martes, septiembre 29

Sobre bustos no hay nada escrito

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Humor político-Nota extraída de Clarín por Alejandro Borensztein

Gollan viene anunciado catástrofes: apilamiento de cadáveres y el colapso sanitario. Pero detrás de él viene el vice Kreplak, el Chucky de la salud pública.

Alberto Fernández. Modificó la ubicación de los bustos presidenciales en la entrada de la Casa Rosada.

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Antes que nada, destaquemos la decisión del Presidente de modificar la ubicación de los bustos presidenciales en la entrada de la Casa Rosada. Se ve que, en el intento de encontrar un plan, andan buscando inspiración en nuestros próceres y mandaron al frente los bustos de Yrigoyen y Perón. Está bien. Con tal de que se les ocurra algo, vale.

Si bien aquella gloriosa delantera de Sarmiento, Avellaneda y Mitre (con asistencias exquisitas de Alberdi) fue la única que pensó un país en serio, metió goles y salió campeón del mundo, podemos tolerar que sus bustos sean relegados al fondo si se trata de renovar la decoración y darle otra mística a la epopeya de Tío Alberto. Alberto y Cristina

También dejemos pasar el hecho de que, en el otro frente, hayan acomodado el busto de Néstor junto al de Alfonsín, el padre de la democracia. Aunque muchos piensen que el Compañero CCK no le llega ni a los talones a Don Raúl, seamos piadosos. Todo sea por la unión nacional y el fin de la grieta.

Lo que no me parece justo es que escondan el busto de Isabel. Al fin y al cabo, fue la primera mujer en ejercer la Presidencia de un gobierno constitucional, mal que le pese a una que yo sé.

Yo entiendo que los gobiernos peronistas de esta era democrática intenten guardar el busto de Isabel en la baulera. Pero no hay que ser mezquinos con una líder a la que obedecieron ciegamente y que, entre otros logros, fundó el terrorismo de Estado con la Triple A. Llevo en mis oídos la segunda más maravillosa música que es la voz de todos los peronistas gritando “¡Isabel conducción, Isabel conducción!”. No recuerdo disidentes a esa consigna, por lo menos ninguno que Isabel y López Rega hayan dejado vivo.

Curiosamente tampoco le hicieron el busto a Menem, pese a que la ley indica que debe realizarse luego de finalizado el mandato y habiendo transcurrido dos períodos presidenciales más. Al Turco ya lo sucedieron De La Rúa, Duhalde, CCK, Cristina x 2 y el Gato. El plazo para hacerle el busto está recontravencido. Es muy injusto que todavía no se lo hayan hecho, sobre todo porque tanto Alberto como Cristina y sus revolucionarios fueron todos menemistas pro privatizaciones, pro indultos a los genocidas y pro todo lo demás. Que ahora no lo quieran recordar no es problema de Menem.

En todo caso, sugiero que a los bustos de los presidentes peronistas les pongan rueditas. Así los pueden esconder o exponer fácilmente de acuerdo a los vaivenes ideológicos del movimiento nacional y popular.

Paremos acá con la oscuridad de nuestro pasado y presente antes de que, encima de todo, aparezca el ministro de salud Gollan anunciando más catástrofes, como cuando alertó que se venía el apilamiento de cadáveres, el colapso del sistema sanitario y, ahora también, el cierre de la temporada veraniega.

Acá debemos aclarar que el tipo no pone esa cara de morbo cuando pronostica tragedias porque sea un perverso sino que es su estilo de comunicar, nada más. Y no nos quejemos. Nunca nos olvidemos de que detrás de Gollan viene el viceministro Nicolás Kreplak, el Chucky de la salud pública. Imaginate que estás en una sala de guardia esperando que te saquen la vesícula y aparece el doctor Kreplak. Vas a terminar pidiendo a Gollan.

Por todo esto, como le propuse la semana pasada amigo lector, creo que la manera más sana de analizar el drama que estamos viviendo es pensar todo esto como una comedia del cine nacional. Acuérdese que cada vez que aparece el presidente Alberto Fernández todos pensamos en Rolo Puente, ¿ok?

Esta semana Tío Alberto, o sea Rolo Puente, tuvo que ir al Instituto Patria a explicar que finalmente no rompimos con el sistema financiero internacional, tal como soñaba Cristina, y que por lo tanto Ella no va a poder liderar ninguna rebelión global antisistema. Básicamente porque para liderar semejante movimiento primero el sistema te tiene que dar pelota. Está claro que por ahora no les importamos un carajo. Al final, sin dudas era mejor arreglar que ser ignorados para siempre.

En la secuencia de hoy, Rolo le pide a Guzmán y a Kicillof que lo acompañen a la reunión en el Patria para que lo ayuden con las filminas. “Vamos muchachos, háganme la segunda”, dice Rolo poniendo cara de Rolo cuando entraba a la peluquería de Don Mateo.

A Guzmán lo hacemos con alguno de esos actores desconocidos que suelen aparecer mezclados entre las figuras importantes que hacen campañas para el kirchnerismo. Por ejemplo, entre Echarri y Grandinetti siempre aparece alguno que no lo juna nadie. Ese actor ignoto, justamente, es el que debe hacer de Guzmán, a quien no lo conoce ni el loro. Así, el tipo se gana un mango y de paso le agradecemos la militancia. A Kicillof te lo resuelvo con Guido Kaczka de acá a la China.

Aclaración para el equipo de producción: si Guido Kaczka está muy complicado con sus horarios televisivos, el que nos saca del apuro y te hace un Kicillof de taquito es Pablito Codevilla. Vayan hablándole por las dudas.

O sea, entran Rolo, Kaczka y el actor desconocido al despacho principal del Instituto Patria. El que les abre la puerta es Parrilli, que los mira con asco. Para los muy memoriosos, en el rol de Parrilli yo hubiera puesto a Eddie Pequenino pero si querés uno más cercano en el tiempo, el que te da perfecto para imaginarlo es el Gianni Lunadei, de Mesa de Noticias. Rolo lo mira a Kaczka y por lo bajo le dice: “Dale una propina al pelotudo este”.

En el medio de la oficina está Moria en malla, tirada sobre una reposera bajo una sombrilla en el medio de un manchón de arena traída especialmente de las playas de Varadero.

Acá hay que aclarar que en cada locación en la que está Ella debe haber un rinconcito con la arena y la sombrilla. Tanto en el derpa de Recoleta como en la casa de Río Gallegos o en la de El Calafate. Lo importante es que donde Ella esté siempre haya un poquito de Cuba.

Y si el presupuesto lo permite también le armamos el mismo circo cubano en los hoteles del sur, en los pisos de Puerto Madero, en los departamentos en Nueva York que le encontraron a Muñoz, etc etc. O sea, en su mundo siempre debe haber una Little Cuba. Y un Rolex de brillantes, por supuesto.

“¡Hola chicos! No me vengan con el tema de la gripecita esa ¿Quieren un ron?”, dice Moria echada en su reposera, bajándose los lentes oscuros y haciendo su clásica trompita con la boca. “No gracias, Mamu -dice Rolo- venimos a mostrarte el acuerdo que firmamos con los bonistas, lamentablemente la guerra contra el imperialismo la postergamos para el segundo semestre”. Moria agarra las filminas, se las guarda en el escote y se clava un mojito. “Otro día te miro la filmina, papi, ahora lo único que me interesa es que nuestros jueces metan preso a Macri y que después la Corte Suprema me organice un homenaje, ok? Ahora váyanse que llega mi masajista cubano… que venga Wilson, por favor!”

Ahí aparece Wilson Carrasco, que no es un masajista cubano sino que, en realidad, es un morocho que contratamos en Tacuarembó al que le dijimos que, para disimular, cada frase la debe cerrar con la palabra “chico”. Se le acerca Wilson con una musculosa bien marcada que lleva en el pecho la cara de Mujica al que le pintaron una barba para que parezca el Che, y le dice a Moria al oído con un torpe acento cubano: “¿Quiere que antes del masaje le traiga un chivito con una Pilsen, chico?” Me falta definir si dirige Hugo o Gerardo. Ya habrá tiempo para resolverlo. El afiche de la comedia es una foto del busto de la Gran Moria y entre las tetas asoman más chiquitos Rolo Puente, Guido Kaczka y el resto del elenco.

Entiendo amigo lector que todo esto puede parecer una pelotudez. Pero son semanas demasiado angustiantes como para tomarlas de otra manera.