Mark Felt, el misterioso informante del FBI fue la pieza clave para destapar el escándalo Watergate. Cómo ayudó a los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein a revelar la trama de espionaje, corrupción y encubrimiento que forzó la renuncia de Richard Nixon.
Y un día, se decidió a hablar. Fue el dueño de los secretos más importantes de la Casa Blanca y de Estados Unidos en los años 70: cómo fue que el presidente Richard Nixon impulsó primero y encubrió después el asalto por parte de agentes a su servicio al cuartel central del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington, en junio de 1972.
El hombre que lo sabía todo, lo contó todo a un joven periodista, Bob Woodward, del Washington Post. Woodward y otro joven colega, Carl Bernstein, empezaron a tirar de ese hilo y terminaron por desnudar un caso de corrupción y abuso de poder que pusieron fin al gobierno y a la carrera política de Nixon. Fue el primero de los presidentes de su país en renunciar, el 9 de agosto de 1974.
El nombre del tipo que sabía todo y contó todo, o casi todo, también fue un secreto no revelado: el mejor guardado de la historia del periodismo. En el Post lo conocieron como “Garganta Profunda”, que era el título de una película porno con pretensiones de cine de culto, título que exime de mayores comentarios sobre un guión obvio y un poco marrano, pero que le caía al pelo al informante secreto que tenía una voz grave, subterránea e intensa.
El 31 de mayo de 2005, la revista “Vanity Fair publicó un reportaje a “Garganta Profunda” que se había decidido a revelar su identidad. Tenía 91 años y creyó que ya era hora de terminar con tanta incógnita. Era Mark Felt, que en aquellos años era el número dos del FBI y que había intentado sin éxito ser el número uno de la agencia federal y la fuente anónima que el Post, y en especial Woodward y Bernstein, habían protegido y guardado bajo siete llaves.

Felt reveló su identidad enfundado en un saco bordó, las manos en los bolsillos, unos pantalones claros y una camisa blanca, el pelo cano y la pose de un rockero anciano todavía en vigencia: una especie de Mick Jagger de la política. Ya golpeado por el Alzheimer, usó en la charla con los periodistas una frase pícara y estudiada: “Yo no soy Garganta Profunda. Yo soy el tipo al que ellos llamaron Garganta Profunda” y contó lo poco que quedaba por saber de aquellos días tumultuosos.
La historia del Caso Watergate, la de “Garganta Profunda”, la de la investigación del Post, la de los secretos guardados en un baúl inviolable es, además de apasionante, una muestra de la importancia del secreto profesional en el periodismo de investigación con el que los populismos, da igual el signo que defiendan, quieren terminar. También es una prueba de que no existen secretos eternos y que la verdad, al menos parte de ella, siempre sale a flote. Además, actualiza un interrogante eterno que no tiene una respuesta única: el funcionario que denuncia la corrupción del gobierno que integra, ¿es un benefactor de la democracia o es un traidor a los suyos?
Como en un juego de espejos, que hace más apasionante la historia, todo el secreto que rodeó a “Garganta Profunda” para protegerlo de cualquier reacción de la Casa Blanca en su contra fue en vano. Pero ni Felt, ni Woodward, ni Bernstein, ni el Post lo supieron hasta varios años después: la identidad de Garganta Profunda era conocida por Nixon y por sus asesores más cercanos. Todos callaron, por diferentes razones.
La investigación del Post fue relatada por Woodward y Bernstein en un libro ya célebre, un modelo del periodismo de investigación que, aunque esto no sea del todo cierto, nació con Watergate u obtuvo allí su sello de distinción. El libro, “All the President’s Men – Todos los hombres del Presidente”, describe la implicancia de la Casa Blanca en el asalto a la sede del Partido Demócrata, con Nixon a la cabeza, seguido por sus principales consejeros y hombres de confianza. Y también, de un modo muy especial, los esfuerzos de Nixon por frenar la investigación, una obstrucción a la justicia que fue la que provocó su renuncia para no ser sometido a juicio político.
La historia oficial dice que el Caso Watergate empezó la noche del 17 de junio de 1972. Es verdad. Pero también es verdad que empezó un mes y medio antes, cuando el legendario director del FBI, J. Edgar Hoover, murió en su casa en apariencia mientras dormía y por una deficiencia cardíaca. Esa mañana, Felt, el segundo en la línea de sucesión y el destinado a suplir a Hoover en la poderosa agencia de investigación federal de los Estados Unidos, sintió que era su momento. Y así lo escribió en su diario: “No me pasó por la mente que el presidente pudiera designar a una persona ajena al FBI para reemplazar a Hoover. Mis antecedentes eran muy buenos y eso me llevó a pensar que tenía una chance excelente”.
Estas ansias de Felt, también secretas, figuran en “The Secret Man – The Story of Watergate’s Deep Throat” “El hombre secreto – La historia del Garganta Profunda de Watergate”, que escribió de urgencia Woodward con la colaboración de Bernstein poco después de la sorpresiva publicación de Vanity Fair. Las esperanzas de Felt de suceder a Hoover se vieron frustradas apenas 26 horas y 10 minutos después de la muerte del jefe del FBI: en lugar de Felt, Nixon nombró director interino a L. Patrick Gray, uno de sus más antiguos aliados desde los años 60.

“Todos los hombres del Presidente” lanzó a la fama a “Garganta Profunda”. Y después lo hizo una película protagonizada por Robert Redford, Dustin Hoffman y Hal Holbrook como el informante secreto, dirigidos todos por Alan J. Pakula. El compromiso de palabra que Woodward había tomado frente a Felt consistía en no revelar jamás su identidad, a menos que lo hiciera el propio Felt o solo después de su muerte.
Un brevísimo resumen del Caso Watergate dice que el sábado 17 de junio de 1972 cinco ladrones entraron en las oficinas del cuartel central del Partido Demócrata en Washington. Pero no eran ladrones. Eran agentes al servicio de Nixon, empleados por su gobierno para evitar filtraciones de la Casa Blanca hacia la prensa. Como trabajo extra, la Casa Blanca les encargó pinchar los teléfonos y ocultar micrófonos en la sede del partido rival del gobierno. Fueron sorprendidos, detenidos como ladrones comunes y derivados a un juzgado mañanero y de instancias menores.
Los cinco dijeron ser plomeros. Era una humorada siniestra de uno de ellos, Frank Sturgis, un tipo muy pesado, mercenario de la CIA, sospechado de haber tenido alguna relación con el asesinato de John Kennedy en 1963. Junto a Sturgis estaba Gordon Liddy, otro pesado del FBI y de la Casa Blanca al que le adjudican ser el cerebro del asalto a Watergate. Sturgis decía que si Nixon los había contratado para evitar filtraciones, entonces eran plomeros. Eso le dijeron al juez, que no creyó ni una palabra y decidió interrogarlos mucho más a fondo.
Entonces intervino el azar, como siempre. Cubriendo esa simple noticia policial, un domingo a la mañana, en un juzgado de menor cuantía dedicado a infracciones de tránsito, dramas domésticos y robos pequeños, estaba Woodward, casi novato en el Post. Se había iniciado en el periodismo en un semanario de Maryland y un par de veces había consultado a Felt: ambos se conocían desde 1969, cuando el ahora periodista era un teniente de la Armada asignado al Pentágono y oficiaba de correo entre la sede militar y la Casa Blanca. Allí había conocido a Felt y ambos habían entablado una relación de mutua confianza. Así cuenta Woodward cómo conoció en la Casa Blanca a quien sería “Garganta Profunda”, tal como lo evocó en “The Secret Man…”.

“Yo tenía 26 años o estaba a punto de cumplir 27, con mi pelo muy corto y mi uniforme con las dos barras doradas y una estrella en cada manga. (…) Aquella tarde vi a un hombre alto, con el pelo gris perfectamente peinado, sentado como yo y a la espera de entregar sus papeles. También portaba como yo un maletín, vestía un traje oscuro, la camisa muy blanca y la corbata anudada con precisión. Probablemente era 25 o 30 años mayor que yo. Tenía un aspecto distinguido y la calma de los que están acostumbrados a dar órdenes que se cumplen de inmediato. Pensé que era un gran observador porque movía sus ojos con rapidez, como si vigilara cada rincón. (…) Después de unos minutos, me presenté: ‘Teniente Bob Woodward’, dije con cuidado y agregué el respetuoso ‘sir’. ‘Mark Felt’ dijo. Tenía una voz estupenda y confiada”.
Felt había nacido en agosto de 1913 en Idaho, era un egresado de la Universidad estatal. Se había casado con su novia de estudiante, Audrey Robinson y se había instalado en Washington para trabajar como joven ayudante del entonces senador demócrata de Idaho, James Pope. Se graduó como abogado en la Escuela de Derecho de la Universidad George Washington y en 1941 decidió postularse para entrar en el FBI, donde hizo una veloz carrera: investigó a la mafia de Nevada y Las Vegas, supervisó luego la Academia del FBI y llegó a ser el número dos detrás de Hoover.
Pero aquella mañana de domingo de junio de 1972 en el juzgado donde declaraban los “plomeros”, Woodward y Felt no estaban en contacto. El periodista debió maldecir su destino de novato frente a un intento de robo menor, o al menos eso parecía, mientras el juez James Belsen preguntó a los cinco detenidos en el edificio Watergate qué hacían en realidad para ganarse la vida: uno de ellos dijo: “Somos anticomunistas”. El juez se dirigió entonces al que le pareció el jefe de todos, que había dado un paso adelante para hablarle más de cerca a Belsen y contrastaba, por cierta elegancia y aplomo, con el aspecto de sus colegas que en realidad eran exiliados cubanos anticastristas.
-“Soy consultor de seguridad”, dijo inexpresivo al juez cuando le preguntó por su profesión.
-“¿Dónde trabaja?”, preguntó Belsen.
-“En el gobierno.”
-“¿Dónde es “en el gobierno?”
El tipo, que se llamaba James McCord, contestó algo inentendible.
-“Hable más fuerte y más claro”, le pidió el juez.
Woodward entonces dio un paso adelante para escuchar mejor, y McCord dijo:
–En la CIA.
Woodward recuerda haber pensado: “Mierda, la CIA…” Y así empezó todo. McCord era un exagente de la central de inteligencia estadounidense y en esos días era el jefe de seguridad de la campaña por la reelección de Nixon, y estaba ligado de manera muy estrecha al Comité para la Reelección del Presidente, CREEP. El lunes 19 la noticia del asalto a Watergate apareció encabezada así en el Post: “Cinco hombres, uno de los cuales dijo ser un exagente de la CIA, fueron arrestados a las 2.30 de ayer en lo que las autoridades describieron como un elaborado plan para instalar micrófonos ocultos en las oficinas del Comité Central Demócrata”. Un ejemplo de claridad, brevedad y exactitud. Woodward y Bernstein empezaron a tirar del hilo de los “plomeros”, a quienes les habían hallado en los bolsillos de cada uno quinientos dólares en billetes nuevos de cien, y descubrieron que, metido hasta las cejas en la invasión a la sede del Partido Demócrata, estaba el Comité de Reelección de Nixon.
En las primeras semanas del caso, Woodward recibió un llamado de Felt que le dio valiosa información, en grageas, pero muy útil para enriquecer la investigación. Es de Felt la frase que construyó el caso y que se hizo famosa en el periodismo de investigación porque es infalible: “Sigan la pista del dinero”. Cinco días antes del asalto frustrado a la sede demócrata, el domingo 12 de junio de 1972, en 300 cines de Estados Unidos se había estrenado “Deep Throat – Garganta Profunda”. Cuando en el Post le preguntaron a Woodward sobre la identidad de su fuente, se negó a revelarla y la definió, incluso en sus artículos, como: “Una fuente de la rama ejecutiva con acceso al Comité de Reelección del Presidente y a la Casa Blanca”. Un ejemplo sobre cómo identificar a una fuente sin revelar su identidad. En la jerga de la redacción, pasó a ser “Garganta Profunda”.

Periodista y número dos del FBI establecieron un código para encontrarse, siempre en secreto y siempre en el estacionamiento D32 del garaje Rossly, en Arlington, Virginia, separada de Washington por el río Potomac. Si Woodward quería ver a Felt, debía cambiar de lugar en el balcón de su departamento del 1718 de la calle P North West de Webster House, Washington, una maceta que lucía un banderín rojo. Si era Felt quien quería hablar con Woodward, el periodista debía chequear a diario la página 20 del New York Times, que recibía en su casa, donde hallaría el dibujo de un reloj con la hora de la cita.
Solo seis personas ligadas a la investigación periodística supieron a lo largo de 33 años quién era “Garganta Profunda”: Woodward, Bernstein, que jamás vio a Felt sino hasta poco antes de su muerte en diciembre de 2008, Elsa Walsh, la mujer de Woodward, Ben Bradlee, el mítico editor general del Washington Post, y Leonard Downie Jr, que había sido editor del caso y en 1991 sucedió a Bradlee. El sexto en saber el secreto fue John Stanley Pottinger, un novelista y abogado, asistente del Procurador General para Derechos Humanos, que en 1976 dedujo por instinto y pura lógica que informante del Post era Felt. Y se lo dijo a Woodward: “Salté en mi silla, pero traté de mantener una cara de póker –reveló Woodward en “The Secret Man…”– Estuve profundamente preocupado porque saliera a la luz su identidad. Pottinger dijo que él no diría nada”. Y no dijo nada.
Pero los cazadores estaban cazados. Nixon y parte de los hombres del presidente supieron siempre y desde el inicio del escándalo, que quien filtraba la información al Washington Post era Felt. Esa fantástica sorpresa fue revelada años después, cuando se transcribieron parte de las cintas grabadas por el propio Nixon en su despacho, cintas que lo llevarían a la renuncia porque en ellas estaban las pruebas de su intento de entorpecer la investigación judicial de Watergate.
El 10 de octubre de 1972, en plena investigación del Washington Post, H. R. Haldeman, el sinuoso jefe de gabinete de Nixon que pasaría 18 meses en la cárcel por su participación en el escándalo, dijo al presidente que sus hombres habían descubierto que las mayores filtraciones sobre Watergate salían del FBI: “Vienen del más alto nivel… De Mark Felt”. Nixon preguntó entonces: “¿Por qué demonios haría una cosa así?” Haldeman le dijo que él creía que Felt quería ser nombrado director del FBI y que no se podía hacer nada en su contra porque: “Renunciará e irá a la televisión a contar todo lo que sabe. Y lo sabe todo”. Entonces Nixon y Haldeman mantuvieron un breve diálogo que pinta la personalidad del entonces presidente:
-“Es una muy mala manera de llegar a la cima. ¿Es católico?”, preguntó Nixon.
-“Es judío”, contestó Haldeman.
-“Cristo, poner un judío allí…”
El diálogo y el contenido de las cintas fueron publicados por Richard Reeves en su libro, “President Nixon.- Alone in the White House – Presidente Nixon – Solo en la Casa Blanca”, un estudio día por día de aquellos agitados años en Estados Unidos y el resto del mundo.
En 1991, Carl Bernstein visitó la Argentina, dio algunas charlas sobre periodismo y tanteó el nivel del periodismo de investigación en el país: un diagnóstico a vuelo de pájaro. Uno de los periodistas que lo entrevistó, que por supuesto le dio a firmar su ejemplar de “Todos los hombres…”, tarea que Bernstein cumplió con una gran exageración: “Para Fulano, con gran admiración”, quiso saber cuáles habían sido las implicancias del caso Watergate. Bernstein recordó entonces la historia de Woodward frente al estrado del juez Belsen cuando pidió a McCord que hablara claro y fuerte: Woddward dio un paso adelante para escuchar mejor y oyó: “En la CIA”. Bernstein, que repartía agudezas y buen humor, decía: “Todo el caso Watergate, la renuncia de Nixon, el renacer del periodismo de investigación, las nuevas formas de relación entre el poder y la prensa, todo empezó porque Bob dio un paso adelante para escuchar mejor. Es una buena receta para el periodismo…”
Cuando, en julio de 2005, Felt reveló a Vanity Fair quién era, la revista tituló la nota con su frase: “Yo soy el tipo al que llamaban Garganta Profunda”, y la ilustró con las fotos del anciano ya herido por el Alzheimer: Vanity Fair pagó a Felt y a su familia diez mil dólares por la exclusiva. Recién entonces, Ben Bradlee, el editor del Post en los días de Watergate, admitió la identidad de la fuente y lo mismo hizo Woodward que volcó toda la historia en su libro “The Secret Man…”
En 2006, Felt escribió junto John O’Connor, el autor de la nota de Vanity Fair, el libro “Felt – The man who brought down the White House – Felt – El hombre que derribó la Casa Blanca”, en el que relata su vida en el FBI y dedica apenas las últimas cien páginas a Watergate.
Felt murió mientras dormía en un hospicio de Santa Rosa, California, el 18 de diciembre de 2008, a los noventa y cinco años.
F:TN





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