Alberto promociona afuera una Argentina que él mismo obstaculiza

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Nota extraída de TN por Marcos Novaro

El Presidente ofreció al G7 alimentos y energía que sus políticas nos impiden producir

Los planteos del Presidente ante las democracias más poderosas del planeta lo mostraron como un referente regional contradictorio y de corto vuelo: sus políticas obstaculizan que la Argentina produzca y venda lo que supuestamente fue a ofrecer.

En tiempos de Bachelet o de Cardoso, de Uribe o de Lula, Alberto Fernández no hubiera podido ni meter bocado en una reunión regional, menos todavía hablar en nombre de sus pares en una reunión global. Pero la América Latina de nuestros días es tan deficitaria en líderes relevantes y consensuados, hay tan pocos que puedan dar siquiera la cara, que es lógico que las democracias más poderosas de la tierra le hayan hecho un lugarcito en la última reunión del G7.

Al lado de un Bolsonaro que se aísla cada vez más y tiene enfrente una elección complicada, y un AMLO que no encuentra motivos que justifiquen se aleje ni un rato de su país, de un Boric cuya estrella parece haber tardado apenas un par de meses en agotarse, y de varios otros que están al borde de la destitución o con una pata fuera del cargo, como sus pares de Ecuador y Perú, Alberto Fernández cotiza, puede parecer algo semejante a un referente regional. Y si hace falta invitar a alguien de la zona, ¿qué mejor que recordar que preside la CELAC?

No significa esto que vaya a lograr mayor gravitación regional, ni siquiera una módica influencia. Aunque eso no obsta que algún beneficio reciba. Y es bueno que así sea. Para él, y para el país.

Un reconocimiento externo, por más mínimo que pueda ser, vale oro frente al cúmulo de problemas que lo persiguen en el frente interno. Al menos, deja en claro que su autoridad, desde afuera, no será cascoteada, y algo van a hacer las democracias del mundo para evitar que las cosas se le compliquen demasiado. Como de hecho, están haciendo.

Así que, ahora que ya no puede decir que “nunca lo van a hacer pelear con Cristina Kirchner”, puede prometer en cambio que “nunca se le ocurriría pelearse con Joe Biden”, y mostrar que para algo sirve haber firmado con el Fondo, que no vienen solos esos dichosos dólares que sostienen al Banco Central, imprescindibles para llegar, aunque boqueando, al final del mandato.

En este marco, sería injusto no reconocer que, en alguna medida al menos, la política exterior argentina se ha vuelto más realista: en vez de seguir soñando con la ayuda de China o los “equilibrios multilaterales” de la mano de Rusia, Alberto Fernández y sus funcionarios se han finalmente abocado a sobrevivir, aferrándose a la única mano que iba a estar disponible a la hora de los bifes, la de Estados Unidos, FMI mediante.

Claro que, como este realismo humilla su espíritu antiyanqui, y con algo tienen que compensar a su público más ideológico, y sus poderosos censores internos, seguirán pataleando en otros foros y oportunidades, quejándose de las cosas horribles que se atribuyen, con razón o sin ella, a su único e imprescindible benefactor.

La cuestión Malvinas, los alimentos y la energía

En la misma reunión del G7, Alberto Fernández practicó una compensación de este tipo con lo que tenía a mano: dando el mayor relieve posible a la cuestión Malvinas. Con un resultado frustrante, como era de esperar, pero que seguro no lo sorprendió, ni le importó demasiado, porque lo que buscaba era tan solo que se hablara del tema. Así que misión cumplida.

Fue más decepcionante, y es más reprochable, en cambio, lo que resultó de su planteo más sustantivo, el que giró en torno a ofrecer al país y a la región como una zona pacífica, abierta a recibir inversiones, y capaz de incrementar rápidamente su oferta en los dos rubros hoy más demandados en los mercados mundiales, los alimentos y la energía.

Dado que Europa del Este se hunde en una guerra prolongada, América Latina puede ganar puntos en la estima de los inversores. Aún cuando tengamos aquí y allá crisis presidenciales, o gobiernos que distan de ser estables, o razonables, o las dos cosas a la vez.

Pero el problema es que eso que Alberto Fernández promocionó, y de lo que quiso volverse un referente y canal de acceso frente al mundo, difícilmente aplique y beneficie a su país. Que bajo su batuta está empecinado en producir cada vez menos, y no más, alimentos y energía, mientras espanta todo tipo de inversiones. Si hay un país que tiene impedido ser “la puerta de entrada para América Latina”, tal como le gusta al presidente presentarnos, es el suyo.

La Argentina no ofrece productos energéticos. Podría hacerlo, sino se hubieran frenado inversiones en Vaca Muerta y obras como el ya famoso gasoducto “Néstor Kirchner”, que todavía no arranca, aunque estaba a punto de licitarse en 2019. Encima, consumimos cada vez más energía importada, compitiendo con Europa por los barcos de gas licuado y perjudicándonos mutuamente. Nuestro país vende también cada vez menos carne, debido a las restricciones comerciales impuestas en los últimos años. Y esperemos que no suceda lo mismo en cualquier momento con el trigo o el maíz, si la sequía empeora y si la inflación empuja al oficialismo a volver a batir el parche con “la mesa de los argentinos”, para justiificar medidas que lo único que hacen es desalentar la producción.

Contradicciones y problemas

Eso es lo que en los hechos ofrece Alberto Fernández al mundo. Contradicciones y problemas. El consuelo es que auque no debe haber logrado atraer las miradas de los inversores de países desarrollados hacia nuestra economía, sí puede que haya ayudado a hacerlo en beneficio de las de nuestros vecinos.

Porque unos cuantos países de la región, aunque no tengan presidentes hoy muy presentables ante el G7, como sucede con Brasil, Colombia o Perú, sí están en condiciones de aumentar rapidamente su oferta de alimentos y energía. Así que probablemetne reciban las inversiones necesarias para concretarlo.

No es lo que se diga un gran negocio, pero es lo que nos toca: nosotros ponemos el vocero y aparecemos en la foto, los negocios los hacen los demás. Hasta que nos cansemos de parlotear