín por Ricardo Roa

Junto con la obra pública, el robo en YPF es otro paradigma de la corrupción kirchnerista.La montaña de dólares que perdió el país no la va a pagar la política. La vamos a pagar todos.

Lo que pasó en YPF explica 
por qué crece Milei y encima Kicillof nos toma el pelo

YPF y la argentinización más cara de la historia.

El costosísimo fallo por 16.000 millones de dólares contra la Argentina es la peor muestra de lo que la política puede hacer con el Estado. Y es, también, la mejor muestra de lo que es el kirchnerismo, que hizo negocio propio primero con la compra forzada de YPF a Repsol y después de fracasado ese obsceno negociado con la familia Eskenazi, la estatizó de prepo y sin cumplir la ley.

Por si hace falta aclararlo: esa montaña de dólares que perdió el país no lo va a pagar el kirchnerismo. La vamos a pagar todos. Es algo que patea fuerte en contra del peronismo en esta hora preelectoral: hace acordar la soberbia insuperable del entonces ministro Axel Kicillof, que juró que estatizar YPF no nos iba a salir un solo peso. Ahora miente de nuevo: dice que Vaca Muerta vale más, como si Vaca Muerta fuera de YPF.

Pero Kicillof dice algo más grave: «Ahora tengo que juntar 16 mil palos». Sería bueno que los junte y que los pague. Y si no puede solo que le pida ayuda a Maratea. Kicillof es el mejor alumno de Cristina. ¿O es al revés?. De Kicillof habló hace poco Massa: “Hubo quienes en 2012 tuvieron el coraje, a través del liderazgo de Cristina, de recuperar YPF”. Massa se debe querer cortar la lengua. Pero no se corta la lengua por nadie. Lo que elogió, al fin, es un robo y una farsa monumental.

Cristina y Kicillof comandaron esa estatización de la mitad más uno de YPF, que presentaron como una gesta antiimperialista y que el Congreso aplaudió de pie, como si eso fuera cierto.

La historia había comenzado cuatro años antes, en 2008, cuando YPF estaba en manos de Repsol y los Kirchner decidieron quedársela a través de la familia Eskenazi, dueña del banco de Santa Cruz. Llamaron argentinización a lo que no fue otra cosa que un fraude: los Eskenazi compraron las acciones de Repsol sin poner plata propia sino de la misma YPF. Pagaron con utilidades de la empresa. Y eso fue posible porque Kirchner, el veredadero comprador, estaba detrás.

Kicillof dice algo más grave: «Ahora tengo que juntar 16 mil palos». Sería bueno que los junte y que los pague. Y si no puede solo que le pida ayuda a Maratea

La muerte de Kirchner frustró el operativo. Por alguna razón que solo ella conoce, Cristina decidió reestatizar la empresa, donde habían causado un desastre: descapitalización de la compañía, caída a pique de la producción y de las reservas y una pérdida del autoabastecimiento energético que aún sigue.

Fue la argentinización más cara de la historia porque Cristina y Kicillof se negaron a hacer lo que debían hacer: una oferta paralela de compra a los accionistas menores, como los Eskenazi, que, quebrados, vendieron el derecho a reclamar judicialmente una reparación. El resultado está a la vista en el fallo.

Vamos de mal en peor y, más que nunca, corresponde al periodismo hacer periodismo y no propaganda. Por YPF, el país debe ahora muchos miles de millones más. Por la campaña, Massa libera demagógicamente a los empleados de YPF de Ganancias y, nuevamente, paga el Estado. ¿No parece burla?

Bullrich se larretiza. No más la Patricia genuina de tuits duros y picantes, una tarea que le cedió a Melconian para que discuta la economía en lenguaje de la calle, no en la jerigonza de la economía. Ella se dedica a reunirse con dirigentes que perdieron la interna para mostrar que la casa está en orden. Pero no los integra y siguen los ruidos.

Debe contener al que votó por Larreta, que, se dice, prefiere la avenida del medio. A Bullrich le aconsejaron hablar más a éstos, palomanizándose, que a los suyos, los que medio mundo o algo así consideró o inventó halcones muy halconizados. Puede retener votos suavizándose pero hay un problema: puede perder votos que se le fugan a Milei. Hay tantas dudas como sanata interpretativa.

Se dice que Macri le recrimina a Bullrich su suavización. Se dice que Bullrich le recrimina a Macri su cercanía con Milei. Para agregar confusión, apareció el gurú Durán Barba, que guió la campaña contra la grieta de Larreta y ahora le tira ramos de flores a Milei. A eso se llama en busca de un nuevo contrato.

De los tres discurseantes en disputa, Bullrich expone el cambio más notorio. Pero no está del todo sola: también Milei se corre al centro. Tiene una ventaja relativa: puede hacerlo con más disimulo, sin preocuparse. Milei se desdibuja y se le desdibuja la burbuja de la dolarización. Se defiende diciendo y mandando a otros a decir: no son contradicciones, hay más de un plan. Como diría Groucho Marx: este es mi plan para dolarizar, pero si no le gusta tengo otros. La dolarización tiene también un alto contenido de sanata.

El plan Milei será el que la realidad le permita. Sus proyectos son revoleos sin argumentación. Avanzó con un discurso de ruptura en el que aún resulta difícil ver sus planos de construcción. El punto clave es la gobernabilidad. ¿Cómo hará? Salta a la vista que se sentará en la Rosada sin un equipo articulado, ni un solo gobernador propio y apenas un puñado de legisladores nacionales. Peor que Collor de Mello, el presidente más joven de la historia de Brasil, que le ganó a Lula en una tumultuosa segunda vuelta con la promesa de exterminar marajás, como él llamaba a la casta de empleados públicos vagos y con remuneraciones altas, cuyos privilegios indignaban a todos.

Un partido minúsculo, hoy extinguido, el de la Reconstrucción Nacional (PRN), fue su trampolín para llegar al poder. Como Milei, Collor no tenía base parlamentaria. Comenzó a gobernar ignorando a los partidos y combinando agresividad, soberbia, amateurismo y, al final, corrupción. No le faltó nada y no duró casi nada: el Congreso lo empujó a renunciar después de votar su destitución.

Fernández, presidente de forma, se fue de viaje de egresados, sin dar ningún aprobado. Y asumió otra vez Cristina, pero se ve que esto ya no la conmueve ni a ella ni a nadie. El país, sin nadie que mande. Acéfalo. Massa se las tiene que arreglar más bien sólo en su doble papel de candidato-ministro, rascando del fondo de la galera inventos de pan para hoy y mañana vemo´. Tira la casa por la ventana y congela hasta la elección de octubre todas las tarifas que puede. Repartir plata y disimular la inflación. Esa es la fórmula del plan llegar, más financiar y manijear encuestas para hacer creer que está para balotaje.

Que alguien consiga explicar, si es que tiene explicación, por qué se nota más que Bullrich haya dejado de decir en cantidad y también en sonoridad buena parte de las cosas que decía directamente, el hecho que Massa siga gambeteando como si no existieran sus récords inflacionarios y sus dólares estratosféricos, y Milei no pueda definir su fórmula única y milagrosa de convertir a todos en dolarizados y chau problemas y chau políticos, círculo rojo, y el resto de las calamidades. El tiempo final es para octubre y… pueden pasar tantas cosas. Hay tiempo. ¿Sí? ¿No?

Con las elecciones que vienen, Bullrich apuesta a tener desde hoy tres buenos domingos. En Santa Fe puede ganar Maximiliano Pullaro, radical de Juntos. Y estas son elecciones generales, no Paso ni encuestas. Milei no participa, ¿dónde irán sus votos? A Milei esta ausencia pareciera tenerlo sin cuidado. A ver si le ocurre lo que le ocurrió a Juntos, dormirse en laureles aún en el aire.

Cristina fijó la percepción, que convirtió casi en certeza, de los tercios. Fue una forma de reconocer vamos mal. También, una forma de decir podemos ir bien. En realidad, mejor se podría hablar de cuartos, porque uno de los candidatos más votados en las Paso fue el me abstengo.

En este revoleo de promesas, omisiones, martingalas y fantasías, la Corte le hizo un corte a la descarada opereta de Cristina de estirarle la permanencia a su jueza amiga Ana Figueroa y la jubiló, cumplidos sus 75 años de ley. Fue por unanimidad, para colmo.

Es tan dato como la jubilación de una jueza a la que se le podían adivinar sus fallos. Pero tanto o más dato es la confirmación del infantilismo K del juicio político que le lleva, a empujones y resbalones, a la Corte. El apriete, esta vez, no funcionó.